¿A quién odiar en estas elecciones? por @nancyarellano[1]

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“Nosotros somos los buenos. Ellos son los que están llenos de odio”. Ha sido una de las frases más acuñadas durante los últimos procesos electorales a largo y ancho del mundo. Esto es lo que se llama en psicología social “Political Motive Asymmetry”[2] o Asimetría de las motivaciones políticas. Atribuir a las acciones de mi enemigo motivaciones de odio por mi, por encima del amor a su causa. La enfermedad existe sólo falta que los enfermos la admitan. Es parte de una retórica construida por el enemigo común externo, el problema es que cuando no existe el enemigo externo, lo creamos internamente.

Se ha transitado desde el siglo XX hacia el XXI con la consigna de la democracia bajo la premisa de que es el sistema que asegura la armonía social en términos de libertad, igualdad, fraternidad; hija de la Revolución Francesa combinada con la democracia liberal inglesa en el sentido económico, y con el añadido de dos guerras mundiales que nos enseñaron a temer del poder político sin control. Por esta experiencia trágica decidimos, como civilización, crear el Sistema de Derechos Humanos, pero ya esto no basta.  El siguiente hito fue la caída del muro de Berlín, y asentimos fuertemente al libre mercado.  Y ahí está China, sin democracia pero con capitalismo de libre mercado y crecimiento. Y ahí está Estados Unidos, con democracia y con capitalismo de libre mercado y crecimiento. Ambos con las mismas brechas de desigualdad social pese a tener dos modelos de Estado.

¿Qué es más importante ser libre o ser iguales? ¿Crecimiento económico o reducción de pobreza? ¿Más Estado o más privado?  Las preguntas no dejan de hacerse porque estamos lejos de lograr la libertad, igualdad y fraternidad. Mientras esto sea así muchos discurrirán en teorías como soluciones mágicas a los problemas de la contemporaneidad.

¿Cuáles son los problemas? Los de siempre y algunos nuevos.

Mientras el mundo luchaba contra Hitler, los aliados del “mundo libre” e incluso los comunistas de la Unión Soviética, lograron trabajar en conjunto para destruir el mal. Ellos y nosotros.  Luego la Guerra Fría presentó una nueva dicotomía: ellos y nosotros; los buenos y los malos. Pero al caer el Muro de Berlín se perdió esa “tensión bipolar” que mantenía a casi todo Occidente de la mano luchando contra “ellos”. Ya Samuel Huntington habla en su libro Choque de Civilizaciones sobre las nuevas afrentas, ahora multipolares yo añadiría que macro y micro multipolares.   Pero lo que más preocupa en este momento es la polarización interna: la micropolarización.  Estados Unidos, España, Colombia, Chile, Brasil, puedo seguir hasta ejemplos como Venezuela y, si somos más drásticos podemos reparar en Oriente Medio. Todos países donde, en mayor o menor grado, la polarización se ha intensificado trayendo años de reducción, desaceleración, estancamiento en la dinámica económica y social. Más o menos grave según los puntos salvados entre ellos, sobre todo: la economía.

La esfera económica ha quedado en muchos casos como una zona fuera de la política democrática. Aunque todos sepamos que la política lo toca todo, absolutamente todo. Así sea a la economía para separarla de su esfera de influencia directa o entregarla a tecnocracia. Con esto no digo que la economía no sea responsabilidad política, pero sí que el control político —más que estatal— ha dejado al ámbito trasnacional y al libre mercado controlar parte importante de los flujos de capitales y de la generación de valor sin responder a la lógica de la “cosa funcional” propia de la política como un todo. La libertad de mercado se ejerce, se defiende y se pregona políticamente. No nos confundamos.

No es menos cierto que también hemos venido ampliando, con las generaciones de DDHH, la cobertura del acuerdo Occidental. Los DDHH han sido el centro retórico del discurso político. Y Perú, tanto en la polarización paralizante, como en la verborrea sobre DDHH no queda atrás. Discursivamente hemos visto chorros de palabras, grandes, chicas, suaves, ásperas, técnicas y populares predicar, vehementes o no, sobre cómo lograr: libertad, igualdad y fraternidad. Todo hablante momentáneo, es el bueno, y el otro, el resto, son los malos.

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El electorado de hoy está tras una armonía imperfecta, la “sana tensión democrática” que es lograble con tolerancia democrática, con elegir correctamente al enemigo común. Muchos, jóvenes y mayores, están cansados de la afrenta inútil, paralizante, de bandos.  La afrenta simple parte de interpretación de las motivaciones de las agrupaciones políticas: amor al país, al pueblo, al pobre, al excluido, al minusválido, a los jóvenes, a los viejitos, a los trabajadores, a los docentes, a los campesinos… Y como todos hablan a todos, todos quieren verse como “el bueno guiado por el amor” y hacer ver al contendor como “el malo guiado por el odio”.

El domingo pasado vimos esta retórica de la motivación política tomar el debate técnico, donde ni hubo pericia técnica ni hubo debate. ¿Qué veremos este domingo? Me atrevo a decir que más de lo mismo. La asimetría de la motivación política tomará el micrófono. PPK será el bueno y Keiko será la mala. Keiko será el amor por el Perú y PPK el odio por el país. Y esto ocurrirá hasta zanjar alguna estrecha diferencia que el 5 de junio ponga a alguno de los dos en la silla presidencial.  Y el resto, si son condenados a ser los malos, sólo fortalecerán la tensión insana.

¿Cuál es el peligro? La parálisis estatal. Estamos ante un mundo escindido en dos lotes que han creado una narrativa de dicotomías. Derecha vs Izquierda, Liberales vs Conservadores, Nacionalistas vs Internacionalistas. Pero dentro de cada bando ellos son los buenos vs los malos; ellos son el amor vs odio.  Cuando esto ocurre se vuelve imposible hablar de negociación, compromisos y respeto: armonía. Siempre habrá bandos, es nuestra naturaleza, pero debemos determinar la personalidad política sobre cuáles son los enemigos reales y comunes: la pobreza, la desigualdad, el estancamiento económico, el autoritarismo. Todo lo que atente a los derechos humanos como centro. Y la personalidad de cada agrupación es el enfoque de prioridades, de métodos, de planes, de fases y de costos.  Hay que tamizar el discurso inútil que sólo crea conflicto y no permite zanjar soluciones.

Si queremos crecer como país, debemos salir del “Cuento de Hadas” de la polarización, comprendiendo que lo que ha permitido que más de 2 billones de personas hayan salido de la pobreza en los últimos 40 años en el mundo ha sido el concurso de fuerzas, el pluralismo político en la democracia, el emprendimiento, la innovación y, por supuesto, el libre mercado. ¿Que aún hay fallos? ¡Claro! Ahí es dónde debe empezar el debate. Los fallos son el enemigo. Nosotros contendores que debemos trabajar en el concurso de fuerzas desde nuestra personalidad política como agrupación ¿O no tienen cuotas reales de poder político?  Si es así, empecemos por trabajar a los propios partidos antes de pretender crear ejércitos disciplinados sólo con mercenarios.

[1] Consultor en Politingâ y Estrategias de Mercados. Es Magister en Gobierno y Gestión Pública para América Latina de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona (España); Especialista en Finanzas Internacionales y Licenciado en Estudios Liberales de la Universidad Metropolitana de Caracas (Venezuela).

[2] El término como tal fue acuñado por Arthur Brooks en la conferencia TED (2015) e inspirado por el paper “Motive attribution asymmetry for love vs. hate drives intractable conflict” de Waytz, A; Young, L y Ginges, J. (2014)

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