El Mal como Espectáculo. Consideraciones sobre la II Guerra Mundial aún vigentes,

Trinomio Negro: Burocracia, Tecnología y Ciencia

Hanna Arendt y Joan-Carles Melich han hecho un análisis excepcional sobre el Holocausto. Lo magnífico de ambos radica en el punto de vista de los ejecutores de tan terrible tragedia humana. Arendt plantea, sobre Eichmann, que era un ser que no poseía moral alguna y que por sus venas corría el peligroso razonamiento del burócrata que vé en sus labores «simples procedimientos administrativos». Así entonces los judíos eran sólo una tarea más a cumplir como funcionario de III Reich. Joan-Carles Melich va más allá. Nos habla del peligroso triángulo: Burocracia, Tecnología y Ciencia al servicio de un sistema político tan fatuo como el Nazi.

Señala Arendt: “Eichmann dice que habría enviado a la muerte a su propio padre, caso que se lo hubieran ordenado” como una forma de hacer ver que el idealista vivía para su idea y que estaba dispuesto a sacrificar lo que sea en aras de su idea. El idealismo nazi, que propiamente carece de todo sentido moral y que persigue de forma absurda una autarquía pluri-existencial en pleno siglo XX, se nos presenta a través de sus ejecutores como el producto irracional, irreflexivo y paranoico de su ideólogo principal: Adolf Hitler.

La carencia de reflexión y la destrucción de la individualidad (característica de occidente) dentro del sistema nazi es visible en la afirmación de Eichmann: “Mi único lenguaje es el burocrático”; por sobre todas las cosas porque allí reside el horror de una maquinaria humana al servicio de una vías de recuperación (la Alemania de 1930) que no sustentaban sus posibilidades en sus propias capacidades sino en una suerte de política del «locus externo».

El análisis de Eichmann, durante el juicio en Jerusalén, reveló que éste fue incapaz de expresar una sola frase que no fuera un cliché. El hombre no vive para sí, no vive para sus ideales sino para estar al servicio de otro, para tomar un ideal ajeno y, sin reparar en juzgarlo, hacerlo cuyo y asirse a éste hasta el punto de no comprender otra forma de conducir sus actos fuera del ideal y del mapa planteado por éste.

Lo que finalmente revela Arendt es que Eichmann (así como se reveló en Nuremberg) poseía una amoralidad absoluta. “Naturalmente él hizo lo que era necesario en ese momento” porque no era capaz (llegó a tal punto) de refutar instrucción alguna. La superioridad del «Volk» parecía sustentarse en la «sumisión» del «Volk». Contradicciones absolutas. Como las evidenciadas en sus propias declaraciones.

Cuando el Prof Melich nos habla del triángulo: organización burocrática, tecnología y ciencia, nos habla de una maquinaria humana al servicio del sistema de poder. Una maquinaria humana que arrastró todas las esferas de la cotidianidad y que alcanzó casi un nivel teológico.

Luego de más de treinta millones de muertos la Guerra (1939- 1945) dejó luego la mayor impresión: los criminales eran personas normales que habían cometido atrocidades. Melich nos habla entonces de «El mal como espectáculo» que es la consecuencia ¿lógica? de asumir la radicalización del sistema despótico y la militarización detodas las esferas sociales. Se mete en un cajón:La lógica tecnológica de más eficiencia a menor costo, la deshumanización del sujeto (víctima y victimario), la despersonalización del otro (el sujeto ahora es objeto) y Eliminación del carácter subjetivo (Yo no existo como individuo soy parte de una máquina perfecta; solo sólo soy una pieza inservible). Ahí el resultado. Un arma mortal, un sistema político homicida y 30.000.000 de vidas bajo tierra.

¿Y ahora? Irak, Darfur, Palestina-Israel, Argelia, Colombia… ¿cuántos más?

El Mal como Espectáculo. Consideraciones sobre la II Guerra Mundial aún vigentes,

Trinomio Negro: Burocracia, Tecnología y Ciencia

Hanna Arendt y Joan-Carles Melich han hecho un análisis excepcional sobre el Holocausto. Lo magnífico de ambos radica en el punto de vista de los ejecutores de tan terrible tragedia humana. Arendt plantea, sobre Eichmann, que era un ser que no poseía moral alguna y que por sus venas corría el peligroso razonamiento del burócrata que vé en sus labores «simples procedimientos administrativos». Así entonces los judíos eran sólo una tarea más a cumplir como funcionario de III Reich. Joan-Carles Melich va más allá. Nos habla del peligroso triángulo: Burocracia, Tecnología y Ciencia al servicio de un sistema político tan fatuo como el Nazi.

Señala Arendt: “Eichmann dice que habría enviado a la muerte a su propio padre, caso que se lo hubieran ordenado” como una forma de hacer ver que el idealista vivía para su idea y que estaba dispuesto a sacrificar lo que sea en aras de su idea. El idealismo nazi, que propiamente carece de todo sentido moral y que persigue de forma absurda una autarquía pluri-existencial en pleno siglo XX, se nos presenta a través de sus ejecutores como el producto irracional, irreflexivo y paranoico de su ideólogo principal: Adolf Hitler.

La carencia de reflexión y la destrucción de la individualidad (característica de occidente) dentro del sistema nazi es visible en la afirmación de Eichmann: “Mi único lenguaje es el burocrático”; por sobre todas las cosas porque allí reside el horror de una maquinaria humana al servicio de una vías de recuperación (la Alemania de 1930) que no sustentaban sus posibilidades en sus propias capacidades sino en una suerte de política del «locus externo».

El análisis de Eichmann, durante el juicio en Jerusalén, reveló que éste fue incapaz de expresar una sola frase que no fuera un cliché. El hombre no vive para sí, no vive para sus ideales sino para estar al servicio de otro, para tomar un ideal ajeno y, sin reparar en juzgarlo, hacerlo cuyo y asirse a éste hasta el punto de no comprender otra forma de conducir sus actos fuera del ideal y del mapa planteado por éste.

Lo que finalmente revela Arendt es que Eichmann (así como se reveló en Nuremberg) poseía una amoralidad absoluta. “Naturalmente él hizo lo que era necesario en ese momento” porque no era capaz (llegó a tal punto) de refutar instrucción alguna. La superioridad del «Volk» parecía sustentarse en la «sumisión» del «Volk». Contradicciones absolutas. Como las evidenciadas en sus propias declaraciones.

Cuando el Prof Melich nos habla del triángulo: organización burocrática, tecnología y ciencia, nos habla de una maquinaria humana al servicio del sistema de poder. Una maquinaria humana que arrastró todas las esferas de la cotidianidad y que alcanzó casi un nivel teológico.

Luego de más de treinta millones de muertos la Guerra (1939- 1945) dejó luego la mayor impresión: los criminales eran personas normales que habían cometido atrocidades. Melich nos habla entonces de «El mal como espectáculo» que es la consecuencia ¿lógica? de asumir la radicalización del sistema despótico y la militarización detodas las esferas sociales. Se mete en un cajón:La lógica tecnológica de más eficiencia a menor costo, la deshumanización del sujeto (víctima y victimario), la despersonalización del otro (el sujeto ahora es objeto) y Eliminación del carácter subjetivo (Yo no existo como individuo soy parte de una máquina perfecta; solo sólo soy una pieza inservible). Ahí el resultado. Un arma mortal, un sistema político homicida y 30.000.000 de vidas bajo tierra.

¿Y ahora? Irak, Darfur, Palestina-Israel, Argelia, Colombia… ¿cuántos más?

La Muerte… (Compartiendo algo del Diplomado de Escritura Creativa)

Estaba en la habitación. Como siempre, sospechosa y frívola. Allí sentada a los pies de mi gélida cama. Silbando esa cancioncita hipnotizante, la tonada que escucho siempre; que cantan las otras cuando ella calla; si es que hay otras.

Ella insiste en llenar de pestilencia toda la habitación, toda la ciudad, o simplemente todo el aire que respiro. El aire o mi aire, da igual. Desea hacerme sucumbir, lo sé; ella es predecible, como todas, si es que hay más.

En su estupidez sólo encuentra una forma de asustarme: estar allí siempre. Como el cuervo de aquel poema. Se mofa de mí. Va y se lleva a cualquiera que me cause afecto. Luego vuelve a sentarse a los pies de mi cama, allí donde puede sentir que me toca con sus fríos dedos, con sus largas e inútiles uñas; donde me mira con sus punzantes y frígidos ojos de espejo. Me mira haciéndome mirarme.

Es cobarde como todas las muertes. Si es que hay más. No es frontal. Escurridiza y juguetona. Como todas, si es que hay más. Debe haberlas.

La Muerte… (Compartiendo algo del Diplomado de Escritura Creativa)

Estaba en la habitación. Como siempre, sospechosa y frívola. Allí sentada a los pies de mi gélida cama. Silbando esa cancioncita hipnotizante, la tonada que escucho siempre; que cantan las otras cuando ella calla; si es que hay otras.

Ella insiste en llenar de pestilencia toda la habitación, toda la ciudad, o simplemente todo el aire que respiro. El aire o mi aire, da igual. Desea hacerme sucumbir, lo sé; ella es predecible, como todas, si es que hay más.

En su estupidez sólo encuentra una forma de asustarme: estar allí siempre. Como el cuervo de aquel poema. Se mofa de mí. Va y se lleva a cualquiera que me cause afecto. Luego vuelve a sentarse a los pies de mi cama, allí donde puede sentir que me toca con sus fríos dedos, con sus largas e inútiles uñas; donde me mira con sus punzantes y frígidos ojos de espejo. Me mira haciéndome mirarme.

Es cobarde como todas las muertes. Si es que hay más. No es frontal. Escurridiza y juguetona. Como todas, si es que hay más. Debe haberlas.

Sobre la Utilidad de Conocer o de la Filosofía para el Éxito.

Vivir sin filosofar es,
propiamente,

tener los ojos cerrados,
sin tratar de abrirlos jamás.

René Descartes

«La Torre de Babel» de Brueghel.

El Prof. Arturo Abrams Gago, de matemáticas, nos dijo el primer día de clases de Quinto año de Humanidades «Un humanista que no sepa nada de ciencias es un ignorante y un científico que no sepa de humanidades es un estúpido». Esta frase me ha acompañado más de ocho años.

Francamente, asumiéndome falsamente «cien por ciento humanista», consentí sentir que adolecía de una ignorancia apabullante; dado que comprendí que hacer la escición entre ciencias y humanidades es parte de la estupidez humana y parte de las parcialidades que terminan por ser -y la historia así asiente- causa de la mayoría de los conflictos mundiales. No hay tal diferencia entre las ciencias y las humanidades y es imposible que sintiendo que las humanidades son la fuente del conocimiento no se avoque el individuo a descubrir a las llamadas ciencias, hijas tardías al fin, de las humanidades.

Quien tenga ya completado el Bachillerato en Humanidades o haya visto filosofía en su vida sabe que ésta es la madre de todas las ciencias. Y además, sabe que la postura humanista de los filósofos, la postura intelectualmente honesta, les condujeron a explorar el saber sin miedo a las «ciencias» dado que conocer no distingue de materias o disciplinas. Conocer es, ha sido y será, una «actitud favorable a la comprensión de lo real como un todo».

En este punto de hace necesario detallar la frase, desmenuzarla para intentar proponer las aristas que pueden ser observables en primer término, y esperar del lector cualquier otra que proponga, porque finalmente conocer es un acto colectivo y las verdades absolutas se desean, mas no se pueden aseverar que se tiene «agarradas por las chivas»… simplemente existe lo verdadero en oposición a lo falso pero La Verdad pareciera más una aspiración del alma que del intelecto propiamente: la paz interior. Y como toda aspiración del alma se relaciona con la necesidad de trascendencia del ser humano.

Algunos pueden aducir que la Paz Interior es tan utópica como la idea de verdad, mas no es menos cierto que ese estado de ausencia de eco o de eco armónico se nos presenta como una secuela de momentos que brindan saciedad mental y que, frente a las búsquedas infinitas del intelecto (siempre «en garde!») la saciedad pareciera un estado ulterior de confomidad del «ego» frente al devenir continuo.

En este sentido «conocer» se vincula favorablemente a la comprensión de la realidad como un todo, en este sentido, conocer (del latín cognoscĕre) nos presenta una riqueza absoluta en sus significados. Para ejemplificar a lo que me refiero tomaré las 10 significaciones del RAE:

1. tr. Averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y
relaciones de las cosas.

2. tr. Entender, advertir, saber, echar de ver.

3. tr. Percibir el objeto como distinto de todo lo que no es él.

4. tr. Tener trato y comunicación con alguien. U. t. c. prnl.

5. tr. Experimentar, sentir. Alejandro Magno no conoció la derrota.

6. tr. Tener relaciones sexuales con alguien.

7. tr. desus. Confesar los delitos o pecados.

8. tr. desus. Mostrar agradecimiento.

9. intr. Der. Entender en un asunto con facultad legítima para ello. El juez conoce del pleito.

10. prnl. Juzgarse justamente.

Ahora comenzaremos acepción por acepción, en aras de intentar precisar el significado de nuestra frase primaria:

1. Averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas.

Ésta primera nos ofrece una idea bastante y suficiente amplia como para pensar que «conocer el mundo» es mucho más que «viajar el cuerpo». Es decir, es interrogar con las facultades intelectuales (con el intelecto: con la inteligencia) las relaciones que subyacen en la naturaleza, compreder (y este sería otro verbo a desmenuzar) las cualidades de la naturaleza (por no decir de la sustancia y de la materia, en clara referencia a Aristóteles). Conocer es entonces, «inscribirnos» de manera conscientes en la realidad que nos rodea. Hacernos parte «eficiente» de la realidad del mundo.

2. tr. Entender, advertir, saber, echar de ver.

La segunda ya nos adentra en la idea de «la inscripción en el mundo» y además en la frase de «hacernos parte eficiente de la realidad del mundo» dado que, entender y advertir implica el acto de presencialidad y de inscripción en las relaciones del mundo (en el cómo funciona y por qué funciona de alguna manera), se avizora aquí el acto consciente de interpretación no-falsa de la realidad. Implica comprender la diferencia entre lo falso y lo verdadero. Implica «saber» y el saber, asociado al conocimiento no está sujeto a las falsas impresiones; sino al acercamiento sensato con lo que se desea conocer. Y esta actitud sensata implica «conocer nuestros límites» (en una interpretación negativa de «lo que sé» a través de «lo que no sé») y el conocimiento inferencial de «lo que debo saber para poder conocer». Es decir, «echar de ver» lo que se va admitiendo como verdadero.

3. tr. Percibir el objeto como distinto de todo lo que no es él.

Esto nos lleva a la tercera definición del RAE, el conocimiento negativo como método del positivo; «conocer es percibir el objeto como distinto» es decir, asumir lo que se conoce como verdadero y admitir que lo que no es lo conocido es desconocido, ajeno, distinto. Ver la diferencia y reconocerla como tal. Y asumir que en esta diferenciación se abren caminos a «lo que puedo conocer» y lo que «desconozco». Aquí cabe hablar de Kant. En su Crítica a la Razón Pura Kant nos dice: «“Si se tiene presente que todo nuestro conocimiento acaba en último término en conceptos irreductibles, se comprenderá también que haya algunos que son casi irreductibles, es decir que las notas sólo son muy poco menos claras y simples que la cosa misma. Este es el caso de nuestra explicación de la existencia. (…) Aunque la naturaleza del objeto en relación a la capacidad de nuestro entendimiento tampoco permite un grado más alto”. Y proseguimos en la interpretación que hace HEIDEGGER, M., ¿Qué es metafísica? de la Crítica de la Razón Pura: «El enlace no puede venir nunca por medio de los sentidos. Todo enlace surge, según Kant, de aquella facultad de representación que se llama entendimiento; cuyo rasgo fundamental es el poner, en cuanto síntesis. La posición tiene el carácter de proposición, es decir, de juicio, por el cual algo es antepuesto como algo, un predicado es atribuido a un sujeto por el “es”`. Pero en cuanto la posición como proposición se relaciona necesariamente con lo dado en la afección, para que un objeto sea conocido por nosotros, el “es” como cópula recibe por eso un nuevo sentido. Kant lo determina por vez primera en la segunda edición de la Crítica de la razón pura (S19, B 140 ss.). Al comienzo del § 19 escribe:

“Nunca me ha satisfecho la definición que los lógicos dan del juicio en general, es, como ellos dicen, la representación de una relación entre dos conceptos”.

La sensatez de conocer es aceptar lo que no se conoce y admitir que esta actitud es la que nos permite abrirnos a conocer realmente. Ser terco respecto a la infalibilidad de nuestro acervo de conocimientos es el primer error que conduce al diletantismo del ignorante. Es la razón primaria del desestimo de lo útil o inútil de determinados conocimientos. Conocer entonces invita a la humildad frente al misterio de La Verdad y a la humildad frente a los pequeños bocados de conocimiento que los otros y lo otro puede ofrecernos. Allí aplica la apertura de pensamiento para «aprender» de todos los que nos rodean, sin prejuicio de su edad, posición social, educación formal, raza, sexo o estilo de vida. Es decir, sin discriminación alguna. La verdadera actitud del que desea «conocer» es incluyente y tolerante.

4. tr. Tener trato y comunicación con alguien.

Aquí llegamos a una de las definiciones más difíciles del verbo (acción continua) de conocer. Es tratar y comunicarse con alguien (o algo, añado tímidamente). Conocer es tener contacto continuo (vuelvo en el inscribirnos en la realidad) y comunicar «verdades» (juicios objetivos sobre algo) y lograr (aspirar) que ese algo o alguien (bajo el mismo esquema) nos transmita «exitosamente» los juicios objetivos sobre sí mismo. En este punto resulta de suma importancia considerar que «conocer» incluye todas las relaciones interpersonales de nuestra vida cotidiana; y la actitud intelectiva y la búsqueda de paz interior llama a la actitud abierta para «conocer» las verdades de todos los que nos rodean en aras de «sincerar» nuestra inscripción en el mundo. He allí el reto de la «paz interior»; lograr «conocer» nuestra realidad es saberla «a salvo» de juicios falsos sobre qué o quienes conocemos. He allí que la comunicación (y sin pretensiones de argumentaciones existencialistas) ocupe el lugar primigenio en la posibilidad de nostoi; es decir, de «patria», de lugar de pertenencia, de lugar conocido. La comunicación es el arraigo de lo que somos y de quienes somos.

5. tr. Experimentar, sentir.

La quinta definición presenta una doble postura. La experimentación (material, sensorial) de la realidad. Que nos remite a la visión aristotélica de la realidad y del conocimiento «de afuera hacia adentro». Y por otra parte, el verbo sentir. Si el verbo sentir remite a los «sentidos» entonces tenemos que son sinónimos. Si el verbo sentir remite a «sentimientos» (y el ejemplo que pone la RAE de Alejandro Magno bien pudiera referirse a ello: «Alejandro Magno no conoció la derrota.» ¿El sentir la derrota es un hecho objetivo observable o refiere al sentimiento de pérdida frente a una expectativa?. Si refiere al segundo, entonces «conocer» significa también -en clara posición platónica- sentir la realidad a través de los sentimientos, incribirnos en ella con las emociones. Es decir, conocer «de adentro hacia afuera» en clara correspondecia con el ideal griego «Conócete a ti mismo»; o en un proceso de «introspección». Y que las emociones a su vez, sean producto de los juicios verdaderos y objetivos. Y aquí la ansiada «paz interior» se juzga como pertinente, porque justamente tener paz interior es «hallarse excento de demonios falsos», producto del «conocer» la realidad.

6. tr. Tener relaciones sexuales con alguien.

En este punto también hallamos la escisión entre lo objetivo y lo subjetivo. La relación sexual como conocimiento de alguien implica efectivamente dos planos. Por una parte la posibilidad del la experimentación sensorial y por otra la experimentación sentimental. Lo sensual como incitación de los sentidos y la seducción como comunicación asertiva que apela a lo sexual. Y como ya hemos visto, la comunicación es un acto -arduo por demas- del intelecto. Así entonces, tenemos que conocer como «tener relaciones sexuales» implica lo sensual y la seducción; y si adicionalmente, tenemos que la relación sexual pudiera considerarse exitosa en tanto que se lleva a cabo con la consecuencia deseable del orgasmo o punto de clímax. Ha de suponerse que la relación sexual debe ser llevada a cabo con la búsqueda de la comprensión de las «cualidades y relaciones» que existen entre los estímulos y las respuestas. En este sentido, podríamos decir que el amante es el que busca «conocer» al amado (sin perjuicio a que en la relación los papeles son recíprocos, en tanto que hay una correspondencia para que el «acto de amar» sea constitutivo de una realidad). El amante como sujeto activo de la acción de amar, en lo relativo a la relación sexual, si y sólo si advierte la necesidad de conocimiento, podrá asumirse como tal. Y por su parte el amado, como sujeto pasivo, tendrá que advertir que la comunicación efectiva de los juicios objetivos sobre su «yo» son base de la fórmula exitosa de comunicación. (en medio de su pasividad se vuelve activo en la acción comunicativa). Sólo si estas condiciones están dadas la relación sexual conducirá a la consecuencias deseadas: el orgasmo de la excitación física y el clímax emocional como producto de conocimiento. Si no se conoce es simplemente sexo animal, porque se desliga lo más humano del hombre: la racionalidad y su consecuencialidad propia: la capacidad de ejercer su libertad a través de la elección; el acto de elegir lo que se desea conocer y aceptar o no su relación con nosotros. El acto sexual limitado al contacto con los órganos sexuales entre dos seres vivientes, no implica la acción de conocer al otro. Jean Baudrillard en su libro «De la Seducción» nos habla de «Desafío o seducción, es siempre enloquecer al otro, pero de un vértigo respectivo, locos de la ausencia vertiginosa que los reúne y de una absorción respectiva (…) un pacto altamente convencional, altamente ritualizado, la obligación incesante de responder y de mejorar la apuesta dominada por una regla del juego fundamental y a medida según su propio ritmo» (pp. 79-80).

7. Confesar los delitos o pecados.

Aunque esta significación se halla en desuso (como indica la RAE) resulta de interés el hecho de pensar que conocer implica «confesar delitos o pecados». La razón obedece a la idea de hacer ver a otro nuestro lado vergonzoso o admitir que como seres «perfectibles» y «contingentes» (en la visión más cristiana o bien aristotélica) somos capaces de cometer errores. Conocer entonces implica ver la totalidad del individuo, su lado más amable y su lado más terrible. Conocer es sincerar virtudes y defectos. Ser capaz de asumir que lo hermoso siempre guarda profunda relación con la podredumbre. «Todo Ángel es terrible» dice Rilke. La belleza es tensión lírica con lo oscuro, el alma humana alberga un pozo de terribilidad; como se puede leer en el ensayo de Hanni Ossott.

8. Mostrar agradecimiento.

Esta acepción también se encuentra es desuso, no obstante resulta interesante abordarla. Mostrar agradecimiento. ¿Qué es agradecer? Agradecer implica sentirse favorecido, es una actitud de beneplácito ante el consentimiento del otro. Para ello la aceptación considera también la comunicación efectiva, un compartir de los juicios objetivos y de lo verdadero sobre nosotros mismos. Entonces, podremos aseverar que el agradecimiento estará ligado al «acto libre» (ejercicio de la libertad humana) de elegir al otro para que forme parte de nuestra realidad. En este sentido, la libertad es aplicable no sólo al otro, sino a «lo otro». Es decir, la acción de agradecer la relación no sólo obedece a la relación recíproca con las personas sino con las cosas conocidas o las disciplinas que volvemos amor (pathos), pasión por conocer.

9. Entender en un asunto con facultad legítima para ello.

Esta significación refiere al uso en derecho; y comprendiendo que estamos todos dentro de un orden social, cabe profundizar en su especificidad. Además resulta de interés el empleo de la palabra «Legítima». Algo legítimo significa algo que tenga propiedad, razón admitida de ser. Alguien que tiene autoridad dentro de una relación entre dos o más individuos para el ejercicio de unas facultades. El poder legítimo o la legitimidad de una acción implica el uso consentido de esa facultad o facultades. Un juez está facultado para la administración de justicia, ejerce ese poder legítimamente. Una persona que ocupa un puesto gerencial está facultada para una serie de atribuciones. Un individuo que está en una relación monógama ha realizado un pacto consensuado con otro individuo, y está facultado para exigir fidelidad. Es legítimo el reclamo si se transgreden las condiciones del «pacto». Así mismo dentro del conocimiento; es propio que se legitime el papel del cognoscente frente a lo conocido. Y que producto de ese rol que se está ocupando, se propenda a conocer legítimamente; es decir con propiedad, ese algo objeto de conocimiento. En las relaciones humanas o bien en el funcionamiento social, existen facultades pactadas para conocer, un derecho para salvaguardar el sano funcionamiento de las relaciones interpersonales o sociales.

El ejemplo que pone el Diccionario de la Real Academia Española es útil a nuestro entender, «El juez conoce del pleito». El juez está facultado para la administración de justicia y en sus atribuciones de conocimiento debe velar por la observancia de la realidad como un todo. A fin de que su poder discrecional sea cónsono con la observancia objetiva de los juicios no-falsos y de los verdaderos. El acto de lo justo. Lo justo en lo humano, la idea de que el Derecho (con D mayúscula) es la terrenalización de la idea de Justicia y que por tanto, se inclina hacia lo Bueno y deseable.

10. Juzgarse justamente.

Lo Justo. ¿Qué es lo justo? Esta es una de las preguntas centrales de la filosofía desde la época de los antiguos «griegos» (entre comillas dado que podríamos decir helenos o incluso cronológicamente a los atenienses). La idea de lo justo termina por asociarse al valor de Lo Bueno, y éste a la idea de Bien. Lo Bueno es Bello y deseable nos dijo Platón, y por Bueno, Bello y deseable «uno ama» algo; por tanto Eros se conjuga paralelamente con Belleza y Bien. Así mismo, lo Justo a los juicios de lo deseable, por Bueno y Bello. A través de la historia, Occidente ha ido construído un bagaje amplio de valores y ha creado una suerte de «moral humana». Así podemos verlo en el asentamiento de los llamados Derechos Humanos o en la búsqueda de reivindicaciones sociales que apelan a la dignidad humana o en el rechazo a los genocidios o a los crímenes de lesa humanidad. Juzgarse justamente entonces está relacionado con «conocerse a sí mismo» y a su vez con comprender la diferencia entre «Bien» y «Mal» o entre «lo verdadero» y «lo falso». Más aún el acto de apelar a la conciencia individual en tanto que se «aprehenden» los valores culturales y son definitorios de la conducta humana. En este sentido, conocer sólo será posible si se comienza por conocerse a uno mismo, y actuar en consonancia con nuestra idea de «lo Bueno» y «lo malo» a fin de juzgar con justicia nuestro proceder y el de los demás. Esto con la idea de poder conocer la realidad que nos rodea y sincerar nuestras relaciones con los demás y nuestra postura ante El Conocimiento.

Volvamos ahora a la frase primaria: «Conocer es, ha sido y será, una actitud favorable a la comprensión de lo real como un todo». Creo, y digo creo porque ya hemos establecido la necesidad de humildad, que si comprendemos las diez definiciones podremos acercarnos a la comprensión de lo real como un todo. Comprender que la realidad no tiene una sola perspectiva y que podremos, incluso, aprovechar la pluridisciplinariedad como una ventaja para mirar con más propiedad nuestro derredor. En este sentido la filosofía, como disciplina de «amor a la sabiduría» y de actitud favorable al conocimiento con miras a lograr la aspiración de acercarnos al Logos (La Verdad, en sentido más general) cumple un papel esencial en todos los aspectos de nuestra vida. Es la capacidad de asombro y la búsqueda de la Contemplación (sería útil leer en diálogo de Platón el Banquete para entender la idea de Contemplación).

Retomemos ahora la frase: «Y como toda aspiración del alma se relaciona con la necesidad de trascendencia del ser humano». Si lo anterior puede asumirse como cierto, o si el lector asiente ante esta idea, entonces comprenderá que la aspiración vital no se refiere a la obtención de cosas útiles, sino más bien a la postura de alcanzar la paz interior, al contacto con la armonía; el sano equilibro entre lo material y lo espiritual. Al sentido de trascendencia. De pervivencia más allá del tiempo. Si se cree que el alma existe, entonces deberemos asumir la postura de «mantenerla seca» (como decía Heráclito), mantenerla a salvo de los engaños del mundo, no corromperla dejándonos seducir por las falsas imágenes. Si por el contrario no creemos en el alma, sino únicamente en el intelecto, asumiremos la actitud de formarlo en los juicios verdaderos, de cultivarlo. En todo caso, los agnósticos, ateos, y creyentes coincidirán en que el conocimiento es necesario porque tenemos la capacidad de conocer. Y no conocer sería un despilfarro de nuestra capacidad.

Por útimo cerremos, por los momentos, con la idea de «la utilidad de conocer». Si bien se ha señalado antes que la aspiración vital no es la obtención de cosas útiles (que sirven para satisfacer necesidades de subsistencia), no es menos cierto que la esencia de conocer está en la utilidad que tiene para la trascendencia; es decir, el papel que cumple el auténtico conocimiento para alimentar el alma o el intelecto. El rol que cumple el conocimiento para sentir la propiedad de nuestra persona en la inscripción, en términos de espacio y tiempo. Sentir que somos lo que, en el ejercicio de nuestra libertad, hemos elegido ser. Y más aún, que el mundo que nos circunda nos afecta positivamente en tanto que «vivimos en la salud,» porque vivimos con propiedad la inscripción de nuestro ego en el mundo. La Idea de éxito o fracaso tiene relación estrecha con nuestras aspiraciones, y las aspiraciones serán saludables en tanto que elijamos nuestras metas en consonancia con el conocimiento de nosotros mismos y con las oportunidades que el mundo nos ofrece. Esto sólo será posible si conocemos nuestro «yo» y si aprendemos a conocer la realidad que nos rodea como un «todo».

Lograr ser exitosos es posicionarnos positivamente en un mundo complejo; es obtener dispositivos de éxito que nos permitan tener la paz interior. Los dispositivos que nos permitan alcanzar la «eudaimonia» o felicidad. Y sólo podremos alcanzar este estado si logramos conocer para elegir y elegir para conocer; aspirar episteme (conocimiento) y procurar diferenciarlo de la doxa (opinión). Lograr discernir entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo trascendente y lo contingente. Porque el acto de conocer termina por ser como la aspiración de la Verdad, un devenir continuo que nos acerca a la «autorealización»; una meta, quizás utópica, pero finalmente que es motor para la acción, para actuar, para conducir nuestra vida. El verbo de conocer así como el de filosofar, se insertan en la realidad como acción continua no como meta definitiva; son actitudes, propiedades de la materia que nos constituye, no sólo accidentes que padecemos. El éxito y el fracaso son accidentes, la eudaimonia es aspiración de trascendencia. Somos temporales en lo que hacemos, pero si existimos, tenemos la posibilidad de trascendencia en quiénes somos. Darnos a conocer y conocer al mundo son dos posibilidades que, de rechazarlas, nos convierten en las víctimas de las circunstancias. En objetos de la realidad y no en sujetos.

Si alguna postura es desechable es el pensar que algún conocimiento es inútil, porque de esta doxa sólo se puede desprender la imposibilidad de acceder a la elección, a la libertad, de acercarnos a la episteme, de ser humanos. La imposibilidad a conocer con el intelecto y a acceder a la inteligibilidad del mundo. Es ser insinceros con la evolución humana y con el entramado complejo de relaciones. Es tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás.

Si Descartes tuvo razón cuando escribió «cogito, ergo sum» fue más en consentir que la existencia humana se debe a la acción reflexiva, al acto de «pensar»; que en la demostración de la existencia del «ser» como tal. Al menos esa es mi «humilde» opinión; porque si pienso es porque existo, mas está claro que hay muchos que existen y parecieran no pensar.

Queda mucho por decir de este tema… esto es sólo una pequeña continuación… al maravilloso diálogo que es Occidente.

La tarea es seguir conociendo…

Sobre la Utilidad de Conocer o de la Filosofía para el Éxito.

Vivir sin filosofar es,
propiamente,

tener los ojos cerrados,
sin tratar de abrirlos jamás.

René Descartes

«La Torre de Babel» de Brueghel.

El Prof. Arturo Abrams Gago, de matemáticas, nos dijo el primer día de clases de Quinto año de Humanidades «Un humanista que no sepa nada de ciencias es un ignorante y un científico que no sepa de humanidades es un estúpido». Esta frase me ha acompañado más de ocho años.

Francamente, asumiéndome falsamente «cien por ciento humanista», consentí sentir que adolecía de una ignorancia apabullante; dado que comprendí que hacer la escición entre ciencias y humanidades es parte de la estupidez humana y parte de las parcialidades que terminan por ser -y la historia así asiente- causa de la mayoría de los conflictos mundiales. No hay tal diferencia entre las ciencias y las humanidades y es imposible que sintiendo que las humanidades son la fuente del conocimiento no se avoque el individuo a descubrir a las llamadas ciencias, hijas tardías al fin, de las humanidades.

Quien tenga ya completado el Bachillerato en Humanidades o haya visto filosofía en su vida sabe que ésta es la madre de todas las ciencias. Y además, sabe que la postura humanista de los filósofos, la postura intelectualmente honesta, les condujeron a explorar el saber sin miedo a las «ciencias» dado que conocer no distingue de materias o disciplinas. Conocer es, ha sido y será, una «actitud favorable a la comprensión de lo real como un todo».

En este punto de hace necesario detallar la frase, desmenuzarla para intentar proponer las aristas que pueden ser observables en primer término, y esperar del lector cualquier otra que proponga, porque finalmente conocer es un acto colectivo y las verdades absolutas se desean, mas no se pueden aseverar que se tiene «agarradas por las chivas»… simplemente existe lo verdadero en oposición a lo falso pero La Verdad pareciera más una aspiración del alma que del intelecto propiamente: la paz interior. Y como toda aspiración del alma se relaciona con la necesidad de trascendencia del ser humano.

Algunos pueden aducir que la Paz Interior es tan utópica como la idea de verdad, mas no es menos cierto que ese estado de ausencia de eco o de eco armónico se nos presenta como una secuela de momentos que brindan saciedad mental y que, frente a las búsquedas infinitas del intelecto (siempre «en garde!») la saciedad pareciera un estado ulterior de confomidad del «ego» frente al devenir continuo.

En este sentido «conocer» se vincula favorablemente a la comprensión de la realidad como un todo, en este sentido, conocer (del latín cognoscĕre) nos presenta una riqueza absoluta en sus significados. Para ejemplificar a lo que me refiero tomaré las 10 significaciones del RAE:

1. tr. Averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y
relaciones de las cosas.

2. tr. Entender, advertir, saber, echar de ver.

3. tr. Percibir el objeto como distinto de todo lo que no es él.

4. tr. Tener trato y comunicación con alguien. U. t. c. prnl.

5. tr. Experimentar, sentir. Alejandro Magno no conoció la derrota.

6. tr. Tener relaciones sexuales con alguien.

7. tr. desus. Confesar los delitos o pecados.

8. tr. desus. Mostrar agradecimiento.

9. intr. Der. Entender en un asunto con facultad legítima para ello. El juez conoce del pleito.

10. prnl. Juzgarse justamente.

Ahora comenzaremos acepción por acepción, en aras de intentar precisar el significado de nuestra frase primaria:

1. Averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas.

Ésta primera nos ofrece una idea bastante y suficiente amplia como para pensar que «conocer el mundo» es mucho más que «viajar el cuerpo». Es decir, es interrogar con las facultades intelectuales (con el intelecto: con la inteligencia) las relaciones que subyacen en la naturaleza, compreder (y este sería otro verbo a desmenuzar) las cualidades de la naturaleza (por no decir de la sustancia y de la materia, en clara referencia a Aristóteles). Conocer es entonces, «inscribirnos» de manera conscientes en la realidad que nos rodea. Hacernos parte «eficiente» de la realidad del mundo.

2. tr. Entender, advertir, saber, echar de ver.

La segunda ya nos adentra en la idea de «la inscripción en el mundo» y además en la frase de «hacernos parte eficiente de la realidad del mundo» dado que, entender y advertir implica el acto de presencialidad y de inscripción en las relaciones del mundo (en el cómo funciona y por qué funciona de alguna manera), se avizora aquí el acto consciente de interpretación no-falsa de la realidad. Implica comprender la diferencia entre lo falso y lo verdadero. Implica «saber» y el saber, asociado al conocimiento no está sujeto a las falsas impresiones; sino al acercamiento sensato con lo que se desea conocer. Y esta actitud sensata implica «conocer nuestros límites» (en una interpretación negativa de «lo que sé» a través de «lo que no sé») y el conocimiento inferencial de «lo que debo saber para poder conocer». Es decir, «echar de ver» lo que se va admitiendo como verdadero.

3. tr. Percibir el objeto como distinto de todo lo que no es él.

Esto nos lleva a la tercera definición del RAE, el conocimiento negativo como método del positivo; «conocer es percibir el objeto como distinto» es decir, asumir lo que se conoce como verdadero y admitir que lo que no es lo conocido es desconocido, ajeno, distinto. Ver la diferencia y reconocerla como tal. Y asumir que en esta diferenciación se abren caminos a «lo que puedo conocer» y lo que «desconozco». Aquí cabe hablar de Kant. En su Crítica a la Razón Pura Kant nos dice: «“Si se tiene presente que todo nuestro conocimiento acaba en último término en conceptos irreductibles, se comprenderá también que haya algunos que son casi irreductibles, es decir que las notas sólo son muy poco menos claras y simples que la cosa misma. Este es el caso de nuestra explicación de la existencia. (…) Aunque la naturaleza del objeto en relación a la capacidad de nuestro entendimiento tampoco permite un grado más alto”. Y proseguimos en la interpretación que hace HEIDEGGER, M., ¿Qué es metafísica? de la Crítica de la Razón Pura: «El enlace no puede venir nunca por medio de los sentidos. Todo enlace surge, según Kant, de aquella facultad de representación que se llama entendimiento; cuyo rasgo fundamental es el poner, en cuanto síntesis. La posición tiene el carácter de proposición, es decir, de juicio, por el cual algo es antepuesto como algo, un predicado es atribuido a un sujeto por el “es”`. Pero en cuanto la posición como proposición se relaciona necesariamente con lo dado en la afección, para que un objeto sea conocido por nosotros, el “es” como cópula recibe por eso un nuevo sentido. Kant lo determina por vez primera en la segunda edición de la Crítica de la razón pura (S19, B 140 ss.). Al comienzo del § 19 escribe:

“Nunca me ha satisfecho la definición que los lógicos dan del juicio en general, es, como ellos dicen, la representación de una relación entre dos conceptos”.

La sensatez de conocer es aceptar lo que no se conoce y admitir que esta actitud es la que nos permite abrirnos a conocer realmente. Ser terco respecto a la infalibilidad de nuestro acervo de conocimientos es el primer error que conduce al diletantismo del ignorante. Es la razón primaria del desestimo de lo útil o inútil de determinados conocimientos. Conocer entonces invita a la humildad frente al misterio de La Verdad y a la humildad frente a los pequeños bocados de conocimiento que los otros y lo otro puede ofrecernos. Allí aplica la apertura de pensamiento para «aprender» de todos los que nos rodean, sin prejuicio de su edad, posición social, educación formal, raza, sexo o estilo de vida. Es decir, sin discriminación alguna. La verdadera actitud del que desea «conocer» es incluyente y tolerante.

4. tr. Tener trato y comunicación con alguien.

Aquí llegamos a una de las definiciones más difíciles del verbo (acción continua) de conocer. Es tratar y comunicarse con alguien (o algo, añado tímidamente). Conocer es tener contacto continuo (vuelvo en el inscribirnos en la realidad) y comunicar «verdades» (juicios objetivos sobre algo) y lograr (aspirar) que ese algo o alguien (bajo el mismo esquema) nos transmita «exitosamente» los juicios objetivos sobre sí mismo. En este punto resulta de suma importancia considerar que «conocer» incluye todas las relaciones interpersonales de nuestra vida cotidiana; y la actitud intelectiva y la búsqueda de paz interior llama a la actitud abierta para «conocer» las verdades de todos los que nos rodean en aras de «sincerar» nuestra inscripción en el mundo. He allí el reto de la «paz interior»; lograr «conocer» nuestra realidad es saberla «a salvo» de juicios falsos sobre qué o quienes conocemos. He allí que la comunicación (y sin pretensiones de argumentaciones existencialistas) ocupe el lugar primigenio en la posibilidad de nostoi; es decir, de «patria», de lugar de pertenencia, de lugar conocido. La comunicación es el arraigo de lo que somos y de quienes somos.

5. tr. Experimentar, sentir.

La quinta definición presenta una doble postura. La experimentación (material, sensorial) de la realidad. Que nos remite a la visión aristotélica de la realidad y del conocimiento «de afuera hacia adentro». Y por otra parte, el verbo sentir. Si el verbo sentir remite a los «sentidos» entonces tenemos que son sinónimos. Si el verbo sentir remite a «sentimientos» (y el ejemplo que pone la RAE de Alejandro Magno bien pudiera referirse a ello: «Alejandro Magno no conoció la derrota.» ¿El sentir la derrota es un hecho objetivo observable o refiere al sentimiento de pérdida frente a una expectativa?. Si refiere al segundo, entonces «conocer» significa también -en clara posición platónica- sentir la realidad a través de los sentimientos, incribirnos en ella con las emociones. Es decir, conocer «de adentro hacia afuera» en clara correspondecia con el ideal griego «Conócete a ti mismo»; o en un proceso de «introspección». Y que las emociones a su vez, sean producto de los juicios verdaderos y objetivos. Y aquí la ansiada «paz interior» se juzga como pertinente, porque justamente tener paz interior es «hallarse excento de demonios falsos», producto del «conocer» la realidad.

6. tr. Tener relaciones sexuales con alguien.

En este punto también hallamos la escisión entre lo objetivo y lo subjetivo. La relación sexual como conocimiento de alguien implica efectivamente dos planos. Por una parte la posibilidad del la experimentación sensorial y por otra la experimentación sentimental. Lo sensual como incitación de los sentidos y la seducción como comunicación asertiva que apela a lo sexual. Y como ya hemos visto, la comunicación es un acto -arduo por demas- del intelecto. Así entonces, tenemos que conocer como «tener relaciones sexuales» implica lo sensual y la seducción; y si adicionalmente, tenemos que la relación sexual pudiera considerarse exitosa en tanto que se lleva a cabo con la consecuencia deseable del orgasmo o punto de clímax. Ha de suponerse que la relación sexual debe ser llevada a cabo con la búsqueda de la comprensión de las «cualidades y relaciones» que existen entre los estímulos y las respuestas. En este sentido, podríamos decir que el amante es el que busca «conocer» al amado (sin perjuicio a que en la relación los papeles son recíprocos, en tanto que hay una correspondencia para que el «acto de amar» sea constitutivo de una realidad). El amante como sujeto activo de la acción de amar, en lo relativo a la relación sexual, si y sólo si advierte la necesidad de conocimiento, podrá asumirse como tal. Y por su parte el amado, como sujeto pasivo, tendrá que advertir que la comunicación efectiva de los juicios objetivos sobre su «yo» son base de la fórmula exitosa de comunicación. (en medio de su pasividad se vuelve activo en la acción comunicativa). Sólo si estas condiciones están dadas la relación sexual conducirá a la consecuencias deseadas: el orgasmo de la excitación física y el clímax emocional como producto de conocimiento. Si no se conoce es simplemente sexo animal, porque se desliga lo más humano del hombre: la racionalidad y su consecuencialidad propia: la capacidad de ejercer su libertad a través de la elección; el acto de elegir lo que se desea conocer y aceptar o no su relación con nosotros. El acto sexual limitado al contacto con los órganos sexuales entre dos seres vivientes, no implica la acción de conocer al otro. Jean Baudrillard en su libro «De la Seducción» nos habla de «Desafío o seducción, es siempre enloquecer al otro, pero de un vértigo respectivo, locos de la ausencia vertiginosa que los reúne y de una absorción respectiva (…) un pacto altamente convencional, altamente ritualizado, la obligación incesante de responder y de mejorar la apuesta dominada por una regla del juego fundamental y a medida según su propio ritmo» (pp. 79-80).

7. Confesar los delitos o pecados.

Aunque esta significación se halla en desuso (como indica la RAE) resulta de interés el hecho de pensar que conocer implica «confesar delitos o pecados». La razón obedece a la idea de hacer ver a otro nuestro lado vergonzoso o admitir que como seres «perfectibles» y «contingentes» (en la visión más cristiana o bien aristotélica) somos capaces de cometer errores. Conocer entonces implica ver la totalidad del individuo, su lado más amable y su lado más terrible. Conocer es sincerar virtudes y defectos. Ser capaz de asumir que lo hermoso siempre guarda profunda relación con la podredumbre. «Todo Ángel es terrible» dice Rilke. La belleza es tensión lírica con lo oscuro, el alma humana alberga un pozo de terribilidad; como se puede leer en el ensayo de Hanni Ossott.

8. Mostrar agradecimiento.

Esta acepción también se encuentra es desuso, no obstante resulta interesante abordarla. Mostrar agradecimiento. ¿Qué es agradecer? Agradecer implica sentirse favorecido, es una actitud de beneplácito ante el consentimiento del otro. Para ello la aceptación considera también la comunicación efectiva, un compartir de los juicios objetivos y de lo verdadero sobre nosotros mismos. Entonces, podremos aseverar que el agradecimiento estará ligado al «acto libre» (ejercicio de la libertad humana) de elegir al otro para que forme parte de nuestra realidad. En este sentido, la libertad es aplicable no sólo al otro, sino a «lo otro». Es decir, la acción de agradecer la relación no sólo obedece a la relación recíproca con las personas sino con las cosas conocidas o las disciplinas que volvemos amor (pathos), pasión por conocer.

9. Entender en un asunto con facultad legítima para ello.

Esta significación refiere al uso en derecho; y comprendiendo que estamos todos dentro de un orden social, cabe profundizar en su especificidad. Además resulta de interés el empleo de la palabra «Legítima». Algo legítimo significa algo que tenga propiedad, razón admitida de ser. Alguien que tiene autoridad dentro de una relación entre dos o más individuos para el ejercicio de unas facultades. El poder legítimo o la legitimidad de una acción implica el uso consentido de esa facultad o facultades. Un juez está facultado para la administración de justicia, ejerce ese poder legítimamente. Una persona que ocupa un puesto gerencial está facultada para una serie de atribuciones. Un individuo que está en una relación monógama ha realizado un pacto consensuado con otro individuo, y está facultado para exigir fidelidad. Es legítimo el reclamo si se transgreden las condiciones del «pacto». Así mismo dentro del conocimiento; es propio que se legitime el papel del cognoscente frente a lo conocido. Y que producto de ese rol que se está ocupando, se propenda a conocer legítimamente; es decir con propiedad, ese algo objeto de conocimiento. En las relaciones humanas o bien en el funcionamiento social, existen facultades pactadas para conocer, un derecho para salvaguardar el sano funcionamiento de las relaciones interpersonales o sociales.

El ejemplo que pone el Diccionario de la Real Academia Española es útil a nuestro entender, «El juez conoce del pleito». El juez está facultado para la administración de justicia y en sus atribuciones de conocimiento debe velar por la observancia de la realidad como un todo. A fin de que su poder discrecional sea cónsono con la observancia objetiva de los juicios no-falsos y de los verdaderos. El acto de lo justo. Lo justo en lo humano, la idea de que el Derecho (con D mayúscula) es la terrenalización de la idea de Justicia y que por tanto, se inclina hacia lo Bueno y deseable.

10. Juzgarse justamente.

Lo Justo. ¿Qué es lo justo? Esta es una de las preguntas centrales de la filosofía desde la época de los antiguos «griegos» (entre comillas dado que podríamos decir helenos o incluso cronológicamente a los atenienses). La idea de lo justo termina por asociarse al valor de Lo Bueno, y éste a la idea de Bien. Lo Bueno es Bello y deseable nos dijo Platón, y por Bueno, Bello y deseable «uno ama» algo; por tanto Eros se conjuga paralelamente con Belleza y Bien. Así mismo, lo Justo a los juicios de lo deseable, por Bueno y Bello. A través de la historia, Occidente ha ido construído un bagaje amplio de valores y ha creado una suerte de «moral humana». Así podemos verlo en el asentamiento de los llamados Derechos Humanos o en la búsqueda de reivindicaciones sociales que apelan a la dignidad humana o en el rechazo a los genocidios o a los crímenes de lesa humanidad. Juzgarse justamente entonces está relacionado con «conocerse a sí mismo» y a su vez con comprender la diferencia entre «Bien» y «Mal» o entre «lo verdadero» y «lo falso». Más aún el acto de apelar a la conciencia individual en tanto que se «aprehenden» los valores culturales y son definitorios de la conducta humana. En este sentido, conocer sólo será posible si se comienza por conocerse a uno mismo, y actuar en consonancia con nuestra idea de «lo Bueno» y «lo malo» a fin de juzgar con justicia nuestro proceder y el de los demás. Esto con la idea de poder conocer la realidad que nos rodea y sincerar nuestras relaciones con los demás y nuestra postura ante El Conocimiento.

Volvamos ahora a la frase primaria: «Conocer es, ha sido y será, una actitud favorable a la comprensión de lo real como un todo». Creo, y digo creo porque ya hemos establecido la necesidad de humildad, que si comprendemos las diez definiciones podremos acercarnos a la comprensión de lo real como un todo. Comprender que la realidad no tiene una sola perspectiva y que podremos, incluso, aprovechar la pluridisciplinariedad como una ventaja para mirar con más propiedad nuestro derredor. En este sentido la filosofía, como disciplina de «amor a la sabiduría» y de actitud favorable al conocimiento con miras a lograr la aspiración de acercarnos al Logos (La Verdad, en sentido más general) cumple un papel esencial en todos los aspectos de nuestra vida. Es la capacidad de asombro y la búsqueda de la Contemplación (sería útil leer en diálogo de Platón el Banquete para entender la idea de Contemplación).

Retomemos ahora la frase: «Y como toda aspiración del alma se relaciona con la necesidad de trascendencia del ser humano». Si lo anterior puede asumirse como cierto, o si el lector asiente ante esta idea, entonces comprenderá que la aspiración vital no se refiere a la obtención de cosas útiles, sino más bien a la postura de alcanzar la paz interior, al contacto con la armonía; el sano equilibro entre lo material y lo espiritual. Al sentido de trascendencia. De pervivencia más allá del tiempo. Si se cree que el alma existe, entonces deberemos asumir la postura de «mantenerla seca» (como decía Heráclito), mantenerla a salvo de los engaños del mundo, no corromperla dejándonos seducir por las falsas imágenes. Si por el contrario no creemos en el alma, sino únicamente en el intelecto, asumiremos la actitud de formarlo en los juicios verdaderos, de cultivarlo. En todo caso, los agnósticos, ateos, y creyentes coincidirán en que el conocimiento es necesario porque tenemos la capacidad de conocer. Y no conocer sería un despilfarro de nuestra capacidad.

Por útimo cerremos, por los momentos, con la idea de «la utilidad de conocer». Si bien se ha señalado antes que la aspiración vital no es la obtención de cosas útiles (que sirven para satisfacer necesidades de subsistencia), no es menos cierto que la esencia de conocer está en la utilidad que tiene para la trascendencia; es decir, el papel que cumple el auténtico conocimiento para alimentar el alma o el intelecto. El rol que cumple el conocimiento para sentir la propiedad de nuestra persona en la inscripción, en términos de espacio y tiempo. Sentir que somos lo que, en el ejercicio de nuestra libertad, hemos elegido ser. Y más aún, que el mundo que nos circunda nos afecta positivamente en tanto que «vivimos en la salud,» porque vivimos con propiedad la inscripción de nuestro ego en el mundo. La Idea de éxito o fracaso tiene relación estrecha con nuestras aspiraciones, y las aspiraciones serán saludables en tanto que elijamos nuestras metas en consonancia con el conocimiento de nosotros mismos y con las oportunidades que el mundo nos ofrece. Esto sólo será posible si conocemos nuestro «yo» y si aprendemos a conocer la realidad que nos rodea como un «todo».

Lograr ser exitosos es posicionarnos positivamente en un mundo complejo; es obtener dispositivos de éxito que nos permitan tener la paz interior. Los dispositivos que nos permitan alcanzar la «eudaimonia» o felicidad. Y sólo podremos alcanzar este estado si logramos conocer para elegir y elegir para conocer; aspirar episteme (conocimiento) y procurar diferenciarlo de la doxa (opinión). Lograr discernir entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo trascendente y lo contingente. Porque el acto de conocer termina por ser como la aspiración de la Verdad, un devenir continuo que nos acerca a la «autorealización»; una meta, quizás utópica, pero finalmente que es motor para la acción, para actuar, para conducir nuestra vida. El verbo de conocer así como el de filosofar, se insertan en la realidad como acción continua no como meta definitiva; son actitudes, propiedades de la materia que nos constituye, no sólo accidentes que padecemos. El éxito y el fracaso son accidentes, la eudaimonia es aspiración de trascendencia. Somos temporales en lo que hacemos, pero si existimos, tenemos la posibilidad de trascendencia en quiénes somos. Darnos a conocer y conocer al mundo son dos posibilidades que, de rechazarlas, nos convierten en las víctimas de las circunstancias. En objetos de la realidad y no en sujetos.

Si alguna postura es desechable es el pensar que algún conocimiento es inútil, porque de esta doxa sólo se puede desprender la imposibilidad de acceder a la elección, a la libertad, de acercarnos a la episteme, de ser humanos. La imposibilidad a conocer con el intelecto y a acceder a la inteligibilidad del mundo. Es ser insinceros con la evolución humana y con el entramado complejo de relaciones. Es tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás.

Si Descartes tuvo razón cuando escribió «cogito, ergo sum» fue más en consentir que la existencia humana se debe a la acción reflexiva, al acto de «pensar»; que en la demostración de la existencia del «ser» como tal. Al menos esa es mi «humilde» opinión; porque si pienso es porque existo, mas está claro que hay muchos que existen y parecieran no pensar.

Queda mucho por decir de este tema… esto es sólo una pequeña continuación… al maravilloso diálogo que es Occidente.

La tarea es seguir conociendo…

Sobre la Justicia de los Dioses


Oh, padre Zeus! Si alguna vez te fuí útil entre los Inmortales de palabra o de obra, otórgame ahora lo que te pido:
Honra a mi hijo, el héroe de más breve vida, pues el rey de hombres Agamenón le ha ultrajado, arrbatándole y reteniendo el botín de honor, de que voluntariamente le ha despojado. Véngale tú, próvido Zeus Olímpico, concediendo la victoria a los troyanos hasta que los aqueos rindan homenaje a mi hijo y acrecienten su fama.

(Homero: La Ilíada. Canto Primero)

El mundo de la mitología griega asombra cuando nos remontamos a la idea del «acto de fe» inmerso en ese bagaje amplísimo de historias cruentas y humanas que envolvían al panteón heleno. Nos asombra la idea de que se materializasen los sentimientos más viles y las habiliades más excelsas en unos seres inmortales que finalmente no eran ni buenos, ni malos en su totalidad… simplemente eran. Y eran tanto! que movían los destinos humanos a su parecer, y las súplicas tanto de aqueos como troyanos, en medio de la guerra, se alzaban no en nombre de la justicia sino en búsqueda de apelar a la misericordia de los dioses y de complacer sus «pareceres» para serles «agradables».

Pareciera lejano que los «dioses» gobiernen nuestro destino, que lo determinen. Hoy quizás, y más aún luego del «Dios ha muerto» de Nietzsche, pensamos que nuestro destino trata más del «acto de justicia» que del acto de fe. No obstante, vemos cómo se alzan nuevos «becerros de oro» -o de barro- en torno al funcionamiento de la vida social, vida que, como toda, es dinámica y codependiente.

Keohane ya nos hablaba de la «interdependencia compleja» un sistema donde la vida social debe comprenderse en el entramado de redes que se yuxtaponen y donde los juegos de poder son proporcionales al papel que cada individuo cumple en cada red, comprendiendo además que cada individuo está inmerso en una inmesidad de redes, tenemos que los juegos de poder terminan por hacerse mucho más complicados de lo que se comprendía hace cien años.

Ahora bien, en medio del posicionamiento de los «nuevos becerros» coronados por el dinero, estatus social, puestos dentro de las jerarquías de poder en nuestros circulos cercanos, o en las pirámides gubernamentales tenemos una sociedad, en Venezuela al menos, donde pareciese que Ralws no ha tenido la delicadeza de hacerse comprender en el paso de la «Teoría de la autoridad» a la «teoría de la justicia». Y señalo esto, en tanto que los Zeus viscerales apuntan con su cetro a cuanto prometeo moderno se le acerque mencionando la frase «lo justo» y sólo se abstiene como la súplica antigua «si se es de utilidad».

Sucesos insólitos como el intento de reforma educativa, la amenaza de una guerra con Estados Unidos o el caso del maletín, que parece ser un container ahora; son de las razones que nos llevan a pensar dónde quedó la justicia en el país. O quizás qué es lo que pasa en esta sociedad tan displicente con «el deber ser». Porque somos una sociedad que hace apenas 9 años pactó una nueva Constitución y propuso un modelo democrático de estado social de derecho y de justicia que hoy queda como las ruinas de Atenas. Un recuerdo fastuoso de unas estrucuras policromadas, magistralmente edificadas comprendiendo las leyes suprasensibles que gobiernan a la naturaleza y de las cuales, solo tenemos unos vestigios que visitan los turistas con placer pero con absulutamente nada de dolor por lo perdido.

El llamado que se hace es a una reflexión: ¿En Venezuela estamos siendo partícipes de esa suerte de alzheimer colectivo frente al constitucionalismo democrático o es que nunca en realidad comprendimos que el modelo democrático y lo que subyece en el principio de legalidad?

Somos tan egoistas que trasgrediendo las normas más básicas de convivencia; como respetar las señales de tránsito, no sobornar a funcionario alguno para la obtención de licencias, realizar nuestros trabajos académicos sin pagar o no realizar un plagio, devolver a la cajera el vuelto de más cuando ella comete un error humano… terminan por contribuir activamente a este desastre corrupto que llaman reivindicación social. Perdemos la moral, perdemos la conciencia y nos transformamos en la ecclecsia perfecta para el paganismo indolente que termina por condenar a un Sócrates por llamar a los jóvenes a «conocer» y premiamos a los mercaderes del saber… a los sofistas modernos.

El llamado a recobrar la Justicia de los hombres y a darle la espalda a los ídolos de barro que a través de los juegos de poder nos recuerdan un fatum incierto alejado de la areté ganada con el peso de la historia, dos guerras mundiales y la mentada evolución de la civilización occidental con el advenimiento del sistema internacional de justicia y el posicionamiento imperante de las democracias en el siglo XX.

Sobre la Justicia de los Dioses


Oh, padre Zeus! Si alguna vez te fuí útil entre los Inmortales de palabra o de obra, otórgame ahora lo que te pido:
Honra a mi hijo, el héroe de más breve vida, pues el rey de hombres Agamenón le ha ultrajado, arrbatándole y reteniendo el botín de honor, de que voluntariamente le ha despojado. Véngale tú, próvido Zeus Olímpico, concediendo la victoria a los troyanos hasta que los aqueos rindan homenaje a mi hijo y acrecienten su fama.

(Homero: La Ilíada. Canto Primero)

El mundo de la mitología griega asombra cuando nos remontamos a la idea del «acto de fe» inmerso en ese bagaje amplísimo de historias cruentas y humanas que envolvían al panteón heleno. Nos asombra la idea de que se materializasen los sentimientos más viles y las habiliades más excelsas en unos seres inmortales que finalmente no eran ni buenos, ni malos en su totalidad… simplemente eran. Y eran tanto! que movían los destinos humanos a su parecer, y las súplicas tanto de aqueos como troyanos, en medio de la guerra, se alzaban no en nombre de la justicia sino en búsqueda de apelar a la misericordia de los dioses y de complacer sus «pareceres» para serles «agradables».

Pareciera lejano que los «dioses» gobiernen nuestro destino, que lo determinen. Hoy quizás, y más aún luego del «Dios ha muerto» de Nietzsche, pensamos que nuestro destino trata más del «acto de justicia» que del acto de fe. No obstante, vemos cómo se alzan nuevos «becerros de oro» -o de barro- en torno al funcionamiento de la vida social, vida que, como toda, es dinámica y codependiente.

Keohane ya nos hablaba de la «interdependencia compleja» un sistema donde la vida social debe comprenderse en el entramado de redes que se yuxtaponen y donde los juegos de poder son proporcionales al papel que cada individuo cumple en cada red, comprendiendo además que cada individuo está inmerso en una inmesidad de redes, tenemos que los juegos de poder terminan por hacerse mucho más complicados de lo que se comprendía hace cien años.

Ahora bien, en medio del posicionamiento de los «nuevos becerros» coronados por el dinero, estatus social, puestos dentro de las jerarquías de poder en nuestros circulos cercanos, o en las pirámides gubernamentales tenemos una sociedad, en Venezuela al menos, donde pareciese que Ralws no ha tenido la delicadeza de hacerse comprender en el paso de la «Teoría de la autoridad» a la «teoría de la justicia». Y señalo esto, en tanto que los Zeus viscerales apuntan con su cetro a cuanto prometeo moderno se le acerque mencionando la frase «lo justo» y sólo se abstiene como la súplica antigua «si se es de utilidad».

Sucesos insólitos como el intento de reforma educativa, la amenaza de una guerra con Estados Unidos o el caso del maletín, que parece ser un container ahora; son de las razones que nos llevan a pensar dónde quedó la justicia en el país. O quizás qué es lo que pasa en esta sociedad tan displicente con «el deber ser». Porque somos una sociedad que hace apenas 9 años pactó una nueva Constitución y propuso un modelo democrático de estado social de derecho y de justicia que hoy queda como las ruinas de Atenas. Un recuerdo fastuoso de unas estrucuras policromadas, magistralmente edificadas comprendiendo las leyes suprasensibles que gobiernan a la naturaleza y de las cuales, solo tenemos unos vestigios que visitan los turistas con placer pero con absulutamente nada de dolor por lo perdido.

El llamado que se hace es a una reflexión: ¿En Venezuela estamos siendo partícipes de esa suerte de alzheimer colectivo frente al constitucionalismo democrático o es que nunca en realidad comprendimos que el modelo democrático y lo que subyece en el principio de legalidad?

Somos tan egoistas que trasgrediendo las normas más básicas de convivencia; como respetar las señales de tránsito, no sobornar a funcionario alguno para la obtención de licencias, realizar nuestros trabajos académicos sin pagar o no realizar un plagio, devolver a la cajera el vuelto de más cuando ella comete un error humano… terminan por contribuir activamente a este desastre corrupto que llaman reivindicación social. Perdemos la moral, perdemos la conciencia y nos transformamos en la ecclecsia perfecta para el paganismo indolente que termina por condenar a un Sócrates por llamar a los jóvenes a «conocer» y premiamos a los mercaderes del saber… a los sofistas modernos.

El llamado a recobrar la Justicia de los hombres y a darle la espalda a los ídolos de barro que a través de los juegos de poder nos recuerdan un fatum incierto alejado de la areté ganada con el peso de la historia, dos guerras mundiales y la mentada evolución de la civilización occidental con el advenimiento del sistema internacional de justicia y el posicionamiento imperante de las democracias en el siglo XX.

Belleza, Bien y Felicidad en Grecia


La presencia del alma en una historia de amor es,

en efecto, un eco platónico, y lo mismo debo decir

de la búsqueda de la inmortalidad,

conseguida por Psique al unirse con una divinidad.

Octavio Paz en La Llama Doble







“Después de varias horas de reflexionar en soledad sobre La Unidad, Pitágoras se levantó tembloroso y se retiró a la oración”. La impresión del relato del profesor Casanova rápidamente trajo la imagen del profesor Sánchez Lecuna hablando sobre el Absoluto en el pensamiento Griego, la similitud era evidente, el sentimiento de Pitágoras se hace extensivo cuando uno logra acercarse al ideal griego. Porque así como para “hacer filosofía” existe la necesidad de poseer una “capacidad de impresión”, del maravillarse, el asombrarse ante lo desconocido y ante el contacto, la relación directa que el filósofo logra tener con lo que, como dice el Profesor Sánchez Lecuna, es el Misterio; así se experimenta el acercamiento al Absoluto del pensamiento griego; Belleza, Placer, Felicidad, Amor, Virtud, Justicia, lo Bueno son conceptos que se interrelacionan, que se funden, que se hallan en cada polo –infinitos polos- del alma humana, del alma surgida como necesidad de trascendencia, del alma que es evocada en el lienzo cuando el artista –o el escritor en el papel- “vive en la cura” como dice Hanni Ossott[1]. Porque el arte está plagado –maravillosamente- de los extremos, de los límites –y los puntos medios- del alma humana, el artista debe “mantener una tensión lírica con la alta presión de los contenidos líricos desbordados del alma (…) la libertad consiste en conocer nuestros excesos” (Ossott, p. 35). Porque el alma humana, como diría Platón, es parte del Alma Universal, y en ese mundo inmanente, en ese mundo de las ideas, se halla el todo que, podría decirse, abarca los puntos más sublimes de la existencia, ese mundo, como la belleza es para Ernst Cassirer[2],(1963, p. 214) “constituye una unidad en la multiplicidad”. Así creo que es el pensamiento griego en general, una Unidad que implica a la diversidad, porque en el Absoluto, el Ideal Griego contempla una visión interrelacionada de conceptos: Areté, Khalos, y Agathos los cuales están íntima y necesariamente relacionados con la Ananké (La Felicidad) que es una necesidad espiritual inherente al hombre; así mismo entran a colación conceptos como Sofrosyne (autodominio), la Templanza, la Paideia (Educación intelectual), el Hédone (placer parcial) y la Eudamonía (Placer Total). Para los Griegos, quienes poseían una visión antropocentrista del universo, el ser humano, en su sentido más abstracto, es una especie de sistema, donde convergen sensibilidades y ultrasensibilidades, últimas que, bajo la óptica espiritual preponderante en Grecia, se hicieron aprehensibles por la capacidad de abstracción y una inteligencia trascendente de los Griegos, quienes lograron, como afirma Arellano (s/f), comprender las leyes ultrasensibles que gobiernan a la naturaleza, al hombre, así como las relaciones entre las leyes, entre lo particular y su proyección sobre lo universal. Los Griegos se dieron cuenta de la simetría (“proporción de la parte con el todo y del todo con la parte”), cuyo significado responde a lo estético, “al encuentro con la Belleza”, en una búsqueda de lo trascendente, del alma, de la esencia, en una búsqueda de “sentirse vivo” (Sánchez, s/f, p. 7), de ser preso por ese rapto del que habla Joseph Cambell (citado por Sánchez Lecuna). De allí que los Griegos fueran los primeros artistas de Occidente –los que dejaron una influencia determinante en literatura y arte- porque hicieron hieropoiesis, creación de lo sagrado. Lograron entrar en contacto con la verdad, con el regalo sublime de los dioses para reconocer, en este mundo, las verdades olvidadas, en un esfuerzo, en una búsqueda que legitima la vida humana, que, al entrar en contacto con lo numinoso de los símbolos logra en encuentro de “sentido a la existencia”, siendo entonces el artista, como afirma el Profesor Sánchez Lecuna[3] (s/f, p. 6), la memoria del mundo trascendente.

Es interesante, en cuanto a ese mundo trascendente y a esas verdades olvidadas, la visión del Eros en Grecia, “El amor es el deseante que pide, el deseado que da” dice Octavio Paz, p. 43, y en ese deseo, en esa búsqueda que escapa a lo tangible. Eros, como narra Pierre Grimal, p. 171, “asegura no sólo la continuidad de las especies, sino también la cohesión interna del cosmos” una cohesión encontrada por el hombre cuando busca sentirse vivo, cuando busca justificar su existencia, “Eros no es un dios omnipotente, es una fuerza que permanece inquieta e insatisfecha”- cuenta Grimal sobre la visón platónica- Así mismo el artista, el arte mismo que se halla en un constante cambio, movimiento, porque el arte, como el hombre, como dice Cassirer, E. p. 221, necesita salir de la realidad inmediata de las cosas y vivir un mundo de puras formas sensibles que trascienden a lo sensible, que son , en la belleza, “la teofanía suprema, la revelación divina”, como dice Corbin citado por el Prof. Sánchez, añadiendo que la belleza es la revelación del alma, es la revelación de la esencia del alma, es una necesidad epistemológica, porque necesitamos conocernos, sentirnos, vivirnos, y es una necesidad ontológica porque es necesidad del alma, del hombre contemplar, ver, sentir lo que es bello, lo que es bueno, lo que es justo, lo que es virtuoso, lo que es trascendente, el ser humano en la belleza, logra personificar, animar e infundir vida al mundo, como dice Hillman; logra ésta, como dice Platón en el Fedón, ser el camino de lo sensible que lleva al artista hacia el espíritu. Y es en esta conciencia de espíritu, en esa búsqueda de la Verdad, latente aún hoy, donde los griegos encontraron los ideales inherentes al alma humana, allí Platón y Aristóteles lograron encaminar una búsqueda filosófica sobre la Felicidad del hombre, para el primero, como para su maestro Sócrates, en el conocimiento correcto que trae consigo el bien –la virtud liada a la justicia- y a la belleza (conceptos ligados al amor) Lo bueno es bello. Lo propio del amor es engendrar belleza y de esta forma cosas buenas” –dice en el Banquete-; y para Aristóteles es una ascesis que va desde los sentidos –la percepción sensible del mundo-, luego pasa por el intelecto –en la Paideia enseñada-, posteriormente en la contemplación del Arte para luego lograr el conocimiento, la aprehensión real del mundo – La gnosis-, y por último –y final- lograr la Felicidad, lograr ser el “hombre feliz” que entiende la ésta como Virtud y Sabiduría. Así pues, tanto la filosofía platónica como la socrática coinciden en afirmar que el potencial humano más alto es el conocimiento, y que el resto de las capacidades humanas se derivan de esta capacidad central, y de allí que Aristóteles concluya que si areté es conocimiento y estudio, entonces el conocimiento humano más alto es el que se da sobre sí mismo. Una persona virtuosa es realmente feliz, y los individuos siempre desean su propia felicidad.

Paz (p, 45-46) escribe:

La belleza, la verdad y el bien son tres y son uno. Son caras o aspectos de la misma realidad, la única realidad realmente real (…) el amor es el camino, el ascenso, hacia esa hermosura: va del amor a un cuerpo solo (…) al de todas las formas hermosas y de ellas a las acciones virtuosas; de las acciones a las Ideas y de las ideas a la absoluta hermosura. La vida del amante de esta clase de hermosura es la más alta que puede vivirse en ella . Y éste es el camino de la inmortalidad (…)

Creo que describe maravillosamente la relación estrecha entre belleza, amor, la verdad y el bien, y creo que es algo latente en la necesidad fundamental del hombre contemporáneo, el hombre que se ha olvidado de su esencia, el que desdeña “lo invisible a los ojos” –como dice Antoine de Saint Exúpery en el Principito- el hombre actual se ha olvidado de lo que va más allá de lo sensible, pero que se “muestra”, se “devela” en la creación del arte y la literatura, así mismo la filosofía cuando indaga en lo que atañe al humanismo del ser humano, en la búsqueda de lo espiritual.

El hombre actual, como reflexionábamos en clase con el Prof. Sánchez Lecuna, atiborrado de materialismo, de tecnología, ha ido desplazando -como si se pudiera- lo “metafísico” (en el sentido más estricto) por lo netamente material, corruptible, perecedero; creo que la crisis del mundo actual está en ese olvido de la verdad, de la trascendencia, del alma que poseemos, en la “justificación” del caos cotidiano y permanente de la humanidad mediante el concepto de “utopía”; creo que nos olvidamos de la Felicidad, de la Virtud, del Amor, de la Paideia, de “ser” hombre y mujeres felices y, aludiendo a Aristóteles, nos hemos convertido en hombre y mujeres que buscamos “portarnos bien”, porque asimismo que la felicidad está en la abundancia de bienes externos y en la prudencia, siendo así una “felicidad” meramente material. Es entonces, en el ahora, que el hombre, cuya meta es la felicidad, se engaña en su búsqueda; Roberto Juarroz, en su libro Poesía Vertical, dice que “Buscar una cosa es siempre encontrar otra. Así, para hallar algo, hay que buscar lo que no es” quizá esta etapa de búsqueda de la Felicidad en lo material logre, en la esterilidad de resultados, encaminarnos en el encuentro de “sentido de la vida”, en el sentido auténtico que se halla en nuestras almas, en nuestra esencia, en el conocimiento auténtico amparado por una búsqueda interior que la integración con nuestra esencia, en el silencio que nos permite estar con uno mismo, que nos conduce a la reflexión, al encuentro del “yo”, logremos pasar del hédone a la eudaimonía y de ésta, en la Virtud, a la ananké.

El eco de Grecia está presente, quizá algo adormecido por el paso del tiempo y las convulsiones tecnológicas de un siglo “contra corriente por excelencia” como el siglo XX, pero está… en esencia somos los mismos porque nuestros deseos y nuestras carencias no han cambiado, el alma sigue siendo una necesidad, la belleza una realidad, la trascendencia una búsqueda y la Felicidad una meta.

Por último creo pertinente aclarar que es poca la reflexión que pueda hacer sobre un tema tan vasto como lo es el de Grecia y los conceptos que implica el pensamiento antiguo sobre Felicidad, alma, y belleza; porque es un entendimiento que hemos –Occidente- tardado años en descifrar, artistas siguen siendo memoria de los olvidado, y el arte sigue siendo muestra de la belleza; así pues, no se puede decir todo aquí, y no sé todo para decirlo. Simplemente vuelvo a experimentar el sentimiento de la narración sobre Pitágoras y la Unidad: me asombro y tiemblo ante los ideales griegos, ante los hallazgos, ante el acercamiento que los autores mencionados han logrado. Sed de lo esencial es lo que puedo sentir ante el tema, ante el encuentro, ante el “rapto de sentirse vivo, ante la experiencia estética, ante el restablecimiento de nosotros y el Misterio” como maravillosamente dice el Prof. Sánchez Lecuna.

“En todas las cosas la medida y la proporción constituyen la belleza como virtud”

Platón, Filebo, 64d.


LISTA DE REFERENCIAS

Arellano, F. (s/f) Apuntes de Historia del Arte. Caracas: Guías de la

Universidad Católica Andrés Bello.

Cassirer, E. (1963) Antropología Filosófica. (Trad. Ímaz, E.) México: Fondo

de Cultura Económica. (Original en inglés, 1944)

Grimal, P. (1981) Diccionario de Mitología Griega y Romana. (Trad.

Payarols, F.) Barcelona: Paidós. (Original en francés, 1951)

Jaeger, W. (1997) Paideia, (Trad. Xirau, J. y Roces, W.) Colombia: Fondo

de Cultura Económica (Original en alemán, 1933)

Ossot, H. (2002) Cómo leer la poesía. Caracas: Comala.com

Paz, O. (1997) La llama doble. Amor y erotismo, Barcelona: Galaxia

Gutenberg

Sánchez, J. (s/f) Grecia (s/e)


[1] En su ensayo De la cura en el arte.

[2] En el capítulo IX. El Arte.

[3] Sánchez, J. (s/f) Grecia. Caracas: (s/e)

Belleza, Bien y Felicidad en Grecia


La presencia del alma en una historia de amor es,

en efecto, un eco platónico, y lo mismo debo decir

de la búsqueda de la inmortalidad,

conseguida por Psique al unirse con una divinidad.

Octavio Paz en La Llama Doble







“Después de varias horas de reflexionar en soledad sobre La Unidad, Pitágoras se levantó tembloroso y se retiró a la oración”. La impresión del relato del profesor Casanova rápidamente trajo la imagen del profesor Sánchez Lecuna hablando sobre el Absoluto en el pensamiento Griego, la similitud era evidente, el sentimiento de Pitágoras se hace extensivo cuando uno logra acercarse al ideal griego. Porque así como para “hacer filosofía” existe la necesidad de poseer una “capacidad de impresión”, del maravillarse, el asombrarse ante lo desconocido y ante el contacto, la relación directa que el filósofo logra tener con lo que, como dice el Profesor Sánchez Lecuna, es el Misterio; así se experimenta el acercamiento al Absoluto del pensamiento griego; Belleza, Placer, Felicidad, Amor, Virtud, Justicia, lo Bueno son conceptos que se interrelacionan, que se funden, que se hallan en cada polo –infinitos polos- del alma humana, del alma surgida como necesidad de trascendencia, del alma que es evocada en el lienzo cuando el artista –o el escritor en el papel- “vive en la cura” como dice Hanni Ossott[1]. Porque el arte está plagado –maravillosamente- de los extremos, de los límites –y los puntos medios- del alma humana, el artista debe “mantener una tensión lírica con la alta presión de los contenidos líricos desbordados del alma (…) la libertad consiste en conocer nuestros excesos” (Ossott, p. 35). Porque el alma humana, como diría Platón, es parte del Alma Universal, y en ese mundo inmanente, en ese mundo de las ideas, se halla el todo que, podría decirse, abarca los puntos más sublimes de la existencia, ese mundo, como la belleza es para Ernst Cassirer[2],(1963, p. 214) “constituye una unidad en la multiplicidad”. Así creo que es el pensamiento griego en general, una Unidad que implica a la diversidad, porque en el Absoluto, el Ideal Griego contempla una visión interrelacionada de conceptos: Areté, Khalos, y Agathos los cuales están íntima y necesariamente relacionados con la Ananké (La Felicidad) que es una necesidad espiritual inherente al hombre; así mismo entran a colación conceptos como Sofrosyne (autodominio), la Templanza, la Paideia (Educación intelectual), el Hédone (placer parcial) y la Eudamonía (Placer Total). Para los Griegos, quienes poseían una visión antropocentrista del universo, el ser humano, en su sentido más abstracto, es una especie de sistema, donde convergen sensibilidades y ultrasensibilidades, últimas que, bajo la óptica espiritual preponderante en Grecia, se hicieron aprehensibles por la capacidad de abstracción y una inteligencia trascendente de los Griegos, quienes lograron, como afirma Arellano (s/f), comprender las leyes ultrasensibles que gobiernan a la naturaleza, al hombre, así como las relaciones entre las leyes, entre lo particular y su proyección sobre lo universal. Los Griegos se dieron cuenta de la simetría (“proporción de la parte con el todo y del todo con la parte”), cuyo significado responde a lo estético, “al encuentro con la Belleza”, en una búsqueda de lo trascendente, del alma, de la esencia, en una búsqueda de “sentirse vivo” (Sánchez, s/f, p. 7), de ser preso por ese rapto del que habla Joseph Cambell (citado por Sánchez Lecuna). De allí que los Griegos fueran los primeros artistas de Occidente –los que dejaron una influencia determinante en literatura y arte- porque hicieron hieropoiesis, creación de lo sagrado. Lograron entrar en contacto con la verdad, con el regalo sublime de los dioses para reconocer, en este mundo, las verdades olvidadas, en un esfuerzo, en una búsqueda que legitima la vida humana, que, al entrar en contacto con lo numinoso de los símbolos logra en encuentro de “sentido a la existencia”, siendo entonces el artista, como afirma el Profesor Sánchez Lecuna[3] (s/f, p. 6), la memoria del mundo trascendente.

Es interesante, en cuanto a ese mundo trascendente y a esas verdades olvidadas, la visión del Eros en Grecia, “El amor es el deseante que pide, el deseado que da” dice Octavio Paz, p. 43, y en ese deseo, en esa búsqueda que escapa a lo tangible. Eros, como narra Pierre Grimal, p. 171, “asegura no sólo la continuidad de las especies, sino también la cohesión interna del cosmos” una cohesión encontrada por el hombre cuando busca sentirse vivo, cuando busca justificar su existencia, “Eros no es un dios omnipotente, es una fuerza que permanece inquieta e insatisfecha”- cuenta Grimal sobre la visón platónica- Así mismo el artista, el arte mismo que se halla en un constante cambio, movimiento, porque el arte, como el hombre, como dice Cassirer, E. p. 221, necesita salir de la realidad inmediata de las cosas y vivir un mundo de puras formas sensibles que trascienden a lo sensible, que son , en la belleza, “la teofanía suprema, la revelación divina”, como dice Corbin citado por el Prof. Sánchez, añadiendo que la belleza es la revelación del alma, es la revelación de la esencia del alma, es una necesidad epistemológica, porque necesitamos conocernos, sentirnos, vivirnos, y es una necesidad ontológica porque es necesidad del alma, del hombre contemplar, ver, sentir lo que es bello, lo que es bueno, lo que es justo, lo que es virtuoso, lo que es trascendente, el ser humano en la belleza, logra personificar, animar e infundir vida al mundo, como dice Hillman; logra ésta, como dice Platón en el Fedón, ser el camino de lo sensible que lleva al artista hacia el espíritu. Y es en esta conciencia de espíritu, en esa búsqueda de la Verdad, latente aún hoy, donde los griegos encontraron los ideales inherentes al alma humana, allí Platón y Aristóteles lograron encaminar una búsqueda filosófica sobre la Felicidad del hombre, para el primero, como para su maestro Sócrates, en el conocimiento correcto que trae consigo el bien –la virtud liada a la justicia- y a la belleza (conceptos ligados al amor) Lo bueno es bello. Lo propio del amor es engendrar belleza y de esta forma cosas buenas” –dice en el Banquete-; y para Aristóteles es una ascesis que va desde los sentidos –la percepción sensible del mundo-, luego pasa por el intelecto –en la Paideia enseñada-, posteriormente en la contemplación del Arte para luego lograr el conocimiento, la aprehensión real del mundo – La gnosis-, y por último –y final- lograr la Felicidad, lograr ser el “hombre feliz” que entiende la ésta como Virtud y Sabiduría. Así pues, tanto la filosofía platónica como la socrática coinciden en afirmar que el potencial humano más alto es el conocimiento, y que el resto de las capacidades humanas se derivan de esta capacidad central, y de allí que Aristóteles concluya que si areté es conocimiento y estudio, entonces el conocimiento humano más alto es el que se da sobre sí mismo. Una persona virtuosa es realmente feliz, y los individuos siempre desean su propia felicidad.

Paz (p, 45-46) escribe:

La belleza, la verdad y el bien son tres y son uno. Son caras o aspectos de la misma realidad, la única realidad realmente real (…) el amor es el camino, el ascenso, hacia esa hermosura: va del amor a un cuerpo solo (…) al de todas las formas hermosas y de ellas a las acciones virtuosas; de las acciones a las Ideas y de las ideas a la absoluta hermosura. La vida del amante de esta clase de hermosura es la más alta que puede vivirse en ella . Y éste es el camino de la inmortalidad (…)

Creo que describe maravillosamente la relación estrecha entre belleza, amor, la verdad y el bien, y creo que es algo latente en la necesidad fundamental del hombre contemporáneo, el hombre que se ha olvidado de su esencia, el que desdeña “lo invisible a los ojos” –como dice Antoine de Saint Exúpery en el Principito- el hombre actual se ha olvidado de lo que va más allá de lo sensible, pero que se “muestra”, se “devela” en la creación del arte y la literatura, así mismo la filosofía cuando indaga en lo que atañe al humanismo del ser humano, en la búsqueda de lo espiritual.

El hombre actual, como reflexionábamos en clase con el Prof. Sánchez Lecuna, atiborrado de materialismo, de tecnología, ha ido desplazando -como si se pudiera- lo “metafísico” (en el sentido más estricto) por lo netamente material, corruptible, perecedero; creo que la crisis del mundo actual está en ese olvido de la verdad, de la trascendencia, del alma que poseemos, en la “justificación” del caos cotidiano y permanente de la humanidad mediante el concepto de “utopía”; creo que nos olvidamos de la Felicidad, de la Virtud, del Amor, de la Paideia, de “ser” hombre y mujeres felices y, aludiendo a Aristóteles, nos hemos convertido en hombre y mujeres que buscamos “portarnos bien”, porque asimismo que la felicidad está en la abundancia de bienes externos y en la prudencia, siendo así una “felicidad” meramente material. Es entonces, en el ahora, que el hombre, cuya meta es la felicidad, se engaña en su búsqueda; Roberto Juarroz, en su libro Poesía Vertical, dice que “Buscar una cosa es siempre encontrar otra. Así, para hallar algo, hay que buscar lo que no es” quizá esta etapa de búsqueda de la Felicidad en lo material logre, en la esterilidad de resultados, encaminarnos en el encuentro de “sentido de la vida”, en el sentido auténtico que se halla en nuestras almas, en nuestra esencia, en el conocimiento auténtico amparado por una búsqueda interior que la integración con nuestra esencia, en el silencio que nos permite estar con uno mismo, que nos conduce a la reflexión, al encuentro del “yo”, logremos pasar del hédone a la eudaimonía y de ésta, en la Virtud, a la ananké.

El eco de Grecia está presente, quizá algo adormecido por el paso del tiempo y las convulsiones tecnológicas de un siglo “contra corriente por excelencia” como el siglo XX, pero está… en esencia somos los mismos porque nuestros deseos y nuestras carencias no han cambiado, el alma sigue siendo una necesidad, la belleza una realidad, la trascendencia una búsqueda y la Felicidad una meta.

Por último creo pertinente aclarar que es poca la reflexión que pueda hacer sobre un tema tan vasto como lo es el de Grecia y los conceptos que implica el pensamiento antiguo sobre Felicidad, alma, y belleza; porque es un entendimiento que hemos –Occidente- tardado años en descifrar, artistas siguen siendo memoria de los olvidado, y el arte sigue siendo muestra de la belleza; así pues, no se puede decir todo aquí, y no sé todo para decirlo. Simplemente vuelvo a experimentar el sentimiento de la narración sobre Pitágoras y la Unidad: me asombro y tiemblo ante los ideales griegos, ante los hallazgos, ante el acercamiento que los autores mencionados han logrado. Sed de lo esencial es lo que puedo sentir ante el tema, ante el encuentro, ante el “rapto de sentirse vivo, ante la experiencia estética, ante el restablecimiento de nosotros y el Misterio” como maravillosamente dice el Prof. Sánchez Lecuna.

“En todas las cosas la medida y la proporción constituyen la belleza como virtud”

Platón, Filebo, 64d.


LISTA DE REFERENCIAS

Arellano, F. (s/f) Apuntes de Historia del Arte. Caracas: Guías de la

Universidad Católica Andrés Bello.

Cassirer, E. (1963) Antropología Filosófica. (Trad. Ímaz, E.) México: Fondo

de Cultura Económica. (Original en inglés, 1944)

Grimal, P. (1981) Diccionario de Mitología Griega y Romana. (Trad.

Payarols, F.) Barcelona: Paidós. (Original en francés, 1951)

Jaeger, W. (1997) Paideia, (Trad. Xirau, J. y Roces, W.) Colombia: Fondo

de Cultura Económica (Original en alemán, 1933)

Ossot, H. (2002) Cómo leer la poesía. Caracas: Comala.com

Paz, O. (1997) La llama doble. Amor y erotismo, Barcelona: Galaxia

Gutenberg

Sánchez, J. (s/f) Grecia (s/e)


[1] En su ensayo De la cura en el arte.

[2] En el capítulo IX. El Arte.

[3] Sánchez, J. (s/f) Grecia. Caracas: (s/e)

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