Lector

Lector
Por Nancy H Arellano

He leído con frecuencia que las palabras
traicionan al pensamiento,
pero me parece que las palabras escritas
lo traicionan todavía más.

M. Yourcenar. Alexis.

No creía posible que un zapato fuese capaz de reflejar rostro alguno. Menos aún que pudiera reflejarlo nítidamente; con problemas, con tristezas, con ansias de correr… no, no lo creía posible. No, al menos, hasta esa noche. Si alguien me hubiese contado la anécdota la daría por ficción o borrachera, como todo lo que no atribuimos a la insensatez: mentira o vicio. Así, entonces, me vi en tu zapato derecho, en esos zapatos marrón oscuro, marrón tierra, marrón café, marrones… como el miedo. Yo sé que el miedo no es negro porque ése sería, para mí, el color del olvido. ¿La esperanza? Yo creo que es blanca Lorenzo; aunque, en torno a zapatos, el blanco no me da esperanza en realidad; me recuerda a los hospitales ¿sabes? Los hospitales o los manicomios, pero en definitiva serían la antesala del olvido. Insisto, si algún color refleja el miedo, es definitivamente el marrón. Miedo al arraigo, a pertenecer, a disfrutar… como la tierra o el café… que son para mí arraigo y placer. Esa noche vi un rostro hinchado y moqueante en tu zapato, me vi de verdad. Y hoy lo pienso y sé que fue así porque en realidad no estaba preparada para verme. Uno está casi igual cuando se para frente al espejo. La diferencia es ésa, uno se para frente al espejo… no es como que el espejo o la polvera van al encuentro del rostro. Tus zapatos me encontraron, esos zapatos-espejo de color miedo. Luego alzaría mi mirada hacia ti. Ya sabes la historia de mi estupidez y yo la tuya de caballero sin caballo. El déjà vu hizo de las suyas y usó unas merluzas podridas como excusa para nuestro inútil combate. La gente no entiende mi insistencia por verte los zapatos negros como la larga noche que nos define.
Yo entré en tu apartamento, la primera de más de trescientas veces. Digo trescientas porque, en dos años, uno visita a un vecino como tú más de trescientas veces. Conversamos plácidamente. Banalmente, como la mayoría de las conversaciones que no desnudan pero tampoco disfrazan. Sólo podan y dejan ver un poco de piel. Tú me contaste de tu trabajo. Yo del mío. Hablamos largo rato sobre arte -me di cuenta de que te gustaba porque había muchas revistas de pintura sobre la mesa del comedor-. Tú sacaste la botella de Cadus Malbec, y sentí que se escapaba una sonrisa de mis labios secos: estaba frente a una de esas raras coincidencias. “El vino argentino” me dije. Luego supe que era de esperarse cuando me contaste que tu familia era de allá. En todo caso, la coincidencia era que fuera mi favorito. Creo que nunca te agradecí que me dejaras pasar la noche en tu apartamento, quién iba a imaginar que dejar las llaves dentro del apartamento, cuando botaba las fulanas merluzas olvidadas, sería el gran conclave de mi vida.
Te ves tan tranquilo Lorenzo. Pareciera que la calma ha llegado como siempre pensaste que era absurdo que llegara. Luego de tres meses de tomar vino, hablar de todo y de nada; entramos en ese extraño momento en el que la gente empieza a compartir eso que llaman intimidad. No sé hasta qué punto dejar caer la ropa interior devele algo; pero sí puedo afirmar que, en ese momento, pude leer más allá de lo que vi en la tarjetita de presentación y en los diplomas que colgaban en la biblioteca. Admiré algo de las ramas que nuestras conversaciones podadas habían censurado.
Te miro de cerca, de arriba abajo. Quisiera acariciarte. ¿Se acarician las fotos? 20 de abril: la primera vez que estuvimos desnudos. Fue tan extraño. Parecía que tenías mucho tiempo sin hacer el amor. El sexo estaba a la merced del día, lo conseguías desde hace dos años y medio en el burdel de la Castellana -ese “detalle” me lo confesaste después-. Habías perdido la sensibilidad en el tacto. Como un joven de 15 años, estaba Lorenzo, allí, acariciando mi muslo como si fuera un espectro. Al momento no lo comprendí. Hicieron falta más de treinta noches con sus días para que me contaras de Dina: paciente/amante del Dr. D’Aloi.
¡Pobre Dina Lorenzo! Nunca lo dije, pero sentí una profunda tristeza con tu historia. Dina, a diferencia de mi padre, tomó el camino de tragarse la muerte. Mi padre la repujó en sus muñecas con la gubia. Tardé en contarte lo de mi padre porque la imagen aún latía en mis ojos. Sangre espesa envirutada y mis quince años multiplicados por treinta en sólo una mañana. Papá trabajaba hasta tarde y nadie pensó que la forma que trabajaba esa noche era la destrucción de nuestras vidas. No es muy sensual contarle a un amante/psicólogo que las pérdidas signan tu historia. Por eso entendí tu dolor. Mi padre, mi madre después… siempre pensé que a ella no la mató el cáncer, sino la locura de mi padre y su egoísta final. Igual y sólo mencioné el hecho, sólo las siluetas. La podadora siempre está a la orden del día.
Continuamente temí que vieras a Dina en mí. Y sé que lo hacías a menudo. Sobre todo cuando controlabas las ansias de saber más de mi pasado, o cuando, por el contrario, querías entenderme; hacerme amante/paciente en vez de a la inversa. Por lo menos el remordimiento ético no estaba presente. Ni el drama de la sombra; por lo menos, no tan evidente. No había expediente clínico, ni yo estaba casada. Me gustan esos zapatos Lorenzo. Me recuerdan a los comienzos. Aunque tú y yo sabemos que éstos son negros.
La noche en que abrí tu closet por primera vez observé que todos tus zapatos se parecían. Unos beige, marrón, negros, verde oliva… ¡ah! y aquéllos horrorosos vino y beige. Más los negros que traes puestos. Pensé que debías ponértelos hoy, son los más parecidos a los marrones de aquella primera noche; pero negros.
Ahora pienso que cuando discutimos la tarde de mi cumpleaños… confieso que estaba extremadamente sensible, no soporté que te parecieras a papá. El vino, el tabaco y las figurillas de madera. Eran preocupantes. Te vi de espaldas esculpiendo ese trozo de caoba y quería creer que ese hobbies era inofensivo. Pero la luz y el olor… el silencio. No soporté que juzgaras mi miedo a publicar; porque sí, yo vivo del arte pero tú sabes que el arte me ha matado. A lo Peri Rossi pero sin sexo.
El arte lo mató Lorenzo. Tú sabes que es así. El arte asesinó a mi padre. Se obsesionó siempre con cada talla. Luego comprendí un poco. Nació entonces la tortura de creer que hay que vivirlo todo para poder escribir; que el arte se alimenta de todas las turbaciones y conmociones del alma, de la podredumbre o del vómito… ¿te hablé del ensayo de Hanni? Sí, lo leí aquella noche que preparaste las crepes con maíz “quemado”. Bueno, así pienso. Hay algo de morbo natural en el artista, algo de fetidez en la búsqueda de las verdades del alma. No es que crea que somos (¿te sorprende que me incluya? Es irónico que lo haga ahora) no creas que somos unos voyeristas de las angustias, sino que la insondable esencia de lo humano traspasa lo puramente bello. Bueno, en realidad creo que lo puramente bello, lo bello en sí, siempre se constituye a partir de la frustración. “Lo bello no es más que el comienzo de lo terrible que admiramos tanto” dijo el gran Rilke.
¿Recuerdas la conversación sobre Platón? Es lo mismo Lorenzo. ¿Acaso no crees terrible que, en la escala, haya que pasar de un cuerpo a muchos… despreciando al primero y considerándolo poca cosa…. para amar algo incorpóreo, las leyes, la ciencia por encima de lo carnal? ¿No crees que termine por ser una ascesis espantosa? Desvincularnos del placer en nombre del placer “contemplativo”. ¿Por qué no puede haber complementación? ¿Por qué no es una cadena horizontal? Negar el cuerpo es casi anular nuestra existencia real. Tan absurdo como lo que decías de lo antinatural del celibato en los clérigos. “Y mira que luego en nombre de lo natural condenan la homosexualidad” me dijiste esa noche. Platón, como Odón de Cluny más tarde, piensan en el mal necesario que es el sexo. Y no creo que Platón u Odón olvidarán realmente al cuerpo, no creo que el cuerpo tenga que ser despreciado ni creo que ellos lo hayan hecho. Platón –o quizás las traducciones tengan la culpa- creo que planteaba el ojo del alma. ¿Pero qué ojo puede realmente tener el alma? ¿No será más bien que el mismo Platón creía con ello justificar que el amor es un derrotero que siempre cambia de camino? Las circunstancias, la cotidianidad, los bancos, las cuentas, el tráfico… todo influye al amor. Conocer es amar. Conocer es contemplar. ¿Pero cómo diablos si ni siquiera está claro qué es conocer? Diez acepciones arroja el DRAE. Van desde el sexo, pasando por la confesión de pecados, hasta las facultades intelectuales. Y Eros deambula lentamente, en línea recta, con los brazos cruzados por detrás de la cintura; está cabizbajo… se sienta a encender un cigarrillo y comprender que sangra no por deidad herida sino divinidad humana. Recuerdo una frase que me regalaste de Jung; decía algo como que la psiconeurosis es un padecimiento del alma que no ha encontrado su sentido, que es la esterilidad del alma. Yo creo que hay neurosis en el arte. Y creo que la neurosis es la búsqueda de sentido no del alma individual sino de la colectiva. Uno pretende ser mediador entre lo intrascendente de este mundo y lo que va más allá. La neurosis del artista es la neurosis de la calle, del café, de la academia… del tiempo en el que vive. Sí, he vivido en la neurosis. Y sí, el amor puede salvarnos. Aún lo creo, quizá porque ahora es cuando más lo necesito.
¡Ay Lorenzo! Y para lo que quedamos. Sé que me dirías que estoy siendo demasiado literaria, que no comprendo la sustancia del planteamiento platónico. Dirás que me frustra la idea de ser como Horacio Oliveira. La búsqueda metafísica, la búsqueda de la verdad con “V” mayúscula, me espanta. Y sí Lorenzo, me aterra que las casillas de la rayuela de la vida se me vayan agrandando con “un libro más” y no encuentro a la Maga. No hay pregunta pendiente, porque los puentes metafísicos se han derrumbado y no hay cuestionamiento: no se sostienen de un solo lado. Pero pese a ello, y con algo de vergüenza infantil, creo que siempre quise poder escribir un final feliz. El problema nunca creí en ellos. Me dolió que me juzgaras, y te diré por qué.
Contigo comenzó todo a ser diferente. Pensé que podía pasarme lo imposible. Te conocí, creí que lo hacía realmente. Sentí la paz de verme reflejada en tus ojos, de una forma parecida a aquella vez de los zapatos. Sentí que el amor era como un taburete de tres patas, equilibrado. Yo sería la izquierda, tú la derecha y las formas que dibujaban nuestros cuerpos al hacer el amor en las mañanas, eran la tercera. Los detalles ¿Recuerdas cómo iniciamos el centenar de apodos? Estábamos sentados en el pequeño café frente a tu oficina, yo tomaba un té de flores de Jamaica y tú un “negro corto”. De pronto te vi a los ojos y sentí una presión en el pecho, mezcla en realidad de burbujas y electricidad. Te vi con detenimiento: recorrí lentamente tu barbilla, las mejillas, me detuve en tu boca –hacías esa mueca graciosa antes de tomar el café, juntando los labios como pronunciando una “u”, lo chistoso en realidad era que lo hacías desde que ibas a agarrar el vasito… una antesala muy larga para un sorbo-. Cuando llegue a tus manos, no pude contener las ganas de poner la mía sobre la tuya y, extrañamente, sentir un sopor indescriptible colarse por mis poros: estaba en el lugar al que pertenecía. Pensé que al frase que acompañaría a ese momento era “Te amo” pero me parecía “manoseada”, decir te amo es como asirse a un pasamanos en el Metro o en un edificio público, despierta un poco de asco. Todos la dicen: hay franelas, tacitas, tarjetas… y si le preguntas a alguien ¿Qué es el amor? El silencio responde. Pensé en un “te adoro” pero siempre he pensado que en la adoración hay una combinación muy peligrosa: amar y temer. Sabía que te quería, que te estaba queriendo. Sabía que trascendía el querer, que lo que sentía por ti había llegado a entrar hasta debajo de las uñas. Entonces sólo salió una frase: “Lore, amor, siento el absoluto por ti”. Por supuesto te reíste y, aún con la muesca en el rostro, me dijiste: “Sólo sé que eres mi Casa de la Cascada”. La verdad no comprendí en el momento y no me importó. Hasta aquélla tarde en la que hablamos de Occidente y yo afirmé que el Partenón era la gran obra arquitectónica de nuestra civilización. Me miraste, sonreíste y dijiste: “no, la gran obra es La Casa de la Cascada de Lloyd Wright; porque ella hizo posible lo imposible”.
Yo creía en el absoluto, pero no permanentemente. Lo creía en las mañanas al verte dormido, lo dudaba en las noches cuando veía que despertabas y te quedabas mirándome. Intentando reconocer en mí algo o, mejor dicho, desconocerme para hallarla a ella. Ahora que lo pienso, Lorenzo, creo que querías desconocer tu culpa en mí. No podías salvarla Lorenzo. Yo también he pensado en que sentí sólo ganas de pagar mis culpas, de maquillarlas: con las atenciones por la mañana, con la resignación de que vieras en mí a Dina, con la paciencia que mi madre no tuvo con los demonios de papá. Yo quise, inútilmente, combatir tus demonios y con ello, exorcizar los míos.
Creo que nunca aceptaste que calzabas 41, sí esos zapatos también son 43. Tú siempre pensando que los demás no notarían la muesca que les haces con el dedo gordo. Esa muesca, como todas, devela que te quedan grandes. Pero siempre has calzado pulcramente. Apenas se ve la muesca.
Comencé a llorar en las noches porque te volviste impenetrable. Silente como las piedras. Comenzaste a hacerme todo tipo de preguntas y reviviste todo lo terrible de mi pasado. La caja de pandora había sido abierta. Creo que te preocupó de una forma sana al principio. Lorenzo-memoria. Luego, pasados los días y, habiendo visitado a tu psicólogo, regresaste a mí; no ya como Lorenzo, sino como el Dr. Lorenzo D’Aloi. Comenzaste a analizarme como tu paciente. Yo no quería serlo, yo quería un amante. Yo estaba tan cansada de dar tumbos a los 32 años, sola. Te abrumaste con la idea de que yo también eligiera a la muerte antes que a ti. Me enfureció verte hurgando en mi computador, intentando que él respondiera las preguntas que no te atrevías a hacerme. Entraste allí como un tuqueque en una sala polvorienta, rápidamente y en silencio. Buscando algo que ni tú sabías qué era.
Aquella mañana de abril me dijiste que yo necesitaba ayuda. Yo dije que no. Tú insististe. Yo repetí que ya de loqueros tenía bastante hasta en la cama. Exasperaste. Pensabas que yo era una bomba de tiempo. Hablé de mi padre, pero nunca dije exactamente lo que vi. Quizás fue lo peor que pude haber hecho. Estabas obsesionado. Atormentado. Y yo, como aquella mañana de mis quince, pensé que trabajabas en el estudio.
Anoche pensé en decirte que extrañaba que hiciéramos el amor, que deseaba sentirte nuevamente cerca. Ahora sólo tengo la sensación de déjà vu. ¿Por qué con las gubias Lorenzo? Creo que es mejor bajar bien las mangas de la camisa. El ciclo está cerrado.
− ¿Ya vio los zapatos Señora?
− Sí, puede cerrar la parte baja y, por favor, arréglele las mangas que no quiero que nadie detalle morbosamente al Doctor.

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