Se rompe el amor de tanto olvido

Se rompen las ganas de querer quererte

Se rompe la forma de soñarte
real, latente, de cerca
para comenzar a ver la distancia
de muros, de voces,
de humos

sin trascendecia.

Se rompe el recuerdo
de las profusas sonrisas,
del sol y la brisa
que movía tu cabellos;

-de las mil fotografías de tu cuerpo y el mar-

rompes la belleza del dialecto inventado,
en la década vibrante de ser y de estar.

Rompes el silencio que trae la serenidad,
por el ruido sordo de la mezquindad
tres o cuatro frases de una ciudad cotidiana
Que no sabe de tacto,
que no sabe de nada…

Se rompe el vínculo tatuado en el alma.

Se me rompen las ganas de verte mañana.

Triste final de vejez apresurada, de resignaciones y cobardía,

de aquél que roba sueños, por pretensiones lejanas…

Se acabó la búsqueda
de cercanías innovadas.

(La piedra de Wyslawa se ha vuelto inmediata…)

No es de piedra, despertará mañana
en la tristeza de palacios no visitados
de grandiosidad no revelada
y sabiendo,
que la fantasía de la distancia
se cobra:
En la realidad.

Se rompió la noche
– con su lugar de paz-

pero en mi sigue existiendo…

aunque se rompen las ganas que hilaban invisibles tu nombre, placer y eternidad.

Nada es así. Porque no somos un par de zapatos viejos que tirar por el bajante…

Y lo sabemos.

Las cosas esenciales no tienen material para romperse.

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