El tercer actor: el cómplice

Cuando estudiaba el contrato social me dijeron que era el acuerdo que hacemos para renunciar a nuestros derechos naturales para vivir en sociedad. El pacto. Ese pacto hecho con “el Soberano” daría paso al “Estado”; es decir, el “soberano” me protege, por eso yo no tengo que andarme protegiendo del vecino. Luego caeríamos en el Estado moderno y el tema constitucional. Pero así hablemos en la expresión más mínima de Estado, el Estado garantiza la seguridad, no promueve grupos “paraestatales” para generar caos y amedrentamiento y menos vulnerando la soberanía nacional para entregar el poder y riquezas a élites extranjeras de oscuros oficios. El chavismo no atiende ni a la más mínima consigna, criterio básico, de Estado moderno, ni Feudal. ¿Qué queda para lo demás? Nada. Pero esto que digo es simplemente lo que habilita el art. 350 y que activó el 333 y 233 que dan soporte al gobierno interino del presidente de la AN, Juan Guaidó.

El retorno necesario

Hoy más que nunca, hay que retornar a la política y entender su papel
igualador. En Venezuela, estamos en medio del discurrir de una guerra:
asimétrica, multidimensional, interdependiente, con y sin cuartel, y donde ellos borran todas las reglas; donde las facciones se multiplican y los cobardes pactan, y es imperativo asirnos de lo más concreto, los principios que validan y legitiman a los liderazgos dentro de la República. Lo que hace del Estado ser Estado. Estos principios no son etéreos, no hay nada que inventar, todo está escrito en el derecho internacional y en las constituciones. No es una aspiración, es el resultado de más de 500 años de realidad política. De un siglo XX que escribió con sangre la importancia de las instituciones y la democracia en Europa. Y Venezuela es un país donde hoy se escribe la versión contemporánea de aquél terrible sistema.

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