RETROFUTURISMO

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La paradoja del “momento”…

Por: Nancy H. Arellano S.
nancyarellano@gmail.com

Toparse con una revista estadounidense de los noventa llamada “RETROFUTURISM” y pasar de ahí a la semana de la moda de Milán de 2008: “Versace: bailarinas del retrofuturismo”. ¿Pero qué es esto de Retrofuturismo? Es algo que tiene más de veinte años autodefiniéndose y que intentaremos dilucidar a lo largo de este artículo.

Empecemos por lo más reciente: El portal de terra.es no vacila en catalogar de retrofuturista a la colección primavera- verano 2009 de Donatella Versace; la cual, según Terra, “navegaba entre un ballet del Lago de los Cisnes y 2001: Odisea en el espacio”. Una visión de lo clásico combinada con una proyección pasada del futuro. (¿Qué ahora es pasado?)

La curiosidad nos hace presa y salta la idea de un Tommaso Marinetti (padre del futurismo) que resucitado volviera a decirnos que “Un carro de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia”; y no sería sorpresa dado que, para 1909, aún el apogeo de las carreras de autos no era el que tenemos hoy día: Mercedes Benz ganó en 1914 su primer Grand Prix y Ferrari aún no había sido fundada.

El auge de la tecnología que a principios del siglo XX inspiró a Marinetti ha sobrepasado todas las fronteras imaginadas… Pero si el futurismo pregonaba ideas como: cantar al peligro, la audacia, la rebelión; exaltar la el movimiento agresivo, el insomnio febril, el salto mortal, el cachetazo y puñetazo… la belleza de la de la velocidad, de la lucha, del asalto violento contra las fuerzas desconocidas… La glorificación de la guerra “única higiene del mundo” ¿Qué es esto del Retrofuturismo? ¿Tiene algo que ver con el Futurismo de Marinetti?

Vamos en la búsqueda de qué nos querían decir con este neologismo. Finalmente y con algún trabajo –más allá de las cinco o seis líneas de Wikipedia-, con un concepto de este “retrofuturismo”:

“Sustantivo masculino. Tendencia a realizar creaciones artísticas basándose en obras que, en el pasado, sobre todo hasta mediados del siglo XX, tuvieron como referente el tiempo futuro. Del inglés retrofuturism (retro-futurism), término creado por el artista estadounidense Lloyd John Dunn hacia 1980.” Tomado de “El misterio de las Palabras” (en http://weblogs.clarin.com/revistaenie-elmisteriodelaspalabras/archives/2008/06/retrofuturismo.html)

Primera impresión: Tranquilidad. No hay relación con el futurismo en su lado más desalmado. Segunda impresión: Fantástico. Pareciera una suerte de retoma del concepto de Surrealismo planteado en 1924 por André Bretón; aquél que rezaba “Sustantivo, masculino, singular. Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, escrito o de cualquier modo el funcionamiento real del pensamiento” Tercera impresión (ya reflexión): Es una propuesta que trasciende los límites meramente estéticos pero también los prescriptivos: hay apertura conceptual en la medida en que se rompen las barreras de temporalidad.

¿Pero a qué se refiere este término casi contradictorio de lo retro y el futurismo?

¿Cuál es la propuesta y a qué obedece? Ciertamente el prefijo “retro” nos habla del pasado y el futurismo como movimiento era casi una apología a la modernidad: lo rápido, lo tecnológico, de avanzada –con otras “cosillas” que ya he enumerado. Habría que hablar entonces de “La retoma de la visión futurista del pasado” como el acercamiento más acertado a una breve definición.

¿Y quién es Lloyd John Dunn y por qué acuñó el término?

Lloyd Dunn es un artista estadounidense egresado la escuela de Lingüística de la Universidad de Iowa que luego cursaría estudios en Cine, Fotografía y Medios. Su singularidad como artista reside en que ha trabajado con diferentes medios incluyendo películas, videos, audio, impresos e internet. Se define a sí mismo como un devoto del “xerox art” (Arte Xerox) y no es coincidencia sino que desarrolló un extenso trabajo empleando como única herramienta una fotocopiadora.

Photoestatic Nº1. Nos dice el equipo editor: “es una publicación periódica (esperamos aparezca cada mes) devota al proceso xerográfico como esfuerzo creativo.”
Entre el arte de fotocopiadora, el “mail art”, el llamado arte generativo y los “zines” (abreviatura para magazine que es empleada cuando la publicación es no comercial y casi siempre autopublicada) Dunn contribuye a crear la revista “Photo Static” donde vemos una amplia muestra de su trabajo y de la estética “retrofuturista”. Ésta comenzó como una larga publicación con amplios contenidos visuales que incluiría luego ensayos y crítica; luego se añadirían compilaciones de audio cassettes, series de libros de artistas independientes, y algunas compilaciones de videos.

Tiempo trascurrido aparece la revista Retrofuturism, YAWN, The Bulletin of the Copyright Violation Squad, The Expatriot, PSRF, and currently y The Photostatic Magazine Retrograde Archive. Una composición de los “mass-media” al servicio del arte: el urinario de Duchamp (los Ready-Made) son ahora las “máquinas” y sus productos para Dunn. Música, impresos, video… en juego con ideas contra el orden y al servicio del orden en una propuesta “retro” que busca acercarnos a la visión que de “nosotros” (nuestro tiempo) había en el pasado.

Revista Photo Static fundada en 1983 por Dunn.
DE LA MÚSICA RETROFUTURISTA

Durante los mismos 80’s surge la idea de crear música usando la tecnología de grabado y un solo instrumento musical; la inspiración es lo que se conoce como “musique concrète” (habría que dedicar largo tiempo a explicar este género de origen francés) el flux y algunos “experimentos” de los Beatles y otras bandas de rock experimental –valga la redundancia- de los 60’s. Hoy día la banda sigue en pie y Dunn trabajando en PWP (Public Work Productions) una empresa que se dedica a la promoción artística de todo tipo de trabajos (impresos, videos y música) que calificaríamos –en retoma- de vanguardistas.

John Heck, Lloyd Dunn and Todd Kimm at the Mill in Iowa City (http://pwp.detritus.net/news/interviews/kimm-icon.html)

Retrofuturism : La Revista
“Retrofuturism” se convirtió en una revista: la actitud polémica de Dunn (a lo Warhol) que ya se había hecho patente en Photo Static vuelve a hacer escuchar (o leer porpiamente) con Retrofuturism.
Sólo contó con 17 publicaciones, no periódicas, entre 1988-1993 y si hablar de la revista es menester diríamos que estuvo enfocada en “la producción en serie” y las ideas de “cultura de franja” y “el arte de máquina”. Como por ejemplo el arte de la fotocopiadora, el uso del plagio como arte, las gráficas deformadas y las tendencias “no arte” como arte, las “redes de correspondencia, el arte de audio, y mucho más.

Portada del Disco Music with Sound de The Tape- Beatles.
A lo largo de veinte años Dunn ha empleado el término “retrofuturismo”, “retrofuturista”, “retrofuturístico” de diversas formas; al principio, según él mismo afirma, se trató de una suerte de broma que luego cobraría un sentido real. De hecho hubo incluso una publicidad (falsa al final) sobre la publicación de un “Manifiesto Retrofuturista: Lectura y Desayuno-almuerzo” el cual fue atribuido a los seudónimos «Mono de Hollín” (Smut Monkey) y “Warren Ong». Lo cierto es que la utilidad de la palabra para Dunn –y hoy para nosotros- es indiscutible; de hecho podemos calificar el trabajo y algunos dibujos de las publicaciones en las que Dunn se involucró como retrofuturistas; y ello, no es por complacencia. En sí, referimos al término como la retoma de las visiones que en el pasado se tuvo del futuro: hoy presente.

Si usted tiene el deseo, tiempo y disposición le invito a visitar la web:
http://psrf.detritus.net/issues.html donde encontrará todas las “zines” de Dunn y sus amigos en formato PDF para descargar. Es una experiencia completa y permite comprender la estética e idiosincrasia involucrada en esta retoma de elementos como una suerte de “collage temporal”.

Podemos concluir simplemente señalando que el RETROFUTURISMO trasciende la terminología académica o la prescripción de un movimiento estético o artístico.

Aparentemente Dunn quiso hablar sobre “el trabajo posible”, sobre el arte de la combinatoria de tiempos: pasado, presente y futuro conjugándose de forma tal que den algo completamente novedoso. ¿Es posible el Retrofuturismo? Creo que, si luego de más de 25 años de que Dunn acuñara el término, Donatella Versace incursiona en esta tendencia pues hay bastante tela que cortar: Hay senderos inexplorados, hay proyecciones del futuro que hoy son presente, elementos interesantes y significativos de ese pasado que, en el redescubrimiento, llevan al artista a progresar paradójicamente en la comprensión y expresión de la forma de futuro que vivimos como presente. ¿O qué creen hoy de Orwell o de Bradbury? O ¿Qué pensarían los personajes de 1984 y Farenheit 451?

Café Trágico

Café trágico
Por Nancy Arellano S.

Están en un café dos hombres, sentados en una pequeña mesa, el de la derecha fuma, el de la izquierda sostiene un cuadernito de notas y bebe un poco de café; el primero precisa:
− No hay posibilidad de hacer tragedia. ¡Lo digo y lo mantengo! Es más, ¿qué dijo Aristóteles? “la tragedia es la representación de una acción memorable y perfecta, de magnitud competente, recitando cada una de las partes por sí separadamente, y que no por modo de narración, sino moviendo a compasión y terror, dispone a la moderación de estas pasiones. Llamo estilo deleitoso al que se compone de número, consonancia y melodía”
− ¿Y?
− ¿Tú crees que hoy hay obras que hablen de acciones “esforzadas, perfectas, grandiosas? ¿tú crees que hay catarsis en quien observa el arte? La tragedia vive de la experiencia del que la ve. Si no hay “relación” y “sensación” no hay tragedia. Un público indiferente mata a la tragedia.
− Yo creo que sí la hay. Porque si no, no habría arte.
− Recuerda a Wilde, “la pura modernidad de la forma siempre es un tanto vulgarizadora” Estamos ante la pretensión de que el arte es útil, la gente quiere hablar de la realidad a través del arte, denunciar, contraponerse… y el arte no puede servirse de ello. La tragedia, por tanto, ha perdido valor, o nosotros hemos perdido el valor de la tragedia. No hay acciones memorables y perfectas en la vida moderna. No hay fatum porque Occidente nos ha dicho que tenemos el control del destino. Las leyes universales, los ideales supremos, no se alzan para hacerse sentir. El círculo no se cierra en la modernidad. No puede haber tragedia entonces. (lee) “El arte comienza con la decoración abstracta, con un trabajo puramente imaginativo y placentero que maneja lo irreal e inexistente(…) el arte toma a la vida como parte de su materia bruta, la recrea y la remodela en formas inéditas, es absolutamente indiferente a los hechos, inventa, imagina, sueña, y mantiene entre sí y la realidad la barrera impenetrable del estilo bello, del tratamiento decorativo o ideal” ¿Acaso no son Prometeo, Edipo, Medea, Zeus, Hefesto, Jerjes, Atenea personajes superiores? ¿Acaso no te atreverías a decir que son ellos modelos de virtudes? ¿Y que también son ellos modelos de defectos? Y es que “el objeto del arte no es la verdad, sino la belleza compleja”. Y eso, eso es lo que hemos perdido. La capacidad para mirar más allá de lo existente, de admirar absolutos. La fuerza que hay en el carácter propio que lleva al pozo de la destrucción y de la creación.
− ¿Y por qué crees que ha pasado eso?
− Por la tecnología, por el positivismo, por la racionalidad al servicio de la llamada “calidad de vida” y porque la “calidad de vida” se ha relacionado con la eficiencia, con la producción, con el dinero y el dinero, trae la necesidad de matar al tiempo en los medios y no en los fines. Porque el “otium humanístico” se ha perdido. Porque esta discusión que tú y yo sostenemos no es posible sino hoy, sábado, en la tarde. Porque no tenemos tiempo para la “poiesis”. Porque nadie celebra las creaciones y porque el arte-denuncia ya no habla del arte-moralizante. Y el arte-moralizante, ése que abarca a la tragedia, no puede tomar curso si está ante un público impasible, ante un mundo que no sabe sentir el arte, vivir el arte, amar y odiar el arte. La gente está en el teatro leyendo los correos en un Blackberry, recibiendo llamadas, comentando cosas, pensando en el carro, en la cola. Es más, se llega al final de la obra, y la gente corre para pagar el ticket primero porque no se dan el tiempo para sentirla, para dejar que los poros terminen de absorber lo que queda en el aire luego de la puesta en escena. ¿Cómo pueden hacer catarsis si no brindan el alma a la obra? El mundo moderno padece la ausencia del alma.
− Pero bien podríamos recuperarla.
− Quizás. Tal vez el arte pueda volver a alzarse. Quizás podamos comprender que esa multipolaridad es nuestra tragedia. Tal vez algo estremezca tanto al hombre que recupere la sensibilidad necesaria para ver más allá de lo presente, algo que lo devuelva a sí. Allí recuperaremos a la tragedia y al arte.

Café Trágico

Café trágico
Por Nancy Arellano S.

Están en un café dos hombres, sentados en una pequeña mesa, el de la derecha fuma, el de la izquierda sostiene un cuadernito de notas y bebe un poco de café; el primero precisa:
− No hay posibilidad de hacer tragedia. ¡Lo digo y lo mantengo! Es más, ¿qué dijo Aristóteles? “la tragedia es la representación de una acción memorable y perfecta, de magnitud competente, recitando cada una de las partes por sí separadamente, y que no por modo de narración, sino moviendo a compasión y terror, dispone a la moderación de estas pasiones. Llamo estilo deleitoso al que se compone de número, consonancia y melodía”
− ¿Y?
− ¿Tú crees que hoy hay obras que hablen de acciones “esforzadas, perfectas, grandiosas? ¿tú crees que hay catarsis en quien observa el arte? La tragedia vive de la experiencia del que la ve. Si no hay “relación” y “sensación” no hay tragedia. Un público indiferente mata a la tragedia.
− Yo creo que sí la hay. Porque si no, no habría arte.
− Recuerda a Wilde, “la pura modernidad de la forma siempre es un tanto vulgarizadora” Estamos ante la pretensión de que el arte es útil, la gente quiere hablar de la realidad a través del arte, denunciar, contraponerse… y el arte no puede servirse de ello. La tragedia, por tanto, ha perdido valor, o nosotros hemos perdido el valor de la tragedia. No hay acciones memorables y perfectas en la vida moderna. No hay fatum porque Occidente nos ha dicho que tenemos el control del destino. Las leyes universales, los ideales supremos, no se alzan para hacerse sentir. El círculo no se cierra en la modernidad. No puede haber tragedia entonces. (lee) “El arte comienza con la decoración abstracta, con un trabajo puramente imaginativo y placentero que maneja lo irreal e inexistente(…) el arte toma a la vida como parte de su materia bruta, la recrea y la remodela en formas inéditas, es absolutamente indiferente a los hechos, inventa, imagina, sueña, y mantiene entre sí y la realidad la barrera impenetrable del estilo bello, del tratamiento decorativo o ideal” ¿Acaso no son Prometeo, Edipo, Medea, Zeus, Hefesto, Jerjes, Atenea personajes superiores? ¿Acaso no te atreverías a decir que son ellos modelos de virtudes? ¿Y que también son ellos modelos de defectos? Y es que “el objeto del arte no es la verdad, sino la belleza compleja”. Y eso, eso es lo que hemos perdido. La capacidad para mirar más allá de lo existente, de admirar absolutos. La fuerza que hay en el carácter propio que lleva al pozo de la destrucción y de la creación.
− ¿Y por qué crees que ha pasado eso?
− Por la tecnología, por el positivismo, por la racionalidad al servicio de la llamada “calidad de vida” y porque la “calidad de vida” se ha relacionado con la eficiencia, con la producción, con el dinero y el dinero, trae la necesidad de matar al tiempo en los medios y no en los fines. Porque el “otium humanístico” se ha perdido. Porque esta discusión que tú y yo sostenemos no es posible sino hoy, sábado, en la tarde. Porque no tenemos tiempo para la “poiesis”. Porque nadie celebra las creaciones y porque el arte-denuncia ya no habla del arte-moralizante. Y el arte-moralizante, ése que abarca a la tragedia, no puede tomar curso si está ante un público impasible, ante un mundo que no sabe sentir el arte, vivir el arte, amar y odiar el arte. La gente está en el teatro leyendo los correos en un Blackberry, recibiendo llamadas, comentando cosas, pensando en el carro, en la cola. Es más, se llega al final de la obra, y la gente corre para pagar el ticket primero porque no se dan el tiempo para sentirla, para dejar que los poros terminen de absorber lo que queda en el aire luego de la puesta en escena. ¿Cómo pueden hacer catarsis si no brindan el alma a la obra? El mundo moderno padece la ausencia del alma.
− Pero bien podríamos recuperarla.
− Quizás. Tal vez el arte pueda volver a alzarse. Quizás podamos comprender que esa multipolaridad es nuestra tragedia. Tal vez algo estremezca tanto al hombre que recupere la sensibilidad necesaria para ver más allá de lo presente, algo que lo devuelva a sí. Allí recuperaremos a la tragedia y al arte.

Las formas cruentas de la voz

Caminaba de pronto sin más ritmo
que las turbias certezas de haber perdido,

No hay tiempo ya -dijiste-

Y no quise tantas veces escuchar tu voz.
no quise verte frente a frente y admitirlo.

Total para qué

pensar en doscientos besos adeudados

Para qué
pensar en este momento terrible
en que la garganta se rompe de silencio.
No hay más…

Porque la traición la hicimos las dos…

Tú madre
por las manos ensangentadas

Y yo por siempre decir te quiero…

Las formas cruentas de la voz

Caminaba de pronto sin más ritmo
que las turbias certezas de haber perdido,

No hay tiempo ya -dijiste-

Y no quise tantas veces escuchar tu voz.
no quise verte frente a frente y admitirlo.

Total para qué

pensar en doscientos besos adeudados

Para qué
pensar en este momento terrible
en que la garganta se rompe de silencio.
No hay más…

Porque la traición la hicimos las dos…

Tú madre
por las manos ensangentadas

Y yo por siempre decir te quiero…

Lector

Lector
Por Nancy H Arellano

He leído con frecuencia que las palabras
traicionan al pensamiento,
pero me parece que las palabras escritas
lo traicionan todavía más.

M. Yourcenar. Alexis.

No creía posible que un zapato fuese capaz de reflejar rostro alguno. Menos aún que pudiera reflejarlo nítidamente; con problemas, con tristezas, con ansias de correr… no, no lo creía posible. No, al menos, hasta esa noche. Si alguien me hubiese contado la anécdota la daría por ficción o borrachera, como todo lo que no atribuimos a la insensatez: mentira o vicio. Así, entonces, me vi en tu zapato derecho, en esos zapatos marrón oscuro, marrón tierra, marrón café, marrones… como el miedo. Yo sé que el miedo no es negro porque ése sería, para mí, el color del olvido. ¿La esperanza? Yo creo que es blanca Lorenzo; aunque, en torno a zapatos, el blanco no me da esperanza en realidad; me recuerda a los hospitales ¿sabes? Los hospitales o los manicomios, pero en definitiva serían la antesala del olvido. Insisto, si algún color refleja el miedo, es definitivamente el marrón. Miedo al arraigo, a pertenecer, a disfrutar… como la tierra o el café… que son para mí arraigo y placer. Esa noche vi un rostro hinchado y moqueante en tu zapato, me vi de verdad. Y hoy lo pienso y sé que fue así porque en realidad no estaba preparada para verme. Uno está casi igual cuando se para frente al espejo. La diferencia es ésa, uno se para frente al espejo… no es como que el espejo o la polvera van al encuentro del rostro. Tus zapatos me encontraron, esos zapatos-espejo de color miedo. Luego alzaría mi mirada hacia ti. Ya sabes la historia de mi estupidez y yo la tuya de caballero sin caballo. El déjà vu hizo de las suyas y usó unas merluzas podridas como excusa para nuestro inútil combate. La gente no entiende mi insistencia por verte los zapatos negros como la larga noche que nos define.
Yo entré en tu apartamento, la primera de más de trescientas veces. Digo trescientas porque, en dos años, uno visita a un vecino como tú más de trescientas veces. Conversamos plácidamente. Banalmente, como la mayoría de las conversaciones que no desnudan pero tampoco disfrazan. Sólo podan y dejan ver un poco de piel. Tú me contaste de tu trabajo. Yo del mío. Hablamos largo rato sobre arte -me di cuenta de que te gustaba porque había muchas revistas de pintura sobre la mesa del comedor-. Tú sacaste la botella de Cadus Malbec, y sentí que se escapaba una sonrisa de mis labios secos: estaba frente a una de esas raras coincidencias. “El vino argentino” me dije. Luego supe que era de esperarse cuando me contaste que tu familia era de allá. En todo caso, la coincidencia era que fuera mi favorito. Creo que nunca te agradecí que me dejaras pasar la noche en tu apartamento, quién iba a imaginar que dejar las llaves dentro del apartamento, cuando botaba las fulanas merluzas olvidadas, sería el gran conclave de mi vida.
Te ves tan tranquilo Lorenzo. Pareciera que la calma ha llegado como siempre pensaste que era absurdo que llegara. Luego de tres meses de tomar vino, hablar de todo y de nada; entramos en ese extraño momento en el que la gente empieza a compartir eso que llaman intimidad. No sé hasta qué punto dejar caer la ropa interior devele algo; pero sí puedo afirmar que, en ese momento, pude leer más allá de lo que vi en la tarjetita de presentación y en los diplomas que colgaban en la biblioteca. Admiré algo de las ramas que nuestras conversaciones podadas habían censurado.
Te miro de cerca, de arriba abajo. Quisiera acariciarte. ¿Se acarician las fotos? 20 de abril: la primera vez que estuvimos desnudos. Fue tan extraño. Parecía que tenías mucho tiempo sin hacer el amor. El sexo estaba a la merced del día, lo conseguías desde hace dos años y medio en el burdel de la Castellana -ese “detalle” me lo confesaste después-. Habías perdido la sensibilidad en el tacto. Como un joven de 15 años, estaba Lorenzo, allí, acariciando mi muslo como si fuera un espectro. Al momento no lo comprendí. Hicieron falta más de treinta noches con sus días para que me contaras de Dina: paciente/amante del Dr. D’Aloi.
¡Pobre Dina Lorenzo! Nunca lo dije, pero sentí una profunda tristeza con tu historia. Dina, a diferencia de mi padre, tomó el camino de tragarse la muerte. Mi padre la repujó en sus muñecas con la gubia. Tardé en contarte lo de mi padre porque la imagen aún latía en mis ojos. Sangre espesa envirutada y mis quince años multiplicados por treinta en sólo una mañana. Papá trabajaba hasta tarde y nadie pensó que la forma que trabajaba esa noche era la destrucción de nuestras vidas. No es muy sensual contarle a un amante/psicólogo que las pérdidas signan tu historia. Por eso entendí tu dolor. Mi padre, mi madre después… siempre pensé que a ella no la mató el cáncer, sino la locura de mi padre y su egoísta final. Igual y sólo mencioné el hecho, sólo las siluetas. La podadora siempre está a la orden del día.
Continuamente temí que vieras a Dina en mí. Y sé que lo hacías a menudo. Sobre todo cuando controlabas las ansias de saber más de mi pasado, o cuando, por el contrario, querías entenderme; hacerme amante/paciente en vez de a la inversa. Por lo menos el remordimiento ético no estaba presente. Ni el drama de la sombra; por lo menos, no tan evidente. No había expediente clínico, ni yo estaba casada. Me gustan esos zapatos Lorenzo. Me recuerdan a los comienzos. Aunque tú y yo sabemos que éstos son negros.
La noche en que abrí tu closet por primera vez observé que todos tus zapatos se parecían. Unos beige, marrón, negros, verde oliva… ¡ah! y aquéllos horrorosos vino y beige. Más los negros que traes puestos. Pensé que debías ponértelos hoy, son los más parecidos a los marrones de aquella primera noche; pero negros.
Ahora pienso que cuando discutimos la tarde de mi cumpleaños… confieso que estaba extremadamente sensible, no soporté que te parecieras a papá. El vino, el tabaco y las figurillas de madera. Eran preocupantes. Te vi de espaldas esculpiendo ese trozo de caoba y quería creer que ese hobbies era inofensivo. Pero la luz y el olor… el silencio. No soporté que juzgaras mi miedo a publicar; porque sí, yo vivo del arte pero tú sabes que el arte me ha matado. A lo Peri Rossi pero sin sexo.
El arte lo mató Lorenzo. Tú sabes que es así. El arte asesinó a mi padre. Se obsesionó siempre con cada talla. Luego comprendí un poco. Nació entonces la tortura de creer que hay que vivirlo todo para poder escribir; que el arte se alimenta de todas las turbaciones y conmociones del alma, de la podredumbre o del vómito… ¿te hablé del ensayo de Hanni? Sí, lo leí aquella noche que preparaste las crepes con maíz “quemado”. Bueno, así pienso. Hay algo de morbo natural en el artista, algo de fetidez en la búsqueda de las verdades del alma. No es que crea que somos (¿te sorprende que me incluya? Es irónico que lo haga ahora) no creas que somos unos voyeristas de las angustias, sino que la insondable esencia de lo humano traspasa lo puramente bello. Bueno, en realidad creo que lo puramente bello, lo bello en sí, siempre se constituye a partir de la frustración. “Lo bello no es más que el comienzo de lo terrible que admiramos tanto” dijo el gran Rilke.
¿Recuerdas la conversación sobre Platón? Es lo mismo Lorenzo. ¿Acaso no crees terrible que, en la escala, haya que pasar de un cuerpo a muchos… despreciando al primero y considerándolo poca cosa…. para amar algo incorpóreo, las leyes, la ciencia por encima de lo carnal? ¿No crees que termine por ser una ascesis espantosa? Desvincularnos del placer en nombre del placer “contemplativo”. ¿Por qué no puede haber complementación? ¿Por qué no es una cadena horizontal? Negar el cuerpo es casi anular nuestra existencia real. Tan absurdo como lo que decías de lo antinatural del celibato en los clérigos. “Y mira que luego en nombre de lo natural condenan la homosexualidad” me dijiste esa noche. Platón, como Odón de Cluny más tarde, piensan en el mal necesario que es el sexo. Y no creo que Platón u Odón olvidarán realmente al cuerpo, no creo que el cuerpo tenga que ser despreciado ni creo que ellos lo hayan hecho. Platón –o quizás las traducciones tengan la culpa- creo que planteaba el ojo del alma. ¿Pero qué ojo puede realmente tener el alma? ¿No será más bien que el mismo Platón creía con ello justificar que el amor es un derrotero que siempre cambia de camino? Las circunstancias, la cotidianidad, los bancos, las cuentas, el tráfico… todo influye al amor. Conocer es amar. Conocer es contemplar. ¿Pero cómo diablos si ni siquiera está claro qué es conocer? Diez acepciones arroja el DRAE. Van desde el sexo, pasando por la confesión de pecados, hasta las facultades intelectuales. Y Eros deambula lentamente, en línea recta, con los brazos cruzados por detrás de la cintura; está cabizbajo… se sienta a encender un cigarrillo y comprender que sangra no por deidad herida sino divinidad humana. Recuerdo una frase que me regalaste de Jung; decía algo como que la psiconeurosis es un padecimiento del alma que no ha encontrado su sentido, que es la esterilidad del alma. Yo creo que hay neurosis en el arte. Y creo que la neurosis es la búsqueda de sentido no del alma individual sino de la colectiva. Uno pretende ser mediador entre lo intrascendente de este mundo y lo que va más allá. La neurosis del artista es la neurosis de la calle, del café, de la academia… del tiempo en el que vive. Sí, he vivido en la neurosis. Y sí, el amor puede salvarnos. Aún lo creo, quizá porque ahora es cuando más lo necesito.
¡Ay Lorenzo! Y para lo que quedamos. Sé que me dirías que estoy siendo demasiado literaria, que no comprendo la sustancia del planteamiento platónico. Dirás que me frustra la idea de ser como Horacio Oliveira. La búsqueda metafísica, la búsqueda de la verdad con “V” mayúscula, me espanta. Y sí Lorenzo, me aterra que las casillas de la rayuela de la vida se me vayan agrandando con “un libro más” y no encuentro a la Maga. No hay pregunta pendiente, porque los puentes metafísicos se han derrumbado y no hay cuestionamiento: no se sostienen de un solo lado. Pero pese a ello, y con algo de vergüenza infantil, creo que siempre quise poder escribir un final feliz. El problema nunca creí en ellos. Me dolió que me juzgaras, y te diré por qué.
Contigo comenzó todo a ser diferente. Pensé que podía pasarme lo imposible. Te conocí, creí que lo hacía realmente. Sentí la paz de verme reflejada en tus ojos, de una forma parecida a aquella vez de los zapatos. Sentí que el amor era como un taburete de tres patas, equilibrado. Yo sería la izquierda, tú la derecha y las formas que dibujaban nuestros cuerpos al hacer el amor en las mañanas, eran la tercera. Los detalles ¿Recuerdas cómo iniciamos el centenar de apodos? Estábamos sentados en el pequeño café frente a tu oficina, yo tomaba un té de flores de Jamaica y tú un “negro corto”. De pronto te vi a los ojos y sentí una presión en el pecho, mezcla en realidad de burbujas y electricidad. Te vi con detenimiento: recorrí lentamente tu barbilla, las mejillas, me detuve en tu boca –hacías esa mueca graciosa antes de tomar el café, juntando los labios como pronunciando una “u”, lo chistoso en realidad era que lo hacías desde que ibas a agarrar el vasito… una antesala muy larga para un sorbo-. Cuando llegue a tus manos, no pude contener las ganas de poner la mía sobre la tuya y, extrañamente, sentir un sopor indescriptible colarse por mis poros: estaba en el lugar al que pertenecía. Pensé que al frase que acompañaría a ese momento era “Te amo” pero me parecía “manoseada”, decir te amo es como asirse a un pasamanos en el Metro o en un edificio público, despierta un poco de asco. Todos la dicen: hay franelas, tacitas, tarjetas… y si le preguntas a alguien ¿Qué es el amor? El silencio responde. Pensé en un “te adoro” pero siempre he pensado que en la adoración hay una combinación muy peligrosa: amar y temer. Sabía que te quería, que te estaba queriendo. Sabía que trascendía el querer, que lo que sentía por ti había llegado a entrar hasta debajo de las uñas. Entonces sólo salió una frase: “Lore, amor, siento el absoluto por ti”. Por supuesto te reíste y, aún con la muesca en el rostro, me dijiste: “Sólo sé que eres mi Casa de la Cascada”. La verdad no comprendí en el momento y no me importó. Hasta aquélla tarde en la que hablamos de Occidente y yo afirmé que el Partenón era la gran obra arquitectónica de nuestra civilización. Me miraste, sonreíste y dijiste: “no, la gran obra es La Casa de la Cascada de Lloyd Wright; porque ella hizo posible lo imposible”.
Yo creía en el absoluto, pero no permanentemente. Lo creía en las mañanas al verte dormido, lo dudaba en las noches cuando veía que despertabas y te quedabas mirándome. Intentando reconocer en mí algo o, mejor dicho, desconocerme para hallarla a ella. Ahora que lo pienso, Lorenzo, creo que querías desconocer tu culpa en mí. No podías salvarla Lorenzo. Yo también he pensado en que sentí sólo ganas de pagar mis culpas, de maquillarlas: con las atenciones por la mañana, con la resignación de que vieras en mí a Dina, con la paciencia que mi madre no tuvo con los demonios de papá. Yo quise, inútilmente, combatir tus demonios y con ello, exorcizar los míos.
Creo que nunca aceptaste que calzabas 41, sí esos zapatos también son 43. Tú siempre pensando que los demás no notarían la muesca que les haces con el dedo gordo. Esa muesca, como todas, devela que te quedan grandes. Pero siempre has calzado pulcramente. Apenas se ve la muesca.
Comencé a llorar en las noches porque te volviste impenetrable. Silente como las piedras. Comenzaste a hacerme todo tipo de preguntas y reviviste todo lo terrible de mi pasado. La caja de pandora había sido abierta. Creo que te preocupó de una forma sana al principio. Lorenzo-memoria. Luego, pasados los días y, habiendo visitado a tu psicólogo, regresaste a mí; no ya como Lorenzo, sino como el Dr. Lorenzo D’Aloi. Comenzaste a analizarme como tu paciente. Yo no quería serlo, yo quería un amante. Yo estaba tan cansada de dar tumbos a los 32 años, sola. Te abrumaste con la idea de que yo también eligiera a la muerte antes que a ti. Me enfureció verte hurgando en mi computador, intentando que él respondiera las preguntas que no te atrevías a hacerme. Entraste allí como un tuqueque en una sala polvorienta, rápidamente y en silencio. Buscando algo que ni tú sabías qué era.
Aquella mañana de abril me dijiste que yo necesitaba ayuda. Yo dije que no. Tú insististe. Yo repetí que ya de loqueros tenía bastante hasta en la cama. Exasperaste. Pensabas que yo era una bomba de tiempo. Hablé de mi padre, pero nunca dije exactamente lo que vi. Quizás fue lo peor que pude haber hecho. Estabas obsesionado. Atormentado. Y yo, como aquella mañana de mis quince, pensé que trabajabas en el estudio.
Anoche pensé en decirte que extrañaba que hiciéramos el amor, que deseaba sentirte nuevamente cerca. Ahora sólo tengo la sensación de déjà vu. ¿Por qué con las gubias Lorenzo? Creo que es mejor bajar bien las mangas de la camisa. El ciclo está cerrado.
− ¿Ya vio los zapatos Señora?
− Sí, puede cerrar la parte baja y, por favor, arréglele las mangas que no quiero que nadie detalle morbosamente al Doctor.

Lector

Lector
Por Nancy H Arellano

He leído con frecuencia que las palabras
traicionan al pensamiento,
pero me parece que las palabras escritas
lo traicionan todavía más.

M. Yourcenar. Alexis.

No creía posible que un zapato fuese capaz de reflejar rostro alguno. Menos aún que pudiera reflejarlo nítidamente; con problemas, con tristezas, con ansias de correr… no, no lo creía posible. No, al menos, hasta esa noche. Si alguien me hubiese contado la anécdota la daría por ficción o borrachera, como todo lo que no atribuimos a la insensatez: mentira o vicio. Así, entonces, me vi en tu zapato derecho, en esos zapatos marrón oscuro, marrón tierra, marrón café, marrones… como el miedo. Yo sé que el miedo no es negro porque ése sería, para mí, el color del olvido. ¿La esperanza? Yo creo que es blanca Lorenzo; aunque, en torno a zapatos, el blanco no me da esperanza en realidad; me recuerda a los hospitales ¿sabes? Los hospitales o los manicomios, pero en definitiva serían la antesala del olvido. Insisto, si algún color refleja el miedo, es definitivamente el marrón. Miedo al arraigo, a pertenecer, a disfrutar… como la tierra o el café… que son para mí arraigo y placer. Esa noche vi un rostro hinchado y moqueante en tu zapato, me vi de verdad. Y hoy lo pienso y sé que fue así porque en realidad no estaba preparada para verme. Uno está casi igual cuando se para frente al espejo. La diferencia es ésa, uno se para frente al espejo… no es como que el espejo o la polvera van al encuentro del rostro. Tus zapatos me encontraron, esos zapatos-espejo de color miedo. Luego alzaría mi mirada hacia ti. Ya sabes la historia de mi estupidez y yo la tuya de caballero sin caballo. El déjà vu hizo de las suyas y usó unas merluzas podridas como excusa para nuestro inútil combate. La gente no entiende mi insistencia por verte los zapatos negros como la larga noche que nos define.
Yo entré en tu apartamento, la primera de más de trescientas veces. Digo trescientas porque, en dos años, uno visita a un vecino como tú más de trescientas veces. Conversamos plácidamente. Banalmente, como la mayoría de las conversaciones que no desnudan pero tampoco disfrazan. Sólo podan y dejan ver un poco de piel. Tú me contaste de tu trabajo. Yo del mío. Hablamos largo rato sobre arte -me di cuenta de que te gustaba porque había muchas revistas de pintura sobre la mesa del comedor-. Tú sacaste la botella de Cadus Malbec, y sentí que se escapaba una sonrisa de mis labios secos: estaba frente a una de esas raras coincidencias. “El vino argentino” me dije. Luego supe que era de esperarse cuando me contaste que tu familia era de allá. En todo caso, la coincidencia era que fuera mi favorito. Creo que nunca te agradecí que me dejaras pasar la noche en tu apartamento, quién iba a imaginar que dejar las llaves dentro del apartamento, cuando botaba las fulanas merluzas olvidadas, sería el gran conclave de mi vida.
Te ves tan tranquilo Lorenzo. Pareciera que la calma ha llegado como siempre pensaste que era absurdo que llegara. Luego de tres meses de tomar vino, hablar de todo y de nada; entramos en ese extraño momento en el que la gente empieza a compartir eso que llaman intimidad. No sé hasta qué punto dejar caer la ropa interior devele algo; pero sí puedo afirmar que, en ese momento, pude leer más allá de lo que vi en la tarjetita de presentación y en los diplomas que colgaban en la biblioteca. Admiré algo de las ramas que nuestras conversaciones podadas habían censurado.
Te miro de cerca, de arriba abajo. Quisiera acariciarte. ¿Se acarician las fotos? 20 de abril: la primera vez que estuvimos desnudos. Fue tan extraño. Parecía que tenías mucho tiempo sin hacer el amor. El sexo estaba a la merced del día, lo conseguías desde hace dos años y medio en el burdel de la Castellana -ese “detalle” me lo confesaste después-. Habías perdido la sensibilidad en el tacto. Como un joven de 15 años, estaba Lorenzo, allí, acariciando mi muslo como si fuera un espectro. Al momento no lo comprendí. Hicieron falta más de treinta noches con sus días para que me contaras de Dina: paciente/amante del Dr. D’Aloi.
¡Pobre Dina Lorenzo! Nunca lo dije, pero sentí una profunda tristeza con tu historia. Dina, a diferencia de mi padre, tomó el camino de tragarse la muerte. Mi padre la repujó en sus muñecas con la gubia. Tardé en contarte lo de mi padre porque la imagen aún latía en mis ojos. Sangre espesa envirutada y mis quince años multiplicados por treinta en sólo una mañana. Papá trabajaba hasta tarde y nadie pensó que la forma que trabajaba esa noche era la destrucción de nuestras vidas. No es muy sensual contarle a un amante/psicólogo que las pérdidas signan tu historia. Por eso entendí tu dolor. Mi padre, mi madre después… siempre pensé que a ella no la mató el cáncer, sino la locura de mi padre y su egoísta final. Igual y sólo mencioné el hecho, sólo las siluetas. La podadora siempre está a la orden del día.
Continuamente temí que vieras a Dina en mí. Y sé que lo hacías a menudo. Sobre todo cuando controlabas las ansias de saber más de mi pasado, o cuando, por el contrario, querías entenderme; hacerme amante/paciente en vez de a la inversa. Por lo menos el remordimiento ético no estaba presente. Ni el drama de la sombra; por lo menos, no tan evidente. No había expediente clínico, ni yo estaba casada. Me gustan esos zapatos Lorenzo. Me recuerdan a los comienzos. Aunque tú y yo sabemos que éstos son negros.
La noche en que abrí tu closet por primera vez observé que todos tus zapatos se parecían. Unos beige, marrón, negros, verde oliva… ¡ah! y aquéllos horrorosos vino y beige. Más los negros que traes puestos. Pensé que debías ponértelos hoy, son los más parecidos a los marrones de aquella primera noche; pero negros.
Ahora pienso que cuando discutimos la tarde de mi cumpleaños… confieso que estaba extremadamente sensible, no soporté que te parecieras a papá. El vino, el tabaco y las figurillas de madera. Eran preocupantes. Te vi de espaldas esculpiendo ese trozo de caoba y quería creer que ese hobbies era inofensivo. Pero la luz y el olor… el silencio. No soporté que juzgaras mi miedo a publicar; porque sí, yo vivo del arte pero tú sabes que el arte me ha matado. A lo Peri Rossi pero sin sexo.
El arte lo mató Lorenzo. Tú sabes que es así. El arte asesinó a mi padre. Se obsesionó siempre con cada talla. Luego comprendí un poco. Nació entonces la tortura de creer que hay que vivirlo todo para poder escribir; que el arte se alimenta de todas las turbaciones y conmociones del alma, de la podredumbre o del vómito… ¿te hablé del ensayo de Hanni? Sí, lo leí aquella noche que preparaste las crepes con maíz “quemado”. Bueno, así pienso. Hay algo de morbo natural en el artista, algo de fetidez en la búsqueda de las verdades del alma. No es que crea que somos (¿te sorprende que me incluya? Es irónico que lo haga ahora) no creas que somos unos voyeristas de las angustias, sino que la insondable esencia de lo humano traspasa lo puramente bello. Bueno, en realidad creo que lo puramente bello, lo bello en sí, siempre se constituye a partir de la frustración. “Lo bello no es más que el comienzo de lo terrible que admiramos tanto” dijo el gran Rilke.
¿Recuerdas la conversación sobre Platón? Es lo mismo Lorenzo. ¿Acaso no crees terrible que, en la escala, haya que pasar de un cuerpo a muchos… despreciando al primero y considerándolo poca cosa…. para amar algo incorpóreo, las leyes, la ciencia por encima de lo carnal? ¿No crees que termine por ser una ascesis espantosa? Desvincularnos del placer en nombre del placer “contemplativo”. ¿Por qué no puede haber complementación? ¿Por qué no es una cadena horizontal? Negar el cuerpo es casi anular nuestra existencia real. Tan absurdo como lo que decías de lo antinatural del celibato en los clérigos. “Y mira que luego en nombre de lo natural condenan la homosexualidad” me dijiste esa noche. Platón, como Odón de Cluny más tarde, piensan en el mal necesario que es el sexo. Y no creo que Platón u Odón olvidarán realmente al cuerpo, no creo que el cuerpo tenga que ser despreciado ni creo que ellos lo hayan hecho. Platón –o quizás las traducciones tengan la culpa- creo que planteaba el ojo del alma. ¿Pero qué ojo puede realmente tener el alma? ¿No será más bien que el mismo Platón creía con ello justificar que el amor es un derrotero que siempre cambia de camino? Las circunstancias, la cotidianidad, los bancos, las cuentas, el tráfico… todo influye al amor. Conocer es amar. Conocer es contemplar. ¿Pero cómo diablos si ni siquiera está claro qué es conocer? Diez acepciones arroja el DRAE. Van desde el sexo, pasando por la confesión de pecados, hasta las facultades intelectuales. Y Eros deambula lentamente, en línea recta, con los brazos cruzados por detrás de la cintura; está cabizbajo… se sienta a encender un cigarrillo y comprender que sangra no por deidad herida sino divinidad humana. Recuerdo una frase que me regalaste de Jung; decía algo como que la psiconeurosis es un padecimiento del alma que no ha encontrado su sentido, que es la esterilidad del alma. Yo creo que hay neurosis en el arte. Y creo que la neurosis es la búsqueda de sentido no del alma individual sino de la colectiva. Uno pretende ser mediador entre lo intrascendente de este mundo y lo que va más allá. La neurosis del artista es la neurosis de la calle, del café, de la academia… del tiempo en el que vive. Sí, he vivido en la neurosis. Y sí, el amor puede salvarnos. Aún lo creo, quizá porque ahora es cuando más lo necesito.
¡Ay Lorenzo! Y para lo que quedamos. Sé que me dirías que estoy siendo demasiado literaria, que no comprendo la sustancia del planteamiento platónico. Dirás que me frustra la idea de ser como Horacio Oliveira. La búsqueda metafísica, la búsqueda de la verdad con “V” mayúscula, me espanta. Y sí Lorenzo, me aterra que las casillas de la rayuela de la vida se me vayan agrandando con “un libro más” y no encuentro a la Maga. No hay pregunta pendiente, porque los puentes metafísicos se han derrumbado y no hay cuestionamiento: no se sostienen de un solo lado. Pero pese a ello, y con algo de vergüenza infantil, creo que siempre quise poder escribir un final feliz. El problema nunca creí en ellos. Me dolió que me juzgaras, y te diré por qué.
Contigo comenzó todo a ser diferente. Pensé que podía pasarme lo imposible. Te conocí, creí que lo hacía realmente. Sentí la paz de verme reflejada en tus ojos, de una forma parecida a aquella vez de los zapatos. Sentí que el amor era como un taburete de tres patas, equilibrado. Yo sería la izquierda, tú la derecha y las formas que dibujaban nuestros cuerpos al hacer el amor en las mañanas, eran la tercera. Los detalles ¿Recuerdas cómo iniciamos el centenar de apodos? Estábamos sentados en el pequeño café frente a tu oficina, yo tomaba un té de flores de Jamaica y tú un “negro corto”. De pronto te vi a los ojos y sentí una presión en el pecho, mezcla en realidad de burbujas y electricidad. Te vi con detenimiento: recorrí lentamente tu barbilla, las mejillas, me detuve en tu boca –hacías esa mueca graciosa antes de tomar el café, juntando los labios como pronunciando una “u”, lo chistoso en realidad era que lo hacías desde que ibas a agarrar el vasito… una antesala muy larga para un sorbo-. Cuando llegue a tus manos, no pude contener las ganas de poner la mía sobre la tuya y, extrañamente, sentir un sopor indescriptible colarse por mis poros: estaba en el lugar al que pertenecía. Pensé que al frase que acompañaría a ese momento era “Te amo” pero me parecía “manoseada”, decir te amo es como asirse a un pasamanos en el Metro o en un edificio público, despierta un poco de asco. Todos la dicen: hay franelas, tacitas, tarjetas… y si le preguntas a alguien ¿Qué es el amor? El silencio responde. Pensé en un “te adoro” pero siempre he pensado que en la adoración hay una combinación muy peligrosa: amar y temer. Sabía que te quería, que te estaba queriendo. Sabía que trascendía el querer, que lo que sentía por ti había llegado a entrar hasta debajo de las uñas. Entonces sólo salió una frase: “Lore, amor, siento el absoluto por ti”. Por supuesto te reíste y, aún con la muesca en el rostro, me dijiste: “Sólo sé que eres mi Casa de la Cascada”. La verdad no comprendí en el momento y no me importó. Hasta aquélla tarde en la que hablamos de Occidente y yo afirmé que el Partenón era la gran obra arquitectónica de nuestra civilización. Me miraste, sonreíste y dijiste: “no, la gran obra es La Casa de la Cascada de Lloyd Wright; porque ella hizo posible lo imposible”.
Yo creía en el absoluto, pero no permanentemente. Lo creía en las mañanas al verte dormido, lo dudaba en las noches cuando veía que despertabas y te quedabas mirándome. Intentando reconocer en mí algo o, mejor dicho, desconocerme para hallarla a ella. Ahora que lo pienso, Lorenzo, creo que querías desconocer tu culpa en mí. No podías salvarla Lorenzo. Yo también he pensado en que sentí sólo ganas de pagar mis culpas, de maquillarlas: con las atenciones por la mañana, con la resignación de que vieras en mí a Dina, con la paciencia que mi madre no tuvo con los demonios de papá. Yo quise, inútilmente, combatir tus demonios y con ello, exorcizar los míos.
Creo que nunca aceptaste que calzabas 41, sí esos zapatos también son 43. Tú siempre pensando que los demás no notarían la muesca que les haces con el dedo gordo. Esa muesca, como todas, devela que te quedan grandes. Pero siempre has calzado pulcramente. Apenas se ve la muesca.
Comencé a llorar en las noches porque te volviste impenetrable. Silente como las piedras. Comenzaste a hacerme todo tipo de preguntas y reviviste todo lo terrible de mi pasado. La caja de pandora había sido abierta. Creo que te preocupó de una forma sana al principio. Lorenzo-memoria. Luego, pasados los días y, habiendo visitado a tu psicólogo, regresaste a mí; no ya como Lorenzo, sino como el Dr. Lorenzo D’Aloi. Comenzaste a analizarme como tu paciente. Yo no quería serlo, yo quería un amante. Yo estaba tan cansada de dar tumbos a los 32 años, sola. Te abrumaste con la idea de que yo también eligiera a la muerte antes que a ti. Me enfureció verte hurgando en mi computador, intentando que él respondiera las preguntas que no te atrevías a hacerme. Entraste allí como un tuqueque en una sala polvorienta, rápidamente y en silencio. Buscando algo que ni tú sabías qué era.
Aquella mañana de abril me dijiste que yo necesitaba ayuda. Yo dije que no. Tú insististe. Yo repetí que ya de loqueros tenía bastante hasta en la cama. Exasperaste. Pensabas que yo era una bomba de tiempo. Hablé de mi padre, pero nunca dije exactamente lo que vi. Quizás fue lo peor que pude haber hecho. Estabas obsesionado. Atormentado. Y yo, como aquella mañana de mis quince, pensé que trabajabas en el estudio.
Anoche pensé en decirte que extrañaba que hiciéramos el amor, que deseaba sentirte nuevamente cerca. Ahora sólo tengo la sensación de déjà vu. ¿Por qué con las gubias Lorenzo? Creo que es mejor bajar bien las mangas de la camisa. El ciclo está cerrado.
− ¿Ya vio los zapatos Señora?
− Sí, puede cerrar la parte baja y, por favor, arréglele las mangas que no quiero que nadie detalle morbosamente al Doctor.

¿Es necesaria la Responsabilidad Social?

Necesitamos una ética universal porque las consecuencias de la razón técnica, movida por una idea equivocada de progreso, amenazan a toda la humanidad en su conjunto.

(Cortina, A. 1995 (3ra Ed.) Razón Comunicativa y Responsabilidad Solidaria Salamanca: Sígueme. pp.25)][1

 La responsabilidad social de la empresa representa una gama de aspectos legales, éticos, morales y ambientales, que viene a dar respuesta a la inclemencia experimentada por el capitalismo del mundo liberal. En este sentido debe tomarse como un acto que implica voluntad, pese a que exista normativa al respecto.

Básicamente se plantea que los costos que implican las duras prácticas de mercado tienden a tener costos impagables en la traducción del irrespeto a los derechos humanos en dos espacios temporales: con la generación actual dada la inequidad y desigualdad genera y con las generaciones futuras en términos de ecología; dado que al paso que se desarrolla el consumo de recursos naturales para dentro de veinte años serán insuficientes para satisfacer las demandas básicas del 70% de la población mundial.

 

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Como aduce Kofi Annan, en el documento New Century-New Challenge:

(…)de cada mil habitantes de la aldea, 150 son ricos, 780 pobres y 70 están en transición. El ingreso promedio es de 6000 dólares al año, pero el 86% queda en manos de la quinta parte más acomodada, mientras que cerca de la mitad de la población vive con menos de dos dólares por día. 220 son analfabetos (de los cuales dos tercios son mujeres). Menos de 60 poseen computadora. Sólo 24 tienen acceso a internet. Más de la mitad no ha hecho, ni recibido nunca, una llamada telefónica(…)

 Se enmarcan entonces un conjunto de prácticas y sistemas de gestión que tienen el matiz de voluntarios, con el objetivo final de asegurar  la sostenibilidad; persiguen entonces  la atención de las demandas de un colectivo (o varios) con los que  guardan relación, -también se les conoce como grupos de interés- generando un nuevo equilibrio entre sus dimensiones económica, social y ambiental.

Todo esto en el marco de la significación que ha adquirido en la sociedad el capital social; recordemos que como dice el Dr. Moreno León[2], los activos del capital social son: la confianza interpersonal, asociatividad, conciencia cívica y cultura; los cuales constituyen los pilares del desarrollo auto sostenido y participativo- éstos constituidos como BSE (bienes socio emocionales) son el rasgo definitorio y diferenciador del paradigma de capital social frente al modelo económico clásico.  En este sentido, nuevamente, es claro cómo el aumento del capital social se traduce en garantías de democracia sustancial  y de desarrollo sostenido, en tanto que busca la satisfacción de las necesidades de una mayoría –sin perjuicio a las minorías- y por tanto, transformándose en una suerte de unificador social. En este sentido pasa a ser una exigencia que se les hace a las empresas en el concepto de Responsabilidad Social, entendiendo a la empresa como un ciudadano corporativo.

La responsabilidad social de la empresa abarca adicionalmente aspectos internos y externos, primeramente la concientización de quienes laboran en las empresas en dos planos primariamente a nivel gerencial ya que implica la inversión social desprendida o ajustada de los márgenes de ganancia neta de las empresas a fin de garantizar condiciones a futuro y, posteriormente implica a nivel raso la conciencia de los empleados en términos de comprender los usos razonables de recursos. En cuanto al especto externo se trata del mercado.

La regla básica de los mercados actuales consiste en la productividad; entendida como la capacidad de producir y vender más, a menor costo y con unos estándares de calidad; esto asegura que las “marcas”  logren posicionarse, mantenerse y crecer en los mercados a los que pertenecen, entiéndase entonces que se vuelven más competitivas.

Productividad y competitividad son entonces la razón que lleva a que las decisiones gerenciales hagan una valoración del costo beneficio, la inversión realizada con respecto a las utilidades generadas, pero lastimosamente con una visión a corto plazo, sin medir consecuencias de los efectos nocivos de la inversión en el futuro de la marca o la empresa misma. Es esto lo que se pretende modificar en el concepto de Responsabilidad Social, que no es más que la concientización de la empresa.

Cabe también destacar a las prácticas relacionadas con “el buen gobierno de las compañías”, comprendido en el enfoque de transparencia de gestión que se hace efectivo a través de la rendición de cuentas en forma de informes o memorias anuales verificables por organismos externos (contralores); este aspecto es importante en tanto que garantiza que la gestión empresarial es cónsona con la directrices determinadas en los gobiernos y amparadas dentro del marco y acuerdos internacionales.

El papel del sector empresarial traspasa hoy día su inicial idea de ser sólo generadores de empleo  y riqueza y lo coloca como agente crucial del desarrollo en las comunidades. En tal sentido ya no se entiende como un factor productivo únicamente sino como un factor social –en tanto inserto en la civilidad- siento por tanto una especie de ciudadano corporativo; viéndose por ende, en la necesidad de ajustarse a la ética y el respeto por las personas y el medio ambiente (doble imperativo ético para con las generaciones actual y futuras)

Hoy día existen ciertos organismo que se encargan de delimitar en lo posible el concepto de Responsabilidad social, y sus directrices sirven de orientación a las empresas que se deciden a transitar por este camino. Entre los más importantes cabe destacar:

  • Global Compact (Pacto Mundial) de Naciones Unidas
  • Global Reporting Initiative (Iniciativa para la Rendición de Cuentas Global)
  • Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) con sus líneas directrices en materia de Responsabilidad Social.

La responsabilidad social es la única forma que el mercado puede corregir sus propias brechas en función de una ética coherente con las aspiraciones liberales respetuosas de los Derechos Humanos.

 

 

[1] Referencias: Cortina, A. 1995 (3ra Ed.) Razón Comunicativa y Responsabilidad Solidaria Salamanca: Sígueme.

 Kliksberg, B. (Comp.) (2002). Ética y Desarrollo: la relación marginada. Buenos Aires: El Ateneo.

Moreno, J. (2003). Capital Social, Gobernabilidad Democrática y Desarrollo. Caracas: Universidad Metropolitana. < http://www.iadb.org/Etica/Documentos/ve2_mor_capit.pdf > [22 de agosto de 2006].

[2] Moreno, J. (2003). Capital Social, Gobernabilidad Democrática y Desarrollo. Caracas: Universidad Metropolitana. < http://www.iadb.org/Etica/Documentos/ve2_mor_capit.pdf > [22 de agosto de 2006].

Sobre la Jurisdicción Universal: Notas primeras.

Notas sobre la Jurisdicción Universal

En la página de la CICR se define: «La jurisdicción universal se refiere a la jurisdicción sobre los delitos, independientemente del lugar en que se cometieron o la nacionalidad del perpetrador. Se cree que se aplica a una serie de delitos que los Estados, por motivos de interés internacional, pueden o deben reprimir».

Cuando hablamos de la J.U. sabemos que puede aplicarse a través de la promulgación del derecho nacional (jurisdicción universal legislativa) o la investigación y el juicio de los acusados (jurisdicción universal contenciosa). La primera es mucho más común en la práctica del Estado y es generalmente necesaria para la investigación y el juicio. Con todo, es posible, por lo menos en principio, que un tribunal base su jurisdicción directamente en el derecho internacional y ejerza jurisdicción universal contenciosa sin remitirse para nada a la legislación nacional. Este último punto es fundamental. Sobre todo si pensamos en la violación sistemática que ha sido llevada por distintos gobiernos que han sido caracterizados como totalitarios. Básicamente se trata de que la humanidad entera comprende que hay crímenes que salen de la competencia territorial porque afectan y ofenden a la humanidad. En ello consiste el término Lesa Humanidad.

¿Cuáles son los crímenes de Lesa Humanidad?

Crímenes de Lesa humanidad (Estatuto de Roma):

Asesinato sistemático.

Exterminio.

Esclavitud.

Deportación o traslado forzoso de población.

Encarcelamiento u otra privación grave de la libertad física en violación de normas fundamentales de derecho internacional.

Tortura.

Violación, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzada u otros abusos sexuales de gravedad comparable.

Persecución de un grupo o colectividad con identidad propia por motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos o de género o por otros motivos universalmente reconocidos como inaceptables con arreglo al derecho internacional, en conexión con cualquier crimen comprendido en el Estatuto.

Desaparición forzada de personas.

Crimen de apartheid.

Otros actos inhumanos de carácter similar que causen intencionadamente grandes sufrimientos o atenten contra la integridad física o la salud mental o física.

Además tenemos que el Estatuto de Roma establece un concepto específico para los otros crímenes que entran en su jurisdicción somo Corte Penal Internacional:

Genocidio: consiste en la comisión, por funcionarios del Estado o particulares, de un exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivos de nacionalidad, etnia, raza o religión. Estos actos comprenden la muerte y lesión a la integridad física o moral de los miembros del grupo, el exterminio o la adopción de medidas destinadas a impedir los nacimientos en el grupo.

Crímenes de Guerra: es una violación de las protecciones establecidas por las leyes y las costumbres de la guerra, integradas por las infracciones graves del Derecho Internacional Humanitario cometidas en un conflicto armado y por las violaciones al Derecho Internacional. El término se define en gran medida en el Derecho internacional, incluyendo la convención de Ginebra.

Delito de Agresión (mencionado en el art 5 del Estatuto de Roma mas no especificado).

Retos de la Jurisdicción Universal:

1. La capacidad y el deber de ejercer la jurisdicción universal en virtud del derecho internacional.

2. Combatir las Infracciones graves a los Convenios de Ginebra.

3. Ejercicio en los casos de sospechosos de genocidio, los crímenes de lesa humanidad, las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones forzadas y la tortura.

4. La necesidad de que los Estados supriman las diferencias existentes en sus legislaciones para hacerlas compatibles con el Estatuto de Roma ejerciendo la jurisdicción universal.

(De estos puntos publicaré prontamente)

Sobre la Jurisdicción Universal: Notas primeras.

Notas sobre la Jurisdicción Universal

En la página de la CICR se define: «La jurisdicción universal se refiere a la jurisdicción sobre los delitos, independientemente del lugar en que se cometieron o la nacionalidad del perpetrador. Se cree que se aplica a una serie de delitos que los Estados, por motivos de interés internacional, pueden o deben reprimir».

Cuando hablamos de la J.U. sabemos que puede aplicarse a través de la promulgación del derecho nacional (jurisdicción universal legislativa) o la investigación y el juicio de los acusados (jurisdicción universal contenciosa). La primera es mucho más común en la práctica del Estado y es generalmente necesaria para la investigación y el juicio. Con todo, es posible, por lo menos en principio, que un tribunal base su jurisdicción directamente en el derecho internacional y ejerza jurisdicción universal contenciosa sin remitirse para nada a la legislación nacional. Este último punto es fundamental. Sobre todo si pensamos en la violación sistemática que ha sido llevada por distintos gobiernos que han sido caracterizados como totalitarios. Básicamente se trata de que la humanidad entera comprende que hay crímenes que salen de la competencia territorial porque afectan y ofenden a la humanidad. En ello consiste el término Lesa Humanidad.

¿Cuáles son los crímenes de Lesa Humanidad?

Crímenes de Lesa humanidad (Estatuto de Roma):

Asesinato sistemático.

Exterminio.

Esclavitud.

Deportación o traslado forzoso de población.

Encarcelamiento u otra privación grave de la libertad física en violación de normas fundamentales de derecho internacional.

Tortura.

Violación, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzada u otros abusos sexuales de gravedad comparable.

Persecución de un grupo o colectividad con identidad propia por motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos o de género o por otros motivos universalmente reconocidos como inaceptables con arreglo al derecho internacional, en conexión con cualquier crimen comprendido en el Estatuto.

Desaparición forzada de personas.

Crimen de apartheid.

Otros actos inhumanos de carácter similar que causen intencionadamente grandes sufrimientos o atenten contra la integridad física o la salud mental o física.

Además tenemos que el Estatuto de Roma establece un concepto específico para los otros crímenes que entran en su jurisdicción somo Corte Penal Internacional:

Genocidio: consiste en la comisión, por funcionarios del Estado o particulares, de un exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivos de nacionalidad, etnia, raza o religión. Estos actos comprenden la muerte y lesión a la integridad física o moral de los miembros del grupo, el exterminio o la adopción de medidas destinadas a impedir los nacimientos en el grupo.

Crímenes de Guerra: es una violación de las protecciones establecidas por las leyes y las costumbres de la guerra, integradas por las infracciones graves del Derecho Internacional Humanitario cometidas en un conflicto armado y por las violaciones al Derecho Internacional. El término se define en gran medida en el Derecho internacional, incluyendo la convención de Ginebra.

Delito de Agresión (mencionado en el art 5 del Estatuto de Roma mas no especificado).

Retos de la Jurisdicción Universal:

1. La capacidad y el deber de ejercer la jurisdicción universal en virtud del derecho internacional.

2. Combatir las Infracciones graves a los Convenios de Ginebra.

3. Ejercicio en los casos de sospechosos de genocidio, los crímenes de lesa humanidad, las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones forzadas y la tortura.

4. La necesidad de que los Estados supriman las diferencias existentes en sus legislaciones para hacerlas compatibles con el Estatuto de Roma ejerciendo la jurisdicción universal.

(De estos puntos publicaré prontamente)

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