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Presentación sobre Branding y Redes Sociales.

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Al final del día… ¿Cuántos ODEBRECHT hay?

“Aquellos que no recuerdan el pasado

 están condenados a repetirlo”

George Santayana.

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Si son 29 millones de dólares o son 2,9 o son 290 millones la indignación debería ser la misma, no es el tamaño de la riqueza sino el de la pobreza que aún marca millones de rostros en el Perú y que amenaza con ser un caldo de cultivo para el empoderamiento de nuevos fraudes políticos.  Si las coimas empezaron a finales de los 70′ o en el 2005, no debería dar lo mismo. Al final no se trata de Odebrecht sino de cuántos existen. De qué cosas pone de manifiesto la situación de la corrupción, sus fallos y las frustraciones de la población que bien pueden desencadenar que se esté dinamitando al sistema.

Odebrecht inicia sus operaciones en Perú en 1979 con la construcción de Charcani V, “la única central hidroeléctrica en el mundo que funciona dentro de un volcán”, advierte su web. No obstante ya desde ese momento hay sospechas “Se la diseñó para operar con 24 m3/s de agua pero el Chili apenas da 10 m3/s. Debía afianzarse la cuenca para llegar a ese tope de agua” señala una nota del Comercio.

Según señalamientos de El Gran Angular, desde los 80′ Odebrecht habría pagado coimas, específicamente al allegados al gobierno aprista por esta obra que entró un funcionamiento en ese entonces.

Luego lo que ya sabemos. El gobierno de Fujimori, Toledo, luego García nuevamente, para llegar a Humala y a PPK; pasando por los gobiernos regionales y locales. En todos Odebrecht como gran constructor y la presunción de coimas en pequeña o gran escala, dependiendo de cuál sea la medida que usted considere; o cuántos rostros harapientos hagan falta para que algo de sangre le llegue a la cara.

Al final del día no se trata solo de Odebrecht, pero tampoco se trata de los delitos que hayan podido prescribir. Si bien hay un enfoque de “economía procesal” que pudiese ser tomado en cuenta, el problema real que devela Odebrecht como caso, es el síntoma de la enfermedad real: la corrupción como forma de gobierno y la recurrencia de los mismos personajes de la clase política en el tiempo.  (Por cierto que quizás Toledo intente jugarse la carta de la prescripción).

La promesa de la democracia en los años 80 en el Perú, específicamente en la adopción de la Constitución de 1979, fue:

promover la creación de una sociedad justa, libre y culta, sin explotados ni explotadores, (…) donde la economía esté al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía; (…) fundar un Estado democrático, basado en la voluntad popular y en su libre y periódica consulta, que garantice, a través de instituciones estables y legítimas, la plena vigencia de los derechos humanos, la independencia y la unidad de la República; la dignidad creadora del trabajo; la participación de todos en el disfrute de la riqueza; la cancelación del subdesarrollo y la injusticia; el sometimiento de gobernantes y gobernados a la Constitución y la ley; y la efectiva responsabilidad de quienes ejercen función pública

Digamos entonces que, desde 1979 hasta 1992, el Estado falló en cumplir su cometido. Las consecuencias se vieron directamente en la crisis política que desató por un lado Sendero Luminoso y su amenaza terrorista y paraestatal y por otro lado la crisis político-económica que sobrevino del anticipado desgaste del modelo democrático consagrado en la joven Constitución del 79, lo que finalmente trajo a Alberto Fujimori (el Primer Outsider) al poder y la aceptación mayoritaria — pero inconstitucional— del desmantelamiento del Congreso el 5 de abril de 1992.

El fallo del sistema es proporcional a las torpezas en la administración de los asuntos públicos por parte de los gobiernos de los 80′ tanto de Belaunde Terry II como de Alan García I. ¿Acaso no deberíamos comprender qué papel jugó la corrupción en aquel entonces? ¿Qué papel jugó la impericia y la debilidad partidaria?  ¿Por qué el Congreso fue una institución fallida? ¿Por qué los ciudadanos asintieron ante el derrumbe del proyecto político del 79?

De 1993 hasta el 2000, durante el gobierno fujimorista si bien se dio un viraje económico y se sentaron las bases para el despegue, también se trasgredieron todos los límites de separación de poderes, de control constitucional y de preeminencia de los derechos humanos, en nombre de los correctivos “necesarios”.  ¿Qué papel jugó la corrupción en ese entonces?¿por qué hubo un efecto que atribuye una aceptación de más del 20% fijo de la población hasta hoy día del gobierno fujimorista? No obstante Keiko Fujimori, heredera directa del legado de Alberto Fujimori y ahora parte del status quo, ha intentado dos veces sin éxito llegar a la presidencia. Por un lado no hay partido, hasta el momento, que le haga frente en cantidad y calidad de adeptos, pero no son los suficientes para hacerse irreprochablemente con el poder. Aunque sí para la mayoría en el Congreso.

Lo que podría venir en 2021 es que nuevamente se diga sí al derrumbamiento del modelo consagrado, ahora en la Constitución de 1993, y quizás con peores resultados. Nada más peligroso que un gobierno revanchista que ultrapolarice a la población en nombre de “la justicia” y que pretenda hacer tabula rasa a las instituciones, desdeñando los logros, que sí ha habido.

Pero si a alguien se le ocurre meter en el mismo saco 40 años de política,  todo puede pasar con el nuevo outsider.

 

 

 

 

Si Sólo el APRA Salvará al Perú (SEASAP)…

¿votaremos al Cholulín Colorado?

por @nancyarellano

 

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Los partidos de segunda generación siempre han sido grandilocuentes. Fueron los primeros partidos que rompieron el cascarón de las élites (partidos de primera generación) para abrirse paso a las masas y constituirse en franquicias que se extendían por todo el territorio nacional. Eran el sueño de la segunda fundación de la República, ahora sí con la promesa de la igualdad, libertad y fraternidad.

Las promesas democráticas del siglo XX con sus luchas por los gremios y sindicatos, en las pugnas contra el capital trasnacional que empezaba a sentirse como una neo-colonización y el surgimiento de líderes con verbo incandescente que llenaban plazas y emocionaban a los jóvenes para emprender el camino de la conquista del poder para transformar al mundo… parecen haber muerto de coimismo brutis egolátrico.

Una enfermedad subtropical autoinmune de la variación de las politicus egoistus informalus omnisapiente que devora, en segunda generación, a los recambios necesarios para la supervivencia del ambiente donde florece y se extiende hasta destruir el medio que garantiza su existencia.

La enfermedad la vimos pulular por México, con un control de plaga temporal pero que ha vuelto, en Venezuela con incidencia devastadora pero donde aún quedan algunos especímenes que luchan por mutar, en Brasil donde las consecuencias son apocalípticas y la vemos en Perú, donde recientemente se han descubierto focos infecciosos que pueden llegan a niveles pandémicos.

La muerte del APRA significaría un golpe absoluto a la institucionalidad democrática, una cardiopatía a causa del  coimismo, que puede sepultar las últimas tres presidencias democráticas del país y con ellas a la poca fe que los peruanos puedan tener en el propio modo de vida de la democracia partidista. De los últimos cinco presidentes, tres son outsiders y dos son García.

La necesidad de renovación de los partidos, dícese del APRA y el PPC, porque el nacionalismo está en estado comatoso y el perú-posibilismo no sabemos si requiere una eutanasia, sería un acto de bondad y de cálculo de estadistas de la más alta esfera. ¿Los hay aún? es la pregunta.

Alan García sigue siendo uno de los políticos más hábiles del país, para bien y para mal, esperemos que él y su reciente aliada Lourdes Flores Nano, comprendan que la supervivencia de sus partidos son la piedra angular para el reestablecimiento de la fe nacional en el sistema, incipiente, del Perú. Aunque ello implicase que actúen en la honorable — y poco protagónica— sombra. Ellos saben que siguen siendo esenciales porque sea como sea, ellos mueven los hilos necesarios para que fluyan las órdenes, para ordenar, fluyan los financiamientos, para financiar, y se alcen los puentes que permitan mediar. García logró de 2006 a 2011 un crecimiento y mejoría social sin precedentes, pero lo sepultó el politicus egoistus informalus omnisapiente al no crear recambios, ni empoderar nuevos rostros. Al negar a su partido en lugar de hacerlo protagonista de los logros de su segundo mandato y reivindicarlo.

Si un partido no tiene un podio donde puedan pasearse al menos 25 liderazgos nacionales reconocidos y unos 1500 cuadros de servidores públicos capaces de generar y aplicar políticas públicas, no es un partido, es una carroza electoral. Si un líder no es capaz de generar relevos, es un jefe, no un líder porque no logra empoderar a sus seguidores.  La sociedad peruana, la mundial, es compleja y ya no basta con citar a Calderón de la Barca para emocionar a la audiencia. Ya entras en Youtube y te arroja 84.500 resultados en 1 segundo. Hace falta más para emocionar a una audiencia o para asustarla. Hace falta que se arregle lo que se tiene, porque no se puede crear el agua tibia.

El gobierno actual adolece de estructura política y eso no es un secreto. Si los operadores políticos — o exfuncionarios infectados de  coimismo brutis egolátrico ‑ actúan ahora como forajidos y se lanzan por pequeños feudos, alejándose de toda política partidaria y exacerbando el personalismo, pronto habrán muerto los muertos para siempre y veremos a un Trump- Castro- Chávez-Fujimori  (o Cholulín Colorado) con algún chistesito trastocar la predictibilidad que ha hecho del Perú un ejemplo de desarrollo en la región suramericana.

Y entonces…  ¿haremos un Arequipexit?

 

#CosasTenedesSancho

 

 

 

 

TRUMP, el sepulturero predecible.

 

por @nancyarellano

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Muchos se sorprenderán de que califique a Donald de predecible, lo cierto es que lo es. Todo lo que anunciaba en campaña, y que tanto se criticaba y temía, está sucediendo como una edición remasterizada de Pesadilla en la Calle Elm.

Todo lo que muchos decían que era imposible que hiciera de buenas a primera, está sucediendo.

Ya el nuevo inquilino de la Casa Blanca firmó una orden ejecutiva para autorizar la construcción del muro fronterizo con México, también ya suscribió una orden ejecutiva para retirar los fondos federales a las llamadas “ciudades santuarios” (lugares donde las autoridades locales no persiguen a los inmigrantes indocumentados) y ordenó por decreto que comience el proyecto para la construcción de los oleoductos conocidos como Keystone XL y North Dakota Pipeline y que ya había vetado Barack Obama por su impacto medioambiental; para rematar emitió una orden que suspendía la admisión de refugiados en Estados Unidos por 120 días y prohibió la entrada de ciudadanos de siete países predominantemente musulmanes por 90 días. Y por si lo anterior no fuese suficiente, Trump despidió a la fiscal general en funciones, Sally Yates, después de que ella cuestionara la legalidad de la prohibición de inmigración impuesta este fin de semana por la nueva administración. Todo esto en solo diez días.

“Ningún presidente en tiempos modernos, quizá nunca, ha empezado con tal ráfaga de iniciativas en tantos frentes y en tan poco tiempo”, dijo The New York Times.

Trump se muestra como The Boss, en su versión más arquetípica, al peor estilo de los jefes-pesadilla de la era industrial que tomaban decisiones a su parecer sin importar qué ocurría en su entorno, en nombre de unos fines solo priorizados por él. Estados Unidos, un país alzado sobre las bases de la emigración europea y los perseguidos religiosos, es traicionado por el nuevo primer mandatario de forma feroz y temeraria al recaer, en muchos aspectos, en la alucinación de un país en ruinas y verse a sí mismo como el mesías que viene a restaurar el orden o salvar al mundo.

Ese Estados Unidos casi post-guerra que Trump describió en su discurso inaugural pareciera parte de la retórica irresponsable, por populista y desaforada, diseñada para justificar una “mano dura” que reta la esencia democrática y conciliadora que EEUU había venido construyendo bajo la administración Obama. Con sus defectos, claro está.

Hoy, aún con los problemas que persisten de pobreza, desigualdad o violencia, Estados Unidos es también un país con una economía que camina y una tasa de desempleo tan baja ( 4,9%) que se calcula que todos los meses se mueven 1,5 millones de puestos de trabajo.  Durante el periodo de Obama se crearon 15.1 millones de empleos desde 2010, al lograr revertir una gran recesión económica que casi destruye a la industria automotriz; también se logró cerrar el programa de armas nucleares de Irán sin disparar una bala, como él mismo Barack Obama señalaría, y además de, como bien señala el artículo de Marc Bassets en El País, se ha logrado “una mayor estabilidad geopolítica que hace diez años”.

Si los norteamericanos realmente tienen orgullo nacional, y comprenden su papel en la historia contemporánea, deberían empezar por reequilibrar el espejo que está poniendo Trump en frente. Distorsionar la realidad podrá funcionar con la masa inculta, e incluso con la masa crédula que sólo quiere resolver sus problemas inmediatos, de cara a la política interior; pero cuidado, que poner acentos inadecuados, polarizará su país a niveles de la Guerra Secesión, en tiempos de paz con los Derechos Humanos — nuevamente— en el centro del debate.

Lo que este predecible neoyorquino podría dejarnos de legado, si es que el propio partido republicano no comprende la dinamita que le está poniendo su presidente, es al primer gran populista y personalista, que destruya todo lo que algunos hemos admirado del modelo sociopolítico estadounidense: libertad, tolerancia e innovación como fuente del orden para el desarrollo.

Espero equivocarme y que los republicanos no hagan de Trump el sepulturero de GOP.

 

 

 

 

 

El nuevo reality de Trump: Presidential Apprentice, White House Edition.

por @nancyarellano

Donald Trump ha estado en diversos escenarios y ha sido entretenido. De socialité newyorkina de la industria inmobiliaria a poseer parte de la franquicia de Miss Universo para luego llegar a las pantallas chicas del mundo con un reality show:  The Apprentice, pasando por líneas de ropa, perfumes, campos de golf y pistas de hielo. La última incursión es un reality demasiado real: The White House.

Todas las características que vimos desfilar por años de Trump podían resultar entretenidas en las páginas de sociales o de farándula, no así cuando ocupa las primeras planas de la prensa mundial y tiene en su poder el maletín con los botones de las armas nucleares que pueden desatar el fin del mundo.

¿Es Trump una reedición gringa de Chávez? ¿o simplemente hombres como el ex-mandatario venezolano y el nuevo mandatario estadounidense, son finalmente un arquetipo de hombre fuerte, césar democrático o caudillo que nuestras sociedades terminan adoptando cuando sienten niveles de caos o una ausencia de rumbo? Puedo añadir muchos nombres más que han desafiado los niveles de tolerancia a la trasgresión democrática como Alberto Fujimori o Augusto Pinochet, como rezaba el spot de Latino Victory Found en el mes de noviembre, al final se trata de esa actitud que habla del precio a pagar para “resolver” nuestros males (¿o cambiarlos por otros?).

Trump entra al poder con una de las aceptaciones más bajas, hablamos de un 39%, frente al 67% de aceptación de un Obama en 2009, según The Pew Research Center. No obstante, la recaudación de fondos para el evento de toma de posesión, por parte de la organización sin fines de lucro Presidential Inaugural Committee (PIC), casi duplica lo recaudado por Obama en 2009 ( 90 millones USD vs. 55 millones USD). ¿Es bueno haciendo negocios Mr. Trump? No hay duda. El reality The Apprentice White House Edition, contó con suficientes fondos para iniciar una entretenida primera temporada.

¿Nos gustará lo que viene para Latinoamérica?

Aparentemente en esta primera temporada nuestro protagonista puede traer cambios que impacten la agenda Latinoamérica – Estados Unidos, pero no toda amenaza puede resultar en desgracia, me explico:

  1. Trump insiste en revisar el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México, conocido como NAFTA. A ello puede seguirle cualquiera de los otros países como Chile, Colombia o Perú. La política proteccionista se ve cercana sobre todo luego de que Trump afirmara que cobrará un impuesto a las empresas estadounidenses que mantengan su producción en terceros países. ¿Será esto realmente posible? (Habrá que verlo). Empezando por el hecho, de que existe un margen considerable en términos de costos laborales entre Estados Unidos y Latinoamérica (salario mínimo en Perú, por ejemplo es USD 1.32 vs. USD 7.25 en USA solo hablando del Federal Minimum Wage); seguido de un mercado latino bastante cuantioso en suelo norteamericano (55,2 millones de los 324,2 millones de personas). Y no descartemos que esto podría también traer consigo una ola de retaliaciones de barreras arancelarias para la introducción de productos norteamericanos a Latinoamérica (que es un mercado de más de 620 millones de habitantes). Esto no tendría que ser negativo, si se traduce en la transferencia tecnológica a otras regiones para suplir este mercado que casi duplica al estadounidense.
  2. No obstante algo es cierto, es posible que el TPP muera antes de nacer si Estados Unidos no lo ratifica en el Congreso, lo que es altamente probable con la mayoría republicana que ostenta. Lo cual tampoco tendría por qué ser negativo si logramos entender la lógica del mercado regional y aprovechamos sus oportunidades, hasta ahora, infravaloradas.
  3. El muro va. Eso ya lo ha ratificado en varias ocasiones. No obstante, Trump también ha señalado que el muro tendrá “una gran puerta”. ¿Qué significa esto? Habrá que verlo.

Lo que sí suena complicado es la serie de medidas que afectarán a la política estadounidense interna y externamente, contando a muchos latinoamericanos en el norte:

 

  1. Los cambios en el Obamacare afectarán a 22 millones de personas, ciertamente un alto porcentaje son latinos (se calcula que 1 de cada 3).
  2. Si también eliminan el programa DACA (Acción Diferida de 2012) que permitía a los llamados Dreamers ser amparados temporalmente de la deportación y concederles una autorización de empleo, 720.000 jóvenes indocumentados podrían resultar afectados y ser deportados.
  3. Retroceder en las relaciones con Cuba, eliminando la embajada recientemente abierta, endureciendo el bloqueo económico y reactivando Guantánamo (se habla de incluso mandar 100 presos nuevos).
  4. El programa nuclear, denominado Plan de Acción Conjunta, puede ser desmantelado lo que implicaría que Teherán no limite su progreso en materia y que se retomen las sanciones por parte de USA.
  5. Medidas para frenar el cambio climático. Trump ha dejado claro que no cree en el efecto invernadero, con lo cual los programas orientados a mitigar los riesgos pueden ser depuestos.

Durante su gobierno, Barack Obama tomó muchas medidas por la vía de las decisiones ejecutivas, con lo cual el nuevo inquilino de la Casa Blanca podría revertir, sin siquiera consultar al Congreso un gran número de medidas como las antes mencionadas. El mayor riesgo al que esta temporada de The Apprentice nos puede someter, sin que apagar la TV o poner pausa impida el avance, es debilitar la institucionalidad estadounidense al crear lo que el propio Obama calificó como “realidades burbujas”, en las cuales solo apremian los problemas inmediatos y no se logra tener la visión de estadista para comprender este complejo mundo globalizado e interdependiente en el que nos movemos.

Ahora bien, si Trump inicia, como tanto vocifera y exhibe, una cruzada ultrapolarizante en su país (86% de los norteamericanos lo ven así, según The Pew Reserch), y comprendemos la influencia que ejerce la economía norteamericana en el mundo— sobre todo en los mercados financieros, tan sensibles al show—, tendremos “Una Serie de Eventos Desafortunados” definitivamente fuera de serie, con un Conde Olaf que alcanzará todas las latitudes.

 

 

El morbo mediático de la fiscalización y el asco a la justicia

 

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Han sido días de fiscalización por todos lados. Hoy se anunció incluso que la Fiscalía General ha reabierto una investigación contra el Presidente de la República, Pedro Pablo Kuczynski, sobre la presunta corrupción al favorecer a la empresa brasileña de construcción, Odebrech; hace 10 años, cuando era premier.

Sale la noticia del Congreso y las canastas navideñas sobrepreciadas y por adjudicación directa y se habla de la compra de computadoras del Congreso también sin concurso abierto (metodología, lícita, que fuera criticada por el propio Congreso respecto del Minedu que a su vez tiene unos cuantos casos en proceso de investigación).

 

Sumarle a la polarización la pregunta de ¿quién es más corrupto? Y ver las estadísticas de más del 92% de los alcaldes bajo la lupa por presunta corrupción sea en la procuraduría o en la fiscalía. Y la verdad es que la investigación sobre corrupción en el Perú parece ¡harta chamba!. Y no que todo lo que sale a la luz sea objeto de investigación por parte de la fiscalía o la procuraduría, pero sí que la tasa de investigación —como el caso de los alcaldes— es alarmantemente alta.  A ello hay que adicionar todo el tiempo que los medios de comunicación gastan en dimes y diretes sobre el proceder administrativo, supuestamente oscuro, de muchos funcionarios; la comidilla política y las opiniones que van y vienen sin que se cierren certeramente los capítulos. He allí el detalle.

 

¿Qué revela esto? Primero que la percepción de corrupción (72,8% para 2014) es reforzada por un círculo vicioso de medios y entes que se encargan de investigar con micro y macro comisiones a un sin fin de funcionarios en una historia interminable y poco alentadora que solo hace que el ciudadano tome repulsa por la política y los jóvenes huyan de cualquier cosa que tenga ese “tufillo” a ente público.

 

Sólo para colocar un dato.  El exprocurador Fuad Khoury, señalaba en 2013 a RPP que “en sus cuatro años como contralor, su despacho ha presentado cuatro mil denuncias penales y civiles por corrupción contra funcionarios, de las cuales sólo se han emitido 300 sentencias, siendo favorables para el Estado sólo 90 de ellas”.

 

¿Cuál es la tasa de efectividad de las denuncias? Hablamos de un 7,5%. Es decir, de los 4.000 casos vociferados sólo 90 reciben una sentencia favorable al Estado; suponiendo que, en efecto, fueron casos que cumplieron con el debido proceso y se dictó sentencia certera. Si extrapolamos esto; de 300 casos sobre los que se dictó sentencia, 90 eran culpables; entonces de los 3.700 pendientes de sentencia, es probable que haya 1.110 casos de culpables que están impunes, libres y campeantes, probablemente entre panetones, computadoras y algunos sacos de cemento viejo.

 

Más allá de detectar la corrupción hay que prevenirla. La actuación reactiva no está dando resultados.

 

Hay mucho morbo mediático en la fiscalización y quizás… ¿asco a la justicia?