por @nancyarellano

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Muchos se sorprenderán de que califique a Donald de predecible, lo cierto es que lo es. Todo lo que anunciaba en campaña, y que tanto se criticaba y temía, está sucediendo como una edición remasterizada de Pesadilla en la Calle Elm.

Todo lo que muchos decían que era imposible que hiciera de buenas a primera, está sucediendo.

Ya el nuevo inquilino de la Casa Blanca firmó una orden ejecutiva para autorizar la construcción del muro fronterizo con México, también ya suscribió una orden ejecutiva para retirar los fondos federales a las llamadas “ciudades santuarios” (lugares donde las autoridades locales no persiguen a los inmigrantes indocumentados) y ordenó por decreto que comience el proyecto para la construcción de los oleoductos conocidos como Keystone XL y North Dakota Pipeline y que ya había vetado Barack Obama por su impacto medioambiental; para rematar emitió una orden que suspendía la admisión de refugiados en Estados Unidos por 120 días y prohibió la entrada de ciudadanos de siete países predominantemente musulmanes por 90 días. Y por si lo anterior no fuese suficiente, Trump despidió a la fiscal general en funciones, Sally Yates, después de que ella cuestionara la legalidad de la prohibición de inmigración impuesta este fin de semana por la nueva administración. Todo esto en solo diez días.

“Ningún presidente en tiempos modernos, quizá nunca, ha empezado con tal ráfaga de iniciativas en tantos frentes y en tan poco tiempo”, dijo The New York Times.

Trump se muestra como The Boss, en su versión más arquetípica, al peor estilo de los jefes-pesadilla de la era industrial que tomaban decisiones a su parecer sin importar qué ocurría en su entorno, en nombre de unos fines solo priorizados por él. Estados Unidos, un país alzado sobre las bases de la emigración europea y los perseguidos religiosos, es traicionado por el nuevo primer mandatario de forma feroz y temeraria al recaer, en muchos aspectos, en la alucinación de un país en ruinas y verse a sí mismo como el mesías que viene a restaurar el orden o salvar al mundo.

Ese Estados Unidos casi post-guerra que Trump describió en su discurso inaugural pareciera parte de la retórica irresponsable, por populista y desaforada, diseñada para justificar una “mano dura” que reta la esencia democrática y conciliadora que EEUU había venido construyendo bajo la administración Obama. Con sus defectos, claro está.

Hoy, aún con los problemas que persisten de pobreza, desigualdad o violencia, Estados Unidos es también un país con una economía que camina y una tasa de desempleo tan baja ( 4,9%) que se calcula que todos los meses se mueven 1,5 millones de puestos de trabajo.  Durante el periodo de Obama se crearon 15.1 millones de empleos desde 2010, al lograr revertir una gran recesión económica que casi destruye a la industria automotriz; también se logró cerrar el programa de armas nucleares de Irán sin disparar una bala, como él mismo Barack Obama señalaría, y además de, como bien señala el artículo de Marc Bassets en El País, se ha logrado “una mayor estabilidad geopolítica que hace diez años”.

Si los norteamericanos realmente tienen orgullo nacional, y comprenden su papel en la historia contemporánea, deberían empezar por reequilibrar el espejo que está poniendo Trump en frente. Distorsionar la realidad podrá funcionar con la masa inculta, e incluso con la masa crédula que sólo quiere resolver sus problemas inmediatos, de cara a la política interior; pero cuidado, que poner acentos inadecuados, polarizará su país a niveles de la Guerra Secesión, en tiempos de paz con los Derechos Humanos — nuevamente— en el centro del debate.

Lo que este predecible neoyorquino podría dejarnos de legado, si es que el propio partido republicano no comprende la dinamita que le está poniendo su presidente, es al primer gran populista y personalista, que destruya todo lo que algunos hemos admirado del modelo sociopolítico estadounidense: libertad, tolerancia e innovación como fuente del orden para el desarrollo.

Espero equivocarme y que los republicanos no hagan de Trump el sepulturero de GOP.

 

 

 

 

 

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