Cartas para Claudia, Carta 28. El Amor por Jorge Bucay

Un libro que he leído y releído decenas de veces. Y cobra sentido siempre de forma diferente. Literatura, autoayuda o psicología… Como quieran verlo.  Me sigue encantando.

CARTA 28

Claudia:

Creo que cada vez me pedís cosas más difíciles. El amor… ¿qué es el Amor?

Empecemos por lo obvio.

El amor es un sentimiento y como tal está, por supuesto, en relación con el sentir… ¿Sentir qué?   hay absolutos, No sin antes recordarte que no

cuento que lo que más me gusta a mí identificar con amor es el regocijo por la simple existencia de otra persona; o quizás debería decir: de lo amado (persona o no).

Esto significa que amar es independiente de lo que el  amado haga, diga o tenga; que mi amor no depende de que lo amado esté a mi lado o se vaya; que cuando amo no me aferro, no manejo, no presiono. Que amar, finalmente es la aceptación total del otro.

Recuerdo ahora a Carl Rogers:

sólo cuando percibo tu aceptación total, entonces, puedo mostrarte mi Yo más suave, mi yo más delicado, mi yo más amoroso (y sobre todo), sólo entonces puedo mostrarte mi yo más vulnerable”.

Todo lo anterior separa dentro de mí el amor de tres cosas, que suelen confundirse con amar:

Estar enamorado

Querer

Necesitar

De necesitar hemos hablado, y te dije que era la imprescindibilidad de algo (como el oxígeno, ¿te acordás?), y yo, personalmente, dudo de que se pueda necesitar a alguien. Sí sé que a veces me autoconvenzo de que “necesito” a alguien, y sin embargo también sé que me miento cuando así lo creo.

Siento que cuando “te necesito” dependo de vos para sobrevivir, te obligo implícitamente a hacerte cargo de mi afecto, desaparezco como persona, e intento transformarte en alimento vital.

Querer, en cambio, sabe que no existe tal necesidad, pero “Querer” viene del latín Quarere y significa: “Tratar de obtener”.

“Querer” es el deseo, el apetito. “Querer” es querer para mí.

Si “te quiero” te estoy implicando en una suerte de pertenencia, en un pedido; cuando no es una exigencia de estar, de permanecer, de darme, de valorarme.

“Si te quiero, te recorto las alas y te dejo a mi lado para siempre; si te amo, disfruto viéndote crecer las alas y disfruto viéndote volar”.

La primera vez que escuché esto, lo leía un locutor en la radio. Siento todavía la misma envidia que sentí ese día de que alguien pudiera ser tan claro.

Estar enamorado, no tiene nada que ver con todo lo anterior, porque para mí “estar enamorado” no es un sentimiento, sino una pasión.

Quiero ver si lo puedo graficar.

La línea llena corresponde a la pasión: un afecto muy intenso al cual se arriba rápidamente (semanas, horas y quizás minutos) y que también rápidamente desaparece.

La línea punteada es el sentimiento: con su lento e insidioso crecimiento, su duradera meseta y su lento y paulatino decrecimiento (¿Siempre? No lo sé).

De pasión dice el Diccionario de la Real Academia:

  1. Acción de padecer M
  2. Lo contrario a la acción M
  3. Estado pasivo en el sujeto (?)
  4. Perturbación o afecto desordenado del ánimo.

Que la pasión es perturbadora, no tengo -personalmente- ninguna duda.. ¡Atención!: esto no quiere decir desagradable.

De hecho, para mí -todavía por lo menos- enamorarme de personas y objetos es una de las cosas más bellas que me suceden…

Te diría que amo mis pasiones, en especial cuando me doy cuenta de que no las necesito, ni las quiero conmigo en forma permanente. Simplemente, me alegra contactarme cada vez con mi capacidad de enamorarme.

Me encuentro todos los días con aquellos que temen a sus pasiones, que se asustan tanto del desorden implícito que jamás se permiten enamorarse y, mucho menos, odiar apasionadamente.

En la otra punta, conozco a quienes sólo pueden sentir desde sus efímeras pasiones, porque lo que temen es la profundidad del sentimiento. Se vinculan apasionadamente y pocos días o meses después, se quejan de que su relación ya no es la de antes. Y la abandonan desvalorizándola… porque la pasión terminó.

Ultimamente creo que este personaje, “el apasionado”, tiende a proliferar en nuestra sociedad. Todo sucede como si, en el mundo en que vivimos, algunos no encontrasen un sentido claro para sus vidas, escapando con el uso de drogas y estupefacientes hacia supuestos placenteros universos…

Pues bien, se puede ser adicto a drogas externas como la marihuana, la cocaína, los ansiolíticos, las aspirinas, los hidratos de carbono (como los obesos), la nicotina o el alcohol. Y también se puede, creo yo, ser adicto a drogas endógenas.

En situaciones de peligro o de gran tensión, el organismo libera una gran cantidad de un poderoso estimulante. Esta sustancia producida en el gigantesco laboratorio del cuerpo en las glándulas suprarrenales, prepara al cuerpo para la acción: es la ADRENALINA.

A diario, veo en mi consultorio verdaderos adictos a la adrenalina. Estos individuos no pueden disfrutar nada que no suceda en medio de una situación límite. Viven su vida en el filo de la navaja; permanentemente producen y mantienen a su alrededor hechos extremos para poder vivenciarlos con intensidad.

No necesito aclararte que, como todas las adicciones, ésta también es peligrosa y aunque no lo creas, puede ser mortal (infarto de miocardio, perforación de úlcera gástrica, asma, colitis ulcerosa, etc.). De paso te confieso que, para mí, esta es la etiología de muchos hipertiroidismos: adicción al efecto de la hormona tiroidea.

Como verás, a veces, el médico que fui me invade. Volvamos.

Si Yo pudiera elegir cómo sentir a las personas a mi alrededor, elegiría enamorarme con toda la intensidad de la que soy capaz.

Elegiría que mientras esa pasión disminuye, debajo de ella creciera el sentimiento.

Elegiría que ni yo ni el otro nos asustáramos de la desaparición de la pasión, y supiésemos enfrentarnos con el cambio de intensidad por profundidad.

Elegiría que ese sentimiento fuera amor y no sólo querer.

Y, finalmente, elegiría que se diera la posibilidad de reenamorarme, de vez en cuando, de esa persona que amo.

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