El problema no son los audios, sino la sordera

Columna publicada en @elmontonero
12 de Octubre del 2016drg
Detrás del audio está el silencio de los (pacientes) inocentes

El tema de los audios ha estado en agenda toda la semana: el caso del ex asesor presidencial Carlos Moreno, quien al parecer pretendía realizar negocios millonarios con el Sistema de Salud Integral. Pero fue grabado. ¿Y cuál es el problema que subyace a los audios? ¿No es acaso la sordera del sistema? ¿Es realmente relevante si se trataba de un funcionario público con régimen laboral o si era un asesor ad honorem? El delito se pacta fuera del decoro.

El tema de los audios plantea dos problemas de la política nacional: el tráfico de influencias y la farándula política. El primero retrata el dilema al que se enfrentan todos los Estados: tener acceso a un cuantioso número de recursos y el poder de influir en el destino, incluso pervirtiendo la función pública por conveniencias personales o grupales.

El segundo, retrata el drama de las vociferaciones vacías, esas que critican el proceder de un grupo, pero que luego caen en lo que critican; o en cosas peores, como las prácticas de tráfico de influencias. ¿Qué es bueno o qué es lo menos malo?, suelen preguntarse aquellos que frecuentan las instalaciones gubernamentales, con hábitos de monje y la cartera ávida de papelitos con la rúbrica del presidente del BCR. La vara para medir al otro no siempre coincide con la que se usa para determinar la estatura de nuestra propia moral y nuestro proceder.

El tema adicional de la farándula es el efecto distractor: humo, desvío. La atención de los medios, convertidos en moscas que huelen un cadáver, se dirige unineuronalmente sobre el hecho y los implicados. ¿Cuántos audios más faltan? ¿Cuántos audios mudos existirán hoy día?

Detrás del audio está el tema de la salud, la salud pública, el deber estatal de ayudar a superar el rezago que aqueja a millones de peruanos en términos de calidad de vida. Detrás del audio están las voces que callan, las que adeudan, las que se apagan por la impericia al establecer formas de conciliación entre el mercado y el Estado, de forma tal que esa realidad del poder político y su par económico resulten coherentes. Los mejores profesionales de un país deberían estar al servicio del proyecto socioeconómico que es el propio Estado; y de las relaciones justas de respeto para la realización del sector privado en las diferentes escalas.

¿Qué pasaría si esos altos asesores y funcionarios tuviesen grandes remuneraciones legales y frontales? ¿Qué podríamos exigirles? ¿De qué podríamos privarlos? ¿Qué perdería un CEO de una multinacional sitrafica con influencias y no propende a lo mejor para la empresa? El Estado no es una empresa, pero quizás debería parecérsele en la medida de lo posible. O entregamos la propiedad del subsuelo y nos vamos de cabeza a la noción de Estado mínimo.A veces lo que más molesta es la hipocresía.

Nancy Arellano

@nancyarellano

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