Jean Baudrillard, en su libro, De La Seducción dice que “La seducción representa el dominio del universo simbólico, mientras que el poder/control representa sólo el dominio del universo real ” así la seducción entra en juego como parte del camino hacia lo trascendente a lo cotidiano, al sistema de formas; a los juegos de dominación de poder/control; porque trasciende a éste y va directo al símbolo, al fondo.

En el juego de la seducción, con el intercambio, satisfacción y placer, se da un rapto.  De la realidad 1, que podemos llamar la realidad cotidiana del individuo, se superpone de forma abrupta la realidad 2, que sería la realidad de la seducción que crea el universo simbólico. Allí se da la conexión sensible y suprasensible que conmociona y estremece; como todo encuentro con lo trascendente e íntimo. Y, por supuesto, ante tal situación de vértigo, la sensación que acompaña a un profundo “sentirse seducido” es el miedo.

El sujeto no es objeto. El sujeto no es simplemente deseo. Se abre un espacio de re-conexión íntima, esencial, con los estados, muchas veces dormidos, de la conciencia del placer; ése que incita todos los sentidos y los estados del Yo. La seducción habla de la sensibilidad propia.  A veces simplemente la sensibilidad a la seducción, como la poesía, se empoza en el alma del individuo y, tocando el seductor las fibras correctas, las hace estallar como una represa sin contención. El vértigo cobra entonces toda su furia. Añadiendo que al intercambiarse los papeles de forma inadvertida, el seductor termina seducido, viviendo el mismo vilo que hace temblar al otro. Ése es el real proceso, siempre recíproco, que advierte la porosidad de la percepción intra y extra corpórea que luego se materializa en el contacto.

Pero “los escrúpulos, los remordimientos exagerados, los movimientos patéticos, esa forma serpenteante de disolver los acontecimientos y de hacerse inasequible, ese vértigo impuesto a los demás, y esta decepción, todo eso es disuación seductora, y su oscuro proyecto consiste menos en seducir que en no dejarse nunca seducir (…) sólo están enfermos aquellos que están profundamente fuera de la seducción, incluso si aún son completamente capaces de amar y de gozar (…) la única castración es la de la privación de la seducción” Nos dice Baudrillard.

“La seducción es algo que se apodera de todos los placeres, de todos los afectos y representaciones, que se apodera de los mismos sueños para volverlos a verter en una cosa distinta a su desarrollo primario, en un juego más agudo y más sutil, cuyo objetivo ya no tiene principio ni fin, ni el de un deseo, ni el de una pulsión” Así el rapto conlleva a la formulación de otra realidad; producto de la dinámica de conjugar los placeres sin reglas, sin ataduras, sin recelos, sin límite. Develar -correr el velo- de la cotidianidad y aceptar la turbación como un estado que conmociona y releva algo más de nosotros mismos.

Como señala Marguerite Yourcenar, “somos más clarividentes cuando está oscuro, porque nuestros ojos no nos engañan” así la noche que invita, la noche que seduce, hace caer las cortinas del pudor y admite la entrada de las formas difusas que nos susurran al oído y hacen temblar.

¿Pero cómo nos seducimos a nosotros mismos?

-Continuará-

 

 

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