¿Democracia hispanoamericana?

por @nancyarellano

Octavio Paz dice en su ensayo Alrededores de la literatura hispanoamericana que “hay excelentes poetas y novelistas colombianos, nicaragüenses y venezolanos pero no hay una literatura colombiana, nicaragüense o venezolana.  Todas esas supuestas literaturas nacionales son inteligibles solamente como partes de la literatura hispanoamericana (…)”. Me permito transpolar esas nociones a la política hispanoamericana.  Tomo prestado de Paz el hecho de que esa unidad del continente, que habla primordialmente español, tiene, en su haber, nexos que hacen confluir sus historias. Él la limita a la literatura cuando afirma “la unidad de la desunida Hispanoamérica está en su literatura”, y propongo agregar que está presente también en sus procesos políticos y económicos tanto como en sus palabras. Nuestra literatura es expresión viva de nuestros procesos políticos; porque de una u otra forma, el nacimiento de la literatura hispanoamericana está ligado profundamente a su vocación testimonial.  Vemos a Macondo y a través de él todos los pueblos de la américa meridional; vemos en Martín Fierro la lucha contra las leyes impuestas por los pocos; vemos en el Libro de Manuel la convergencia de los revolucionarios mundos que subviven en estas latitudes casi siempre cortazianas, donde un Lenin o Fidel “sí vieron lo que va del dicho al hecho, de la calle al timón”… y no quiero  dejar de mencionar a Artemio Cruz como síntesis de los vicios de aquellos  arraigados en el poder… La literatura política hispanoamericana narra y cuenta la convergencia de unidades culturales que buscan identidad propia y reclaman, desde hace casi un siglo, ser imagen y espejo de sí misma.

En medio de nuestras singularidades, que no son tan diferentes, o per sé disruptivas, menores en todo caso a las vividas en la España de las comunidades autónomas, las presentes en la Italia de las regiones o las de la federación norteamericana… tenemos una identidad hispana que puede hacer más que vender música folk-fusionada —o respetables curvas de mujer— al mercado anglosajón o europeo… En pleno siglo XXI la construcción articulada de una política hispanoamericana urge.

Y es que, como también Octavio Paz dijo, “la cultura no es una herencia sino una elección, una fidelidad y una disciplinaY nuestra elección ha sido, directamente proporcional al trazo de las migraciones que, a lo largo del siglo XX, sembraron la pátina que nunca pudo un Miranda en sueños o un Bolívar a caballo y con sable.  Tampoco logró hacerse con acuerdos andinos de integración, mercados regionales o alianzas bolivarianas.  Por el contrario, el proceso de sedimentación de una política hispanoamericana se ha decantado del fracaso de las imposiciones, del horror a la autocracia, de la prescripción de revoluciones interesadas, de las violaciones feroces a los derechos humanos, de la repugnancia a la corrupción y de la indolencia política ante las crisis.

La identidad hispanoamericana se ha construido, y a modo de ejemplo señalo a la Venezuela democrática, de mitad del s.XX:

Los más de 5 millones de colombianos que huían de la crisis de la guerrilla; los 150 mil peruanos que encontraron en el país caribeño el puerto seguro contra la crisis económica y política de los 80 y 90; los 20 mil dominicanos que huyendo de Trujillo llegaron para respirar las libertades de la ciudad que el Cerro El Ávila cobija; los más de 15 mil cubanos demócratas que la revolución fidelista desterrara de la isla y que encontraron en nuestras calles y medios las posibilidades de expresión y crecimiento; Argentinos huyendo de la dictadura de Videla, chilenos — más de 80 mil— eludiendo a Pinochet; panameños expulsados por Noriega… Lo anterior, sirve para esbozar una idea de esa creación rica que es la hispanoamericaneidad, de la conjunción creadora y de los lazos que nos unen: la búsqueda que nos hermana más allá de la lengua, de la religión, de “ese no sé qué” que tenemos los hispanoamericanos.

Entre 1948 y 1961, ingresaron a Venezuela aproximadamente 920 mil personas entre españoles, italianos y portugueses; en un país con poco más de 6 millones de habitantes.  Venezuela fue el destino ideal para los que huían del periodo post Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, del franquismo; sin contar más allá de nuestra Hispanoamérica, y europeos hispanoamericanizados; a los más de 11 mil judíos, 130 mil libaneses o los 200 mil chinos y casi 3 mil japoneses que también arribaron para enriquecer la visión y cultura venezolana.

Todos ellos, más de 6.5 millones de migrantes que han pisado el suelo venezolano, hoy tienen descendencia; se calcula que suman más del 49,9% de la población del país; un país con 70% de rostros mestizos.  Un país que, como muchos otros de Hispanoamérica, es eso, una creación o resultado de la conjunción.  Collage y síntesis cultural, de muy diversos acomodos y matices, que ha de tener expresión literaria, social y, por supuesto, política.

La expresión cultural de nuestra diversidad finalmente habla de una política propia, que responde a la américa de habla hispana, orgullosa y reflexiva con su historia, rica en recursos naturales y talento, pero con desafíos ineludibles en su aprovechamiento e interrelación. Es el momento de que, de México a la Patagonia, tomemos nuestro destino en nuestras manos con una propuesta política reposada y profundamente democrática en lo político, lo económico y lo social, como países y como región. Hispanoamérica tiene el deber histórico de ser síntesis de las culturas que la han influido, de las potencias que la han colonizado, subyugado, pero también, así sea parcialmente, modernizado. Hablamos de una política que supere los viejos esquemas bipolares, de norte vs sur, de viejo y nuevo mundo, de derecha e izquierda, de centro y periferia porque ya hemos transitado esa “mímesis” de lo europeo y de lo norteamericano; necesitamos se promueva el fortalecimiento de nuestros lazos como subcontinente, nuestra identidad de americanos que hablamos, rezamos, declamamos, reclamamos e ideamos en español en medio de cuantiosos recursos naturales y tierras fértiles.

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Fuente: Wikipedia

Es urgente pensarse hispanoamérica, a esos más de 400 millones de habitantes, y defenderla de las tentativas de desvío, desde nuestra propia conciencia, historia y errores; donde valores como la justicia social, la tolerancia, la descentralización económica e institucional y la meta de un Estado que propicie y salvaguarde la calidad de vida, la competitividad en igualdad de oportunidades con igualdad de condiciones, la meritocracia, el libre mercado sin dumping (económico o social), la equidad distributiva y el respeto a los Derechos Humanos son temas que no se discuten, sino en cómo aplicarlos efectivamente. Casi un siglo de lucha democrática, de expresión y frustración electoral, es hora de que se asiente definitivamente en nuestras conciencias hispanoamericanas y tome forma en la actualización de nuestros partidos políticos y cultura política; y finalmente, como todo, hallará expresión en nuestras artes y literatura.

 

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