Modernidad, Filosofía y Política

en Hume, Kant, Hegel y Nietzche

Prof. Nancy Arellano Suárez

Donde comienza el Estado, allí termina el hombre

NIETZSCHE, Friedrich

Primeramente hay que acercarse un poco a comprender a la modernidad desde la vista de sus constructores y destructores: sus filósofos; en tanto que son ellos los que, a lo largo de la historia, han ido a la vanguardia de los cambios en las cosmovisiones y se han constituido en los abanderados de la evolución del pensamiento y han marcado el curso de la historia en muchas ocasiones. Así pues, a través de las letras de Hume, Kant, Hegel y Nietzche intentaremos vislumbrar las concepciones sobre modernidad y política que determinaron el rumbo de Occidente durante el siglo XIX y XX.

Para hablar de Hume se hace necesario tomar en consideración distintos aspectos de su pensamiento; así pues, como aduce Sabine (2003: 457) “la razón no dicta por sí misma ningún modo de obrar(…) la razón es sólo guía de la conducta en el sentido de que muestra qué medios sirven para alcanzar un fin deseado o el modo de evitar un resultado desagradable” así mismo, “los valores sociales como la justicia o la libertad implican también convenciones cuya autoridad tiene que referirse a la utilidad o, en último término, a su relación con los motivos humanos y las propensiones a la acción” Se puede decir que Hume tenía una concepción del hombre como un ser pasional, y excluía una cantidad excesiva de cálculo y previsión; de hecho dijo: “la razón es y debe ser únicamente la esclava de las pasiones y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”

En el aspecto político, Hume critica fuertemente la “teoría del consentimiento”[1] considerándola como hipotética e irreal. Incluso si Hume admitía la posibilidad de que la primera sociedad hubiese efectivamente celebrado “el contrato” ese acuerdo no tendría nada que ver con la sociedad actual. De hecho, se pregunta, si la obligación a obediencia cívica deriva de la obligación a cumplir el contrato ¿por qué esta última es obligatoria? Hume plantea que son dos cosas distintas. “El sentimiento de lealtad o de fidelidad al gobierno es tan común como el sentimiento de que deben cumplirse los pactos” (Sabine, 2003: 459)

Por otra parte nos dice que la fidelidad política se encarga de mantener un orden y conservar la paz y la seguridad; en tanto que la “santidad” de los contratos brinda confianza.

Un punto que al margen resulta relevante es el tema del egoísmo en Hume; cuando nos habla de la causa de por qué los hombres se sienten obligados a mantener el orden y proteger la propiedad; allí nos dibuja dos variables: egoísmo y un concepto impuesto de felicidad.

(…) la respuesta es, en parte, que tales cosas satisfacen motivos de egoísmo tangible, pero también en parte que la felicidad es un hábito impuesto por la educación y, en consecuencia, constituye una porción de la naturaleza humana del mismo modo que cualquier otro motivo. Los miembros de la sociedad tienen un sentido del interés común y admiten las obligaciones que ven impuestas por tal interés (…) (Sabine, 2003: 459)

En este sentido Hume distingue dos grupos principales de convenciones producto de ese “sentido de interés común”, uno que se encarga de regular la propiedad – entendidas como las normas de justicia- y el otro de brindar legitimidad a la autoridad política. De ahí se desprende que la justicia significa que la posesión de propiedad ha de ser estable, que puede transferirse bajo consentimiento y que los pactos deberán ser obligatorios. Cada una de éstas se halla legitimada en el hecho de que procuran algo deseable: la estabilidad de la propiedad. Así mismo el gobierno político, se diferenciará de la usurpación en tanto que éste se apoye en un grupo semejante de normas convencionales que sirvan para establecer una diferencia entre la autoridad jurídica y la fuerza pura (en clara contraposición con la visión tradicional del Estado y de la idea –hasta el momento extendida- de soberanía). Así mismo, Hume dice que

La prescripción y la promulgación formal son las más importantes de esas normas. Manifestando el carácter no racional de tales reglas señalando que sus efectos alcanzan con frecuencia a épocas muy remotas(…)

En cuanto a su texto Sobre la libertad de prensa, se puede ver claramente el concepto de libertad:

Se entiende libertad como, un valor social que es racional porque el hombre elige el fin que desea, lo que implica una convención cuya autoridad debe referirse ala utilidad, o a su relación con los motivos humanos y las propensiones a la acción.[2]

Así pues, la libertad de prensa, se relaciona con el ser humano, en tanto que asegura libertades públicas; pero además es medio para comunicar abiertamente las ideas entre civiles y formular críticas con relación al sistema de gobierno. En este sentido, al brindar un clima de seguridad entre ciudadanos y satisfacer una demanda natural en el hombre, se vuelve necesaria para el aseguramiento del poder nacional; como dice textualmente Hume:

nada tan eficaz como la libertad de imprenta, que permite poner todo el saber el ingenio y el talento de la nación al servicio de la libertad, y anima a todo el mundo a defenderlo (…)- la libertad de prensa es, para el Estado, es un- elemento importantísimo para su propia defensa

Por otra parte, Hume nos plantea que la libertad del hombre, dentro de un sistema de gobierno, ha de venir de un sistema mixto (resultado de una combinación entre dos extremos: el sistema monárquico y republicano). Debido a que de esta miccis engendran vigilancia y recelo en la sociedad.

…desde el momento en que nos alejamos de los extremos y mezclamos un poco la monarquía con la libertad, el gobierno deviene siempre más libre; por otra parte, si mezclamos un poco de libertad a la monarquía, el juego político se convierte en más cruel e intolerable.

La monarquía absoluta y el gobierno republicano se aproximan uno al otro; en el primero, el monarca brinda al pueblo libertades tanto de acción como de expresión porque tanto la ley, como la costumbre, y la religión van de la mano a su favor: el pueblo no representa un peligro para la estabilidad de su gobierno. En el sistema republicano se ve que magistrado alguno es lo suficientemente eminente como para infringir el miedo al Estado; por tanto no hay peligro en confiarles amplios poderes, considerando que estas facultades discrecionales son muy ventajosas para la conservación de la paz y el orden restringen también considerablemente la libertad de acción de los individuos hacen que todos los ciudadanos profesen un gran respecto al gobierno.


De Kant y La Ilustración…

Por su parte Kant, en La Ilustración, habla de que el hombre debe tener el valor de usar su propio intelecto; así pues, “Sapere aude” es el lema de la ilustración y pone de manifiesto una plena confianza en la fuerza de la razón; seguidamente invita a hacer uso de ella con autonomía, sin delimitarla más que por su propia naturaleza, además de aquellos límites que deben ser respetados en conocimiento de la responsabilidad social del individuo que hace uso de ella y que ocupa un cargo que obedece a la Ley, esto en aras de no alterar la cohesión social. Así pues Kant lo limita a lo privado y lo público en el uso de la razón.

En su postulado ético Kant defiende la autonomía del individuo a hacer uso de la razón con libertad, en la esfera de lo privado, a obedecer el llamado de la razón ante el mundo que se le presenta, ante los conocimientos que se le imparten; reconoce un derecho “natural” de los “pupilos” que son víctimas de sus tutores quienes les confinan a “no pensar”, en tono sarcástico, asegura que hay individuos que pagan a otros para no tomarse la molestia de razonar. Y este mal es terrible, pues si para Kant la razón humana trasciende a la razón teórica capaz de conocer, siendo razón práctica capaz de determinar y hacer mover la voluntad y la acción por sí sola; cuando los individuos se confinan a no pensar su voluntad se vería sometida a la tutoría de aquéllos que piensan por éste. De ahí que muchos no se atrevan a “emanciparse” de esta independencia mental, además de salir del común denominador y de tomar en sus manos la “desición”, libre además, de secundar o no la opinión de un tercero. Así mismo ocurre con las revoluciones, donde un grupo viene a derrocar un despotismo personal y “acabar con la opresión” pero al fin y al cabo termina por imponer unos nuevos paradigmas o “perjuicios” a seguir por parte de los ciudadanos.

En la Ilustración se halla intrínseca la capacidad de hacer libre uso de la recta razón; siempre y cuando se haga uso de ésta en la esfera de lo privado, pues el entorno impone una serie de limitaciones; el individuo, en lo social, tiene obligaciones que le privan de disentir abiertamente: la crítica debe llevarse a cabo en lo privado. Ahora bien, dado el caso de las empresas de interés público se habrá de obedecer, no de razonar; en este sentido, si las convicciones de un individuo, producto de su razón en uso público, le dicten que sus “obligaciones en lo privado”, dado un cargo de funcionario, son contrarias; y se vea impelido a seguir a las últimas; el individuo que disiente deberá renunciar, mas no crear un conflicto al comunicarlas abiertamente; pues allí, está obligado a hacer uso privado de su razón, el mandato es ajeno: El Estado o la Iglesia, por dar un ejemplo. Libertad de hacer uso público de la razón íntegramente, pregona Kant. Es en el uso privado en lo que se deberá detener. Maestro, Doctor versus Funcionario, Sacerdote.

Mas Kant asegura que es imposible que un convenio donde una sociedad de clérigos pueda comprometerse por juramento a guardar un determinado credo, pues éste significaría “descartar toda ilustración ulterior del género humano, es nulo e inexistente; y ya puede ser confirmado por el Congreso (…) un crimen para la naturaleza humana”. Por otra parte, Kant entiende al príncipe ilustrado como aquél que permite a su pueblo elegir libremente en materia de las cuestiones que atañen a la conciencia individual, sin prescribir nada en religión, abandonándolos a su libertad. Nunca deberá verse que el Estado diga: “Razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!” En sí que en un régimen de verdadera libertad nada hay que temer por la paz pública y la cohesión del ser común.

Hay que tomar en consideración en todo momento que kant entiende la condición civil como Estado jurídico basada en tres principios: La libertad de cada miembro de la sociedad, en cuanto a hombres; la igualdad entre éstos y los demás, en cuanto a súbditos y la autonomía de cada miembro de la sociedad, en cuanto a ciudadano. Kant hace énfasis en que estos principios no son dados por el Estado ya constituido, sino que son principios a los cuales el Estado, como Estado de Derecho, debe su existencia.

En cuanto a la Paz Perpetua…

Kant nos dice que tras el asentamiento de la Modernidad, el estado de naturaleza se halla en una guerra entre Estados. Así pues, el objetivo será constituir un “Estado Cosmopolita” (Estado universal) a fin de que cesen las guerras y se establezca “la paz perpetua”. Alcanzada ésta la expectativa se dirige a que los estados del “Estado Universal” tengan un acuerdo –nuevo contrato, podría decirse- de no destrucción entre si.

Kant aclara que los tratados de paz no pueden ser firmados entre países con discrepancias mayores, ya que esto sólo brindaría una “paz inestable” –dudosa, viciada-, en el sentido de que podría entenderse como una especie de tregua para la guerra. Así mismo señala que deben existir “organismos internacionales” –instituciones- cuyo propósito sea el ser vigilantes de la paz. Para muchos éste representa un proyecto que adolece de utópico.

Desde esta meta final de la paz perpetua deviene la necesidad de una “constitución republicana” en cada Estado, la cual es condición necesaria para lograr a plenitud la conciliación de las disposiciones –naturales- del antagonismo del hombre[3]. La instauración de la llamada “paz perpetua” contará entonces con la garantía última que decanta de la propia naturaleza humana; en el sentido de que emplea el antagonismo como una “argucia hacia la concordia”. No obstante de que esta garantía no condición suficiente para prever el futuro de paz, permite coaccionar de alguna manera a los hombres a empeñarse en la consecución de ese fin apetecible.

La paz permanente entre los Estados se pone de manifiesto como la derivación indispensable de la convergencia entre los principios de la política interna y de la política exterior.

De todo lo anterior se entiende que como aduce armónicamente, la moral cumple un papel determinante en materia política; en este sentido, tal y como Kant (s/f: 43)[4] dice :

La moral es en sí misma una práctica en sentido ob­jetivo, un conjunto de leyes incondicionalmente obli­gatorias según las que debemos actuar, después de ha­berle atribuido toda su autoridad a este concepto de deber es una incoherencia manifiesta querer decir que no se puede obedecer. En ese caso se saldría este con­cepto, por sí mismo, de la moral (ultra posse nemo obligatur)[5]. No puede existir, por tanto, ninguna dis­puta entre la política, como teoría del derecho aplica­da, y la moral, como teoría del derecho, pero teorética (por consiguiente, no puede existir ningún conflicto en­tre la práctica y la teoría): habría que entender, en ese supuesto, por moral una teoría general de la pruden­cia (Klugheitslehre), es decir, una teoría de las máxi­mas para elegir los medios adecuados a sus propósitos interesados, es decir, negar que exista una moral como tal.

Kant ve una contradicción entre moral y política cuando dice: “La política dice: «sed astutos como la serpiente». La moral añade (como condición limitativa): «y cándidos como las palomas» hay realmente un choque entre la po­lítica y la moral; pero si se unen, resulta absurdo el con­cepto de contrario y no se puede plantear como un pro­blema la resolución del conflicto entre la moral y la po­lítica”. Resuelve pues el asunto en la ley: la justicia. Mas añade que:

Por supuesto, no basta para este fin la voluntad de todos los individuos de vivir en una constitu­ción legal según los principios de la libertad (la unidad distributiva de la voluntad de todos) sino que es preci­so, además, que todos conjuntamente quieran esta si­tuación (unidad colectiva de la voluntad unificada) para que se instituya el todo de la sociedad civil; y como so­bre esta diversidad de las voluntades particulares de to­dos hay que llegar a una causa unificadora para obte­ner una voluntad común, que no puede ser ninguna de ellas, resulta que, en la realización de aquella idea (en la práctica), no se puede contar con otro origen del estado jurídico que la violencia (Gewalt), sobre cuya coacción se funda después el derecho público; esto per­mite, por supuesto, esperar de antemano grandes des­viaciones en la experiencia real de aquella idea (teóri­ca) (pues poco se puede tener en cuenta el sentimiento moral del legislador de que, después de reunida la sal­vaje multitud en un pueblo, le dejará establecer una constitución jurídica de acuerdo con su voluntad co­mún).

Así pues, se plantea la posibilidad de que “quien tiene una vez el poder en las manos no se dejará imponer leyes por el pueblo”. He aquí el peligro del absolutismo. Además plantea que un “Estado que ha podido no estar sometido a ley exterior alguna no se hará dependiente de sus jueces en rela­ción a cómo deba reivindicar su derecho frente a otros Estados, y una parte del mundo que se sienta superior a otras no dejará de utilizar los medios adecuados para fortalecer su poder mediante expoliación, o incluso do­minación, aunque las otras no se le opongan en su ca­mino”. Situación que incluso se halla vigente hoy día; pues de las marcadas diferencias de los Estados puede decantarse una situación de expoliación de los derechos políticos –soberanía y autodeterminación- de otro.

Luego, Kant habla de la necesidad de hacer públicas las decisiones políticas, a fin de que se haga de conocimiento del pueblo lo que la política en consonancia con el fin de brindar la mayor suma de felicidad contemple necesario. En este sentido establece una máxima general: “«Todas las máximas que necesitan la publici­dad (para no fracasar en sus propósitos) concuerdan con el derecho y la política a la vez.»” Y la explica diciendo que por medio de la publicidad es como los Estados podrán conseguir su fin; porque con el conocimiento público se logra hacer ver que las decisiones “se adecuan al fin ge­neral del público (la felicidad), y la tarea propia de la política es estar de acuerdo con ese fin (hacer que el público esté contento con su situación)”.

Prosigue señalando que sólo mediante la publicidad puede lograrse la eliminación de toda desconfianza respecto a las má­ximas del Estado; y que éstas deberán estar en consonancia con el derecho del público, porque es en el derecho donde es posible la unión de los fines de todos; entiéndase en la ley, en la cual de deberá “inferir eliminan­do las condiciones empíricas (de la teoría de la felici­dad) como materia de la ley y tomando en considera­ción la forma de la legalidad en general”.

Del pensamiento kantiano se entrevé la tesis del individualismo que dio pie algunas concepciones del liberalismo moderno; como dice Sabine (2003: 554):

Desde el punto de vista de un liberal, el concepto de un experto moral era, como decía Kant, una contradicción de términos. El hecho de que en la política tiene que haber, necesariamente, un lugar para los expertos no sólo era un principio del liberalismo; de acuerdo con la experiencia histórica, podía considerarse inclusive un descubrimiento del liberalismo(…) así mismo (…) el respeto por las personas, considerándolas como fines más que como medios, es la esencia de la moral (…) La ética de Kant es individualista (…) significaba que la personalidad humana es la única suceptible de valorizarse; si el valor de una práctica social, de una institución o de una forma de gobierno estuviera en tela de juicio, su efecto sobre los hombres tomados como personas individuales, tendría que ser la norma de medida. El principio de autorrealización de la ética idealista era kantiano en la misma medida en que era hegeliano y, a parte del cálculo del placer y el dolor de Bentham, no habría razón para no afirmar que la filosofía política de Green aceptaba un “principio de la mayor felicidad” como su norma de bienestar público.


De Hegel: pensamiento político y esbozo a la Filosofía de la Historia…

Hegel describe a la historia de la Filosofía calificándola como el despliegue de una “galería de los héroes de la razón pensante”, siguiendo estos lineamientos, la historia de la filosofía es el proceso de determinación de la “idea”, de esta manera, la razón, y por ende, el propio pensamiento se convierten es sus protagonistas. Para él a política constituye, prácticamente, el núcleo de todas sus preocupaciones y de su filosofía. Entiende al ser humano como individuo esencialmente político.

Del pensamiento hegeliano cabe resaltar el “Espíritu Objetivo”; porque su labor es la “realización efectiva de la libertad”[6]. La realidad en la que se objetiva la libertad es el Derecho, el cual tiene en la persona y en la propiedad su insipiencia. La persona se concibe como el individuo libre que carece de “una plenitud interna” la cual obtendrá de un “complemento exterior”, que a través de la “posesión”, logra hacerse de suyo. La propiedad privada será entonces forzosamente considerada, surgiendo entonces la primera relación interpersonal: el contrato.

En este sentido el derecho constituye el grado inferior de las realizaciones del espíritu objetivo porque afecta exclusivamente a la periferia de la individualidad”. Entonces el espíritu se abre hacia la moralidad[7]. Esta ética objetiva, “se realiza en lo universal concreto de la familia, de la sociedad y del Estado. La ética en Hegel se entiende como “el concepto de la libertad que ha llegado a ser el mundo existente y la naturaleza de la autoconciencia. Ésta supondrá entonces la plena realización de la libertad equiparada en la eliminación de ésta como arbitrariedad.

Hegel muestra en su predilección por la monarquía-parlamentaria; un poder que no se basa en la arbitrariedad de un individuo; sino en el poder practicado por una persona que representa el Espíritu del Pueblo[8].

Hegel plantea que “la acción del hombre es la que construye la realidad, así, el hombre que se identifica con su época encuentra en el mundo exterior –espíritu histórico y absoluto- la realización de su interior”. Hace ver que la idea de la sociedad moderna se sigue del auge del tráfico económico capitalista, cuyo origen a raíz de la revolución industrial.

Hegel es de la idea de que a partir de lo individual (entendido como lo particular) se realiza lo universal. La pasión puede entenderse como la obsesión en base a una idea cuyo impulso viene dado por los intereses particulares; de ahí que, “el mercado” sea una muestra de que el Estado de Naturaleza tiene lugar en la sociedad civil. Ésta entendida lejos de un orden de libertad como un orden de dependencias, lejos de ser el reino de la autodeterminación es el reino de la necesidad. Por tanto es incapaz de gobernarse a sí misma y deberá entonces buscar al Estado como el factor ordenador como única instancia capaz de neutralizar a los factores destructivos de la libre competencia y de convertir al interés privado en interés universal.

Adicionalmente, Hegel busca justificar la racionalidad del Estado diciendo que éste constituye lo racional, en el sentido en el que el deber supremo de los individuos es ser miembros del Estado. El Estado se entenderá entonces como la realidad de la idea ética; de la eticidad en su máxima realización. El Estado constituye “el universal concreto” y su fin es la realización de la libertad.

El Estado, en lo referente a “voluntad sustancial” será entendido como “la voluntad creadora”. Ésta produce universalidad, y en el Estado Moderno, el particular se desenvuelve a plenitud en el marco de la sociedad civil.

El Estado Moderno se constituye por tres poderes relacionados entre sí dialécticamente. Así pues, se tendrá: al Poder legislativo[9], para determinar y establecer lo universal; el Poder gubernativo definido en la subsunción de las esferas particulares y casos individuales bajo lo universal; y el Poder del príncipe o monarquía constitucional, referida al conjunto de poderes que se reúnen en la unidad individual, que se convierte en el germen de todo. Así pues, el monarca concentra la totalidad del Estado, pues concentra los poderes como superación.

Por otra parte, Hegel se opone a la monarquía electiva, en la medida en que sería retomar el contractualismo, lo cual conllevaría a la destrucción de la eticidad fundamental del Estado.

De la trascendencia política de Hegel tenemos a Marx; pues de su “fenomenología del espíritu” se desprende la esencia del pensamiento marxista; y de ahí, “pica y se extienden” las implicaciones del hegelianismo, a tal punto, que podría entreverse no sólo la revolución bolchevique sino también, tesis de muchos, el nazismo.


De Nietzsche… Más allá del Bien y del Mal.

Con Nietzsche se inicia un cambio trascendental en la visión de Dios y del hombre, tras declarar “la muerte de Dios” y hacer alusión al “Súperhombre” (la gran Bestia Rubia), denunciando a su época como el triunfo de la estupidez complaciente.

Escribe:

“De hecho, para explicar la forma en que se han producido realmente las afirmaciones metafísicas más elevadas de un filósofo, lo mejor y lo más inteligente es comenzar preguntando a qué moral pretende llegar esta filosofía (o, mejor, este filósofo)”.

En su ética afirma que “la gente vulgar, satisfecha de sí misma, hipócrita son tan despreciables como decía Schopenhauer, pero es el héroe más que el santo quien los trasciende” desvirtuando completamente las significación de la búsqueda cristiana de la superación individual. Todos los valores morales deber “transvaluarse” consecuentemente; así pues, propone que en vez de la igualdad se dé el reconocimiento de la superioridad innata, que en lugar de la democracia se reconozca la superioridad de la aristocracia de los viriles y los fuertes; y finalmente que en vez de la humildad cristiana y la humanidad se abra paso a la dureza y el orgullo; así pues, en vez de la felicidad se busca transitar la senda de la vía heroica para que en vez de la decadencia se dé la creación.

En definitiva, “esta no es, en efecto, como insitía Nietzsche, una filosofía para las masas o, más bien, atribuye a las masas una categoría de seres inferiores, cuyo instinto saludable es seguir a su líder” (Sabine, 2003: 656).

Las consecuencias políticas del pensamiento de Nietzsche han sido comúnmente relacionadas a la génesis del nacionalsocialismo y al fascismo[10]; quizá esto decanta de la posición de Nietzsche respecto a las masas, de hecho, afirma que cuando se corrompe ese “sano instinto” (de seguir al líder) la masa sólo puede crear una moral de esclavos, una ficción de humanidad, piedad y abnegación personal que termina por hacer patente su propia inferioridad. Entonces esto pasa a ser un “sutil veneno”[11] para el Estado. Pero en algunas cosas diferían mucho, por ejemplo, se sabe que una vez escribió que “los judíos eran la raza más fuerte, más enérgica y más pura de las que habitan en Europa” (Sabine, 2003:657)

En el apartado de Pueblos y Patrias (VIII) dice que “La democratización de Europa es a la vez un organismo involuntario para criar tiranos” y esto podría entenderse mejor en sus propias palabras, cuando define su postulado ético de ir más allá del bien y del mal:

“…el hecho de que un juicio sea falso no significa una objeción contra el mismo. (…) El problema está en saber en qué medida ese juicio favorece y conserva la vida, e incluso tal vez la selecciona. (…) En suma, renunciar a los juicios falsos equivaldría a renunciar a la vida, a negarla. Aceptar la negación de la verdad constituye la condición de que la vida significa, claro está, un enfrentamiento muy peligroso con los sentimientos que normalmente se tienen de los valores, y una filosofía que se atreva a esto se sitúa, sólo por ello, más allá del bien y del mal”.

¿En qué sentido deberá entenderse? Pues en que la apreciación de juicios se hace relativo, y la existencia de premisas falsas permiten entrever un mundo donde los juicios falsos se hacen necesarios pues forman parte del engranaje. El atreverse a ello implica un ir más allá del bien y del mal, implica una posición a la vez privilegiada para unos pocos, sólo posible en unos pocos. En este sentido se niega la posibilidad de una “voluntad popular que se halle en lo correcto” y por tanto la democracia. De aquí la moral de Nietzsche se consideró algo ambigua y contrapuesta a sus escritos posteriores, aunque es innegable su aporte al pensamiento y las líneas destructoras que sirvieron para renovar a la filosofía –política- bien sea para contrariarlo o apoyarlo.


Lista de Referencias

Borón, A. (2003). La Filosofía Política Moderna. De Hobbes A Marx. Buenos Aires: Clacso.

Colomer, E. (1990). El pensamiento alemán de Kant a Heidegger, tomo III

Barcelona: Herder.

De los Reyes, D. (s/f). Hegel y la Modernidad. Caracas: (s/e)

Hegel, G. (1985). Lecciones sobre la historia de la Filosofía México: Fondo de Cultura

Económica.

Hegel, G. (1976). Filosofía de la Historia. Buenos Aires: Claridad

Hume, D. (s/f) De la Libertad de Prensa. (Trad. De los Reyes, D) Caracas: Lecturas de

Filosofía Moderna UNIMET.

Kant, I. (1964). Acerca de la relación entre la teoría y la práctica en el derecho político

(contra Hobbes). Buenos Aires: Nova.

Kant, I. (s/f) La Paz Perpetua. Caracas: Guía de Antropología Filosófica UCAB.

Nietzsche, F. (1998) Más allá del Bien y del Mal. Madrid: Edaf.

Reale, G., Antiseri, D. (2001) Historia del Pensamiento Filosófico y Científico. Tomo II y III.

Cuarta Edición. Barcelona: Herder

Sabine, G. (2003). Historia de la Teoría Política. México: Fondo de Cultura Económica


[1] Doctrina que se basa en que la sujeción política es obligatoria sólo por haber sido aceptada voluntariamente. (Sabine, 2003: 458)

[2] Sabine, G. Historia De La Teoría Política Pág., 487

[3] Entendida como su insociable sociabilidad.

[4] Apéndice 1 de La Paz Perpetua: Sobre La Discrepancia Entre La Moral y la Política respecto a La Paz Perpetua

[5] Nadie está obligado a nada más allá de lo que puede (N. del T.)

[6] Entiéndase como la esencia última del espíritu práctico.

[7] Y en ésta la voluntad libre no sólo lo es en sí, sino que es para sí. Esfera esta donde la persona deviene sujeto, esto es, donde la voluntad se determina así misma en su interior. Agrega a la exterioridad de la ley la interioridad de la conciencia moral.

[8] Espíritu en el que se constituye, realiza y planifica todo individuo.

[9] Las leyes e instituciones no se encuentran sujetos a la opinión, y están compuestas de objetividad y estabilidad de lo ético.

[10] Pero (…)los mismos fascistas y nacionalsocialistas no dejaban de reconocer esta derivación, en parte porque algunas afinidades eran auténticas y todavía más, quizás, porque necesitaban del prestigio de un gran escritos para suplir su propia creación literaria que no se distinguió mucho en realidad (…) compartían con Nietzsche un odio sincero por a democracia y el cristianismo. EN algunos aspectos importantes, sin embargo, tenían que utilizarlo con cuidado, y sus escritos podían circular libremente sólo en antologías cuidadosamente seleccionadas. (Sabine, 2003: 657)

[11] Nietzsche encontraba las dos grandes encarnaciones de esa moral de esclavos en la democracia y el cristianismo, cada uno a su modo una apoteosis de la mediocridad y un símbolo de la decadencia. (Sabine, 2003:657)

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