Estaba en la habitación. Como siempre, sospechosa y frívola. Allí sentada a los pies de mi gélida cama. Silbando esa cancioncita hipnotizante, la tonada que escucho siempre; que cantan las otras cuando ella calla; si es que hay otras.

Ella insiste en llenar de pestilencia toda la habitación, toda la ciudad, o simplemente todo el aire que respiro. El aire o mi aire, da igual. Desea hacerme sucumbir, lo sé; ella es predecible, como todas, si es que hay más.

En su estupidez sólo encuentra una forma de asustarme: estar allí siempre. Como el cuervo de aquel poema. Se mofa de mí. Va y se lleva a cualquiera que me cause afecto. Luego vuelve a sentarse a los pies de mi cama, allí donde puede sentir que me toca con sus fríos dedos, con sus largas e inútiles uñas; donde me mira con sus punzantes y frígidos ojos de espejo. Me mira haciéndome mirarme.

Es cobarde como todas las muertes. Si es que hay más. No es frontal. Escurridiza y juguetona. Como todas, si es que hay más. Debe haberlas.

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